• El don de la fe

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    11 de agosto de 2024 – 19 Domingo Ordinario

    ¿Por qué seguimos creyendo en Jesús mientras muchos de nuestros compañeros dejaron de creer? La fe o la falta de fe forman parte de la historia de nuestras vidas. Por eso cada caso es diferente y hay que tener en cuenta la situación del creyente, tanto individual como colectivamente. El rechazo de Jesús por parte de su pueblo provocó toda una reflexión en sus discípulos.

    El motivo del rechazo suele concentrarse en la negación de la resurrección y de la encarnación del Hijo de Dios. Los oyentes de Jesús se escandalizan de que éste, cuyos orígenes humanos les son bien conocidos, pretenda venir del cielo, es decir venir de Dios. Comprendieron muy claramente que Jesús no se presentaba como un simple enviado de Dios como Moisés, sino que en Él estaba presente Dios de una manera distinta a como se solía repetir en su pueblo: “el enviado es como el que lo envía” (Jn 6,41-52).

    Es el misterio de la persona de Jesús el que provoca la fe y la falta de fe en los que se le acercan. Los que creen en Jesús hacen la experiencia de encontrarse con Dios en Él. Los que lo rechazan afirman que en Jesús sólo encuentran una persona humana como las demás. ¿Por qué ese conflicto de interpretaciones? Es aquí donde descubrimos lo complejo de la experiencia que llamamos creer en Jesús. Toda experiencia nos es dada, no es fruto de nuestro pensamiento. No basta decidir quiero creer en Jesús. Es necesario que el Padre nos atraiga hacia Jesús para poder experimentar en su persona la presencia de Dios. Es Dios el que se nos da en la experiencia de Jesús.

    ¿Cómo se nos da Dios en Jesús cuando creemos en Él? Dios se nos da a través de su palabra, que el creyente tiene que escuchar y aprender. La escucha supone la obediencia, el estar dispuesto a acoger esa palabra y vivir según ella. El aprender hace de nosotros discípulos de Dios, que tienen un trato de amistad con Él y no una simple relación intelectual de maestro y discípulo. El que está familiarizado a tratar con Dios inmediatamente va hacia Jesús, porque descubre que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios. En realidad uno sólo puede entrar en contacto con Dios a través de Jesús, su Palabra encarnada.

    ¿Por qué a unos se les da el creer y a otros no? ¿Por qué unos conservan la fe y otros la abandonan? La convicción cristiana es que Dios se manifiesta a todos, también a los no cristianos y a los no creyentes. Y en esa manifestación nos ofrece su gracia y su amor y nos invita a un diálogo amoroso con Él. El amor y la fe son libres. Puedo responder sí o no al ofrecimiento que se me hace. Dependerá de la atracción profunda que la persona que me ofrece su amor ejerza sobre mí. Puedo en un cierto momento acoger ese amor y desgraciadamente puedo pocos años más tarde dejar que ese amor desaparezca.

    Solemos decir que tenemos fe. En realidad es la fe la que nos tiene por la mano a nosotros. Si Dios nos deja de su mano, también nosotros nos convertiremos en no creyentes. Y como recordó una vez el Papa Francisco. Quizás, al final, nos llevemos muchas sorpresas. Muchos que que decían que no creían en Dios, en realidad lo estaban acogiendo en sus vidas. Por el contrario, muchos que se dicen muy creyentes no se han encontrado nunca personalmente con él.  Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a cultivar la relación personal con Jesús.


  • Creer en Jesús

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    4 de agosto de 2024 – 18 Domingo Ordinario

    Hace setenta años  todos los niños españoles sabían quién era Jesús. El Jesús del catecismo y de la misa del domingo formaba parte de la vida de entonces. Hoy día son muchos los niños que no han oído hablar de Jesús en sus familias ni quizás tampoco en sus colegios. No siguen la clase de religión sino la de valores.  Sin duda alguna son sus padres los que ni siquiera se plantean por qué creer en Jesús pues ellos mismos quizás ya tampoco oyeron hablar de él salvo en alguna película.

    Los judíos le  preguntaron a Jesús por qué tenían que creer en él, por qué Dios quería que creyeran en él (Jn 6,24-35). Le pidieron un signo, una prueba, de que su persona merece nuestra adhesión incondicional. Quieren ver alguna manifestación que les permita concluir que Dios está actuando en Él. Sus antepasados en el desierto comieron un pan venido  de Dios por medio de Moisés. Ellos creían en el Dios de Moisés. ¿Qué es lo que Jesús puede ofrecer que ponga al hombre en relación con la realidad definitiva, con Dios? Desgraciadamente a muchos de nuestros contemporáneos tampoco les interesa la cuestión de creer o no creer en Dios. Tienen otros problemas más urgentes o hay otras realidades más atractivas que ocuparse de un Dios que no aparece en la pantalla de nuestros móviles.

    Jesús declara que sólo Dios puede poner en relación con lo definitivo, con la Vida con mayúscula. Sin duda también los judíos confiesan que la vida viene de Dios y que Dios mantiene nuestra vida a través del alimento cotidiano que recibimos de su generosidad. Pero el pan del cielo que recibió el pueblo de Dios en el desierto no dio la vida definitiva. No basta con que venga del cielo, tiene que dar la vida al mundo. Dios, sin duda, se ha comunicado al hombre a través de muchos mediadores, pero tan sólo en Cristo Jesús el hombre tiene la Vida eterna. Por eso Jesús declara: Yo soy el pan de vida.

    ¿Por qué seguimos creyendo en Jesús? Sin duda porque hemos ido viviendo y experimentando que en Él tenemos vida, y vida en abundancia. La fe en Jesús no es algo secundario en nuestra existencia sino que pertenece a la realidad más concreta y vital, al sentido de nuestra vida. Creyendo en Jesús uno escapa al vacío de la existencia  y abandona una vida movida tan sólo por los deseos del placer (Ef 4,17,20-24). Siguiendo a Jesús se entra en una dinámica de renovación continua del espíritu. Es el Espíritu de Jesús el que crea una nueva condición humana, creada a imagen de Dios. Uno supera el vacío de la existencia y se descubre como alguien valioso a los ojos de Dios y de los demás.

    ¿Por qué creo en Jesús? Con el tiempo me doy cuenta que mi fe en Jesús no fue el resultado de una reflexión, ni tan siquiera de una experiencia particular que me llevara a creer en Él. En realidad mi fe es una respuesta a su presencia en mi vida, a su amor que me amó primero. Su presencia en aquellos tiempos de infancia era algo natural. Uno la sentía en la familia, en la escuela, en la parroquia, en los amigos. Uno se sentía acompañado por un Amigo. ¿Por qué voy a dejar al Amigo del que sólo estoy recibiendo constantemente bienes?

    Los judíos pidieron a Jesús: danos siempre de ese pan de vida. Nosotros sabemos que es Jesús ese pan de vida, que nos alimenta en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía. Que encontremos siempre en Él el amigo que no nos abandona nunca sino que nos va introduciendo cada vez más en su intimidad y en la intimidad del Padre


  • Saciar el hambre

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    28 de julio de 2024 – 17 Domingo Ordinario

    El desarrollo tecnológico ha permitido a muchos países hacer frente al problema de la alimentación de la población. Desgraciadamente la guerra de Ucrania ha complicado la situación al no ser posible la exportación de alimentos, sobre todo a países del tercer mundo. La guerra de Palestina está impidiendo la llegada de víveres a una población hambrienta. En los países ricos, los labradores están descontentos con el sistema impuesto que no tiene en cuenta la importancia de su trabajo. En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación.

    La Iglesia considera un deber, que responde a las enseñanzas de Jesús sobre la solidaridad y el compartir, el dar de comer a los hambrientos (2 Re 4,42-44; Juan 6,1-15). En la era de la globalización, eliminar el hambre en el mundo se ha convertido también en una meta que se ha de lograr para salvaguardar la paz y la estabilidad del planeta. El hambre, según el papa, no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional.

    Falta, en efecto, un sistema de instituciones económicas capaces de asegurar que se tenga acceso al agua y a la comida de manera regular y que permitan afrontar las exigencias relacionadas con las necesidades primarias y con la crisis de alimentos, provocada por causas naturales o por la irresponsabilidad política nacional e internacional. Aunque el papa no quiere entrar en cuestiones técnicas, reconoce que es necesaria una planificación a largo plazo y unos cálculos, sin duda más complejos que los que hacía Felipe en el evangelio cuando quiere dar de comer a cinco mil personas.

    No se puede esperar que unos pocos resuelvan un problema tan grande. El trabajo ha de llevarse a cabo implicando a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo. Andrés, el hermano de Pedro, quiere colaborar pero se da cuenta de que sólo hay un muchacho con cinco panes y dos peces, pero con eso no se puede alimentar a cinco mil personas.

    Sin duda tan sólo el Señor puede hacer el milagro, pero necesita nuestra colaboración. Jesús hará como el padre de familias que bendice el pan antes de repartirlo a los suyos. Es Él mismo el que lo distribuye a la multitud, porque tan sólo Él puede saciar los deseos de felicidad de todas las personas. El papa recuerda que la crisis actual está pidiendo un cambio de modelo de desarrollo. Se necesita una cultura humanista cristiana abierta a Dios y que reconoce en la humanidad una única familia. La economía necesita de una ética.

    El milagro se produce. Se comprueba recogiendo lo sobrante. Los discípulos intervienen para que nada se desperdicie. Ésta debiera ser la preocupación de los creyentes en Jesús: que no se derroche, sobre todo que no se desperdicien los recursos que hay en nuestro mundo, sobre todo los recursos que se ponen a disposición de los pobres. A veces se pudren en los almacenes del primer mundo; otras veces desaparecen entre las manos de los funcionarios que hacen de intermediarios; otras acaban en los bolsillos de las autoridades de los mismos pueblos hambrientos. La corrupción es el gran cáncer que corroe nuestras sociedades y condena a tantos a la miseria. Hay que destinar más fondos al desarrollo y administrarlos bien.

    El Señor nos alimenta a todos en la mesa de su Palabra y de su cuerpo y de su sangre. En torno al Señor Resucitado formamos la familia de los hijos de Dios que participamos del mismo alimento. Que nosotros seamos capaces de colaborar en la creación de un mundo más justo y fraterno.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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