• Vendrá el Hijo del Hombre

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    17 noviembre de 2024 – 33 Domingo Ordinario

    La catástrofe causada por la DANA nos ha llenado de preocupación, no solo por el número elevado de muertos y desaparecidos, sino también por el millón de personas afectadas, que lo han perdido todo. Muchos han pensado en el calentamiento global, pero nadie en el final de los tiempos (Dan 12,1-3). Es señal, sin duda, de que los grandes desastres no nos asustan, sino que esperamos el retorno rápido a la normalidad. Eso hace que sigamos confiados en que nuestro planeta es indestructible.

    En realidad la Palabra de Dios no se interesa por la destrucción física del universo, sino por la salvación del hombre. Anuncia la desaparición de una forma de existencia oprimida, al irrumpir el Reino de Dios, que cambia la vida de los hombres (Mc 13,24-32). Jesús no quiere amenazarnos con el fin del mundo sino más bien mostrarnos que Él es el Señor de la historia y que ésta no es  un sucederse de acontecimientos sin sentido. La historia es el lugar de la salvación y de la liberación. La historia viene de Dios y va a Dios y en su centro está el acontecimiento de Cristo Jesús que le da su sentido. La salvación en realidad no es una cosa, es la persona misma de Cristo. Vivimos en el tiempo privilegiado inaugurado por Él.

    La transformación profunda de la historia en Cristo Jesús, la Iglesia la quiere mostrar situando al creyente en una forma de tiempo diferente. Por eso el final del año litúrgico no coincide que el del año civil. Vivimos sin duda en el mismo mundo de todos los hombres, compartimos sus usos y costumbres, pero nos mueve un espíritu diferente. La Iglesia, al acercarse el final del año litúrgico, nos recuerda que estamos viviendo en el tiempo definitivo o final. A partir de la resurrección de Cristo ha empezado esta nueva forma de vida, la vida cristiana, situada por medio de dos coordenadas. La línea de la encarnación nos hace estar con los pies en la tierra, comprometidos a fondo en la transformación del mundo según las exigencias del Reino. Nos lleva a luchar por la paz, la justicia y la integridad de la creación. La otra línea, la de la realidad definitiva, nos hace mirar hacia el horizonte de Dios, que está viniendo constantemente a nuestro encuentro, en cada situación, en cada acontecimiento, en cada persona.

    Ese mirar hacia el futuro de Dios hace que no nos instalemos definitivamente en este mundo, que no creamos que la vida está simplemente para disfrutarla al máximo, sin pensar en el futuro de las demás generaciones que nos seguirán. El Señor nos ayuda a leer los signos de los tiempos, que indican que el invierno ya ha pasado y es posible vivir la primavera del Espíritu. Él nos capacita para descubrir la presencia de Dios en las diversas provocaciones que nos interpelan en la historia cuando los otros hombres tan sólo ven más de lo mismo o creen ingenuamente en el progreso indefinido. Como creyentes, no podemos identificar lo provisional con lo definitivo. Ninguno de los progresos y avances tecnológicos de la humanidad pueden ocupar el lugar de Dios, Señor de la historia.

    Jesús ha llevado la historia a su cumplimiento y realización, sin abolirla, sino dejando siempre un margen para nuestra espera y esperanza. Ésta es la virtud teologal que nos lleva a esperar que se realizará también en nosotros lo que ya se realizó en Cristo. Esperamos que la resurrección se muestre también de manera clara en nuestras vidas, llevando a plenitud el germen que hemos recibido en el bautismo y que cultivamos con tanto cariño, la vida de Dios en nosotros.

    Nuestras vidas están orientadas y atraídas, no por un acontecimiento visible y espectacular del mundo, sino por la persona del Señor Resucitado. Él es el centro de  nuestro amor y de nuestra espera. Nuestra esperanza nos ayuda a descubrir ya los signos de su presencia misteriosa de manera que no nos hundamos en la desesperación ante los problemas de nuestro mundo sino que seamos capaces de trabajar con esperanza y creatividad. La esperanza cristiana no nos lleva a cruzarnos de brazos, esperando que Dios intervenga de manera milagrosa, sino que sabe que Dios actúa a través de los hombres que quieren colaborar con Él. Es en la eucaristía donde orientamos totalmente nuestras vidas hacia el Señor y gritamos: “Ven, Señor Jesús”.


  • Dar de lo que necesitamos

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    10 de noviembre 2024- 32 Domingo Ordinario

    Las inundaciones producidas por la DANA han producido una alta cifra de muertos y han dejado en la miseria a una multitud de personas que han venido a engrosar la cantidad ya grande de pobres que existe en nuestro país. La población ha reaccionado con solidaridad , aportando medios y ofreciéndose voluntariamente para realizar los trabajos de rescate. Existe la convicción de que todos somos hermanos y compartimos un mismo destino.

    La palabra de Dios, sobre todo en el Antiguo Testamento, recuerda repetidas veces lo que hoy llamamos el cuarto mundo, esa realidad de pobreza existente también en nuestras ciudades florecientes. Entonces eran la viuda, el huérfano y el emigrante. Hoy día son el emigrante, el parado, el jubilado de pensión mínima no contributiva y tantos jóvenes que no encuentran trabajo. La viuda del tiempo de Elías está en una situación desesperada esperando su muerte y la de su hijo (1 Re 17,10-16). En tiempo de una gran sequía, las cosechas son escasas y la gente se olvida de los pobres.  En medio de su miseria, se fía de la palabra del profeta que le promete el sustento necesario, a condición de que primero le dé de comer a él. Así lo hace y el milagro ocurre. Cuando uno es capaz de jugarse el tipo por Dios y por sus mensajeros, Dios no te deja en la estacada.

    No hay que extrañarse que Jesús, que tan cercano estuvo a los pobres, eligiera la figura de la viuda como ejemplo de la práctica del bien, en particular de la limosna. El ejemplo es tanto más provocativo pues lo que uno se esperaba es que la viuda aparezca como una persona a la que hay que ayudar, mientras que aquí es ella la que socorre. Su conducta aparece en contraste con la de los maestros de la Ley, que primero devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos y luego van a echar sus dineros al cepillo del templo (Mc 12,38-44). La religión del letrado, su limosna, es algo puramente decorativo, de cara a la galería. No toca lo profundo del ser humano, allí donde uno toma las grandes decisiones en las que nos va la vida. Es el peligro de una religión burguesa, que, sin duda, consuela en los momentos de aflicción, ayuda a dar un sentido a la vida, y crea un sentimiento de pertenecer a una comunidad. En realidad esa religión decorativa y sentimental no transforma la vida ni transforma la realidad de nuestro mundo injusto.  En ningún momento arriesgamos la propia vida en servicio de Dios y de los demás.

    Eso fue precisamente lo que hizo la viuda del evangelio al dar su limosna. Dio todo lo que tenía para vivir, dio su vida a favor de los demás. Es el bello gesto que anticipa la entrega de Jesús por la salvación de los hombres. En la acción de la viuda va toda su persona que supera infinitamente el don en el que se expresa. Nuestra tentación es la de dar siempre de lo superfluo. Nunca tocamos aquello que nos parece necesario. Y el problema es que hoy día todo nos parece necesario y no suficiente para lo que uno necesita. Por eso es de alabar la generosidad de los voluntarios que siguen ofreciendo lo que tienen, su propia persona. Es lo que hizo la viuda del evangelio. El don material sólo tiene sentido en cuanto expresa el don de sí mismo. Sólo con una solidaridad y un compartir generosos nuestro mundo tendrá futuro. La eucaristía fue celebrada siempre en un contexto de compartir los bienes con los pobres. No nos olvidemos de ellos pues forman parte del cuerpo de Cristo


  • Amar a Dios y al prójimo

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    3 de noviembre 2024 – 31 Domingo Ordinario

    El caminar juntos como Iglesia sinodal, una Iglesia que camina con el mundo, pide de nosotros una vuelta a Jesús y al evangelio. Se trata de hacer presente a Jesús, con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestras acciones. El Sínodo recién terminado nos invita a poner en práctica lo que el Espíritu y los miembros del Sínodo han decidido, porque el papel lo acepta todo. Es la hora de cambiar nuestras maneras de actuar que no responden a los retos que nos plantea la vida.

    Jesús, sin duda, acepta dialogar con aquel maestro de la ley que le pregunta cuál es el primer mandamiento de la Ley, el más importante (Mc 12,28-34). Jesús responde sin titubeos que amar a Dios, pero no se quedó ahí. Mencionó también el segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. El lenguaje de la caridad y del amor es el único que comprenden Dios y sus fieles, también nuestros contemporáneos hoy día. El amor a Dios y el amor al prójimo es lo más importante. Cuando alguien   está al menos teóricamente de acuerdo con esto, esa persona no está lejos del Reino de Dios.  Quizás le falta el vivir de acuerdo con eso que cree. Sin duda hay en el mundo muchos que tratan de vivir ese amor concreto al prójimo y estamos seguros que no están lejos del Reino de Dios, que desborda las categorías más o menos sociológicas que establecemos a veces los creyentes.

    La pertenencia al Reino tiene lugar a través de las decisiones profundas de nuestro corazón. Esas decisiones tienen que ver con el amor. El amor expresa la esencia y la vocación más profunda del hombre. Los mandamientos, que expresan la voluntad de Dios sobre el hombre, no son algo que nos cae de arriba y se nos impone. Expresan simplemente el camino de la realización de la esencia de la persona humana, creada por amor y llamada al amor. Jesús introdujo su explicación diciendo que “nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,2-6). Esa unicidad de Dios es como un río de amor que se difunde a través de todo un circuito amoroso al cual todos estamos conectados.

    Tanto Jesús como el letrado judío citan unidos dos textos originalmente separados, uno que hablaba del amor de Dios y otro del amor al prójimo. Juntarlos ha sido la genialidad de Jesús, a la que también se adhirió el letrado. Se empezó la discusión preguntando por el primer mandamiento y se terminó hablando del primer y el segundo mandamiento como si formasen una unidad. Es un único mandamiento, el mandamiento del amor. Amor que tiene dos dimensiones, amar a Dios y amar al prójimo.

    El amor a Dios es total e incluye todas las dimensiones de la existencia humana. Para el judío la facultad de proyectar la vida es el corazón, que debe estar orientado hacia Dios. El elemento más afectivo es el alma, que podemos considerar también con su dimensión más o menos inconsciente. Pues bien, tampoco esas realidades más o menos oscuras de nuestra vida pueden sustraerse al deber de amar a Dios y orientarse hacia él. El hombre realiza su vida con los recursos materiales que Dios a puesto a su disposición. También los bienes materiales que el hombre usa deben llevarnos hacia Dios.

    El amor al prójimo tiene como modelo el amor a sí mismo, cosa que todos podemos entender. El papa Francisco, al recordarnos nuestra llamada a la santidad, nos invita a seguir a Jesús y el protocolo según el cual seremos juzgados (Mt 25). Seremos juzgados por nuestras obras de caridad para con el prójimo.  Sin duda Jesús, “nuestro sumo sacerdote, santo, inocente e inmaculado” (Heb 7,23-28), nos invita a amar a los demás como Él nos ha amado. Nos invita a estar dispuestos a dar la vida por los demás. Tan sólo el que ha entrado en el Reino de Dios es capaz de vivirlo.  En la celebración de la eucaristía acogemos amor de Dios que viene a nosotros a través de la vida y el misterio de Jesús para hacerlo presente en nuestro mundo tan necesitado de amor.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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