• Alégrate, María

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    8 de diciembre de 2024 – La Inmaculada Concepción de la Virgen María

    Los hombres han sido y siguen siendo buscadores de Dios. No nos dejemos engañar por la manera de vivir en nuestro mundo rico secularizado en el que avanza la indiferencia religiosa a pasos agigantados. La mayor parte de la humanidad busca y encuentra a Dios. Los cristianos avivamos la esperanza del encuentro con él en Jesús en el tiempo de adviento. Sabemos que no es una esperanza ilusoria porque Dios ha entrado en nuestra historia de manera definitiva en la figura de  Jesús de Nazaret. Diversas ideologías y sistemas políticos tratan de desahuciar a Dios de su casa, que es el mundo, pero él sigue presente actuando en nuestra historia.

    En María se resume el ansia y la búsqueda de Dios de toda la raza humana. A pesar del pecado, el hombre sigue siendo invitado por Dios a vivir en su amistad. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Se nos abre pues la puerta de la misericordia y del perdón. María es esa puerta a través de la cual vino Jesús.

    La santidad de María, desde el primer momento de su existencia, indica su total sintonía  con Dios y con el Espíritu Santo. María se arriesgó a dejarse llevar por el Espíritu que la convirtió en Madre de Dios. María está toda llena de la gracia y del favor de Dios (Lc 1,26-38). Ella vive una relación inmediata que le permite llamar a Dios su hijo y que Dios la llame su Madre. En ese ámbito de relación todo es santo y ni tan siquiera se puede pensar que a  Ella le pasara por la cabeza traicionar esa amistad. Ella no experimenta la tentación que nos acecha cada día. A pesar de todo, también nosotros vivimos rodeados de la gracia de Dios en la redención de Cristo Jesús.

    Sin duda ha sido un gran privilegio el que Dios dio a María, precisamente para que pudiera ser una digna Madre del Redentor. Si Jesús es la salvación, María era la primera que tenía que ser totalmente salvada. Y así fue redimida en virtud de los méritos de Jesús, incluso antes de que éste existiera en su seno. Porque el plan de Dios de salvar al hombre es un plan eterno. Antes de crear el mundo nos eligió también a nosotros para que fuéramos santos e inmaculados por el amor (Ef 1,3-12). Por eso lo que ahora proclamamos de María, su santidad sin sombra  de pecado, será también realidad un día en nosotros. También un día la salvación de Dios será plena en nosotros y triunfará sobre nuestro pecado. Mientras tanto María aparece como el gran signo de esperanza para toda la Iglesia que intenta purificarse para ser fiel a su Señor.

    En la medida en que el Nuevo Testamento se interesa por María se nos presenta como la creyente. La intención principal de Lucas es ejemplificar la fe en Jesús, pero también el mostrar la ma­ternidad de María como el gran ejemplo de fe. Hay que llamar santa a María porque respondió a partir de la fe, cuando supo qué vocación le esperaba de par­te de Dios. Responder a partir de la fe significa realizar su vida a partir de su referencia a Dios, comprometerse en la disponi­bilidad completa a lo que Dios quiera y conforme a la llamada de Dios. Así quedó asociada a Cristo en sus misterios. También nosotros tenemos que cultivar intensamente la fe para vencer el pecado.

    El P. Chaminade veía en María Inmaculada el símbolo de la santidad y de la victoria. Así  la proponía a sus congregantes que la tenían por Patrona. El P. Chaminade encontró en la Inmaculada la fuerza para combatir lo que él llamaba la “herejía de su tiempo”, la indiferencia religiosa. Esta hace que la vida de las personas se plantee de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. En vez de construirse sobre los valores del evangelio, el mundo actual se construye sobre otros valores, muchas veces antievangélicos y antihumanos. Pero esta situación no nos desanima pues sabemos que María saldrá triunfante también en este desafío y continuará aplastando siempre la cabeza de la serpiente (Gen 3,9-15). Celebremos con gozo el triunfo de María y pidámosle que ella sea siempre para nosotros el modelo de creyente.


  • Se acerca nuestra liberación

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    1 de diciembre 2024 – Primer Domingo de Adviento

    Seguimos viviendo en un mundo en crisis que produce una gran incertidumbre respecto al futuro. Siguen las mismas guerras sin que se vislumbre un final negociado. Nuestro país, azotado por la DANA, continúa viendo cómo los políticos siguen enfrentados en su lucha por el poder, despreocupándose de los problemas reales. Es difícil confiar en que todo vuelva a la normalidad como al comienzo del milenio.

    Los cristianos empezamos este domingo el año litúrgico, que marca nuestra manera particular de situarnos en el tiempo, actualizando los misterios de Jesús. Lo empezamos con esperanza, puestos nuestros ojos en las promesas de Dios que es un Dios con nosotros, el Emmanuel. Somos conscientes de que vivimos en medio de una crisis, pero sabemos que también en ella podemos experimentar la cercanía del Dios misericordioso que no abandona a su pueblo.

    Con todos los hombres compartimos el calendario civil pero vivimos el paso del tiempo con un espíritu  particular. Para muchos el año es simplemente un sucederse de días de trabajo muchas veces agotador, con la pausa del fin de semana, a  la espera de las vacaciones. Lo que se desea es poder comprar más cosas y gastar más. En cambio los creyentes experimentamos a lo largo del año la perpetua novedad de Dios que viene a salvarnos, que  ya nos ha salvado. Al inicio del año litúrgico actualizamos ya el final, no simplemente del año, sino la etapa final de la historia de la salvación  pues estamos viviendo en los tiempos finales y definitivos en el acontecimiento de Cristo Jesús.

    El recuerdo del final de los tiempos no pretende meternos miedo sino más bien hacernos caer en la cuenta de la densidad e importancia del momento presente. El tiempo está cargado de eternidad porque ha irrumpido ya de una vez para siempre el Reino de Dios (Lc 21,25-36). Esa era la gran promesa que Dios había anunciado sobre todo a través de los profetas y que había mantenido viva la esperanza de Israel en medio de todas sus aventuras históricas que políticamente habían terminado en un fracaso. Se perdió la tierra, se perdió la monarquía, pero nació la esperanza de un Mesías que instauraría en el futuro la justicia y el derecho (Jer 33,14-16).

    Israel fue descubriendo que no es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro nos es dado por Dios. Dios, en realidad, es siempre el Dios del futuro, el que estará siempre al lado de su pueblo, compartiendo sus experiencias, buenas y malas. Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo está bloqueado, Dios es capaz de abrir caminos en el mar y de encontrar una salida para toda situación desesperada.

    Los cristianos sabemos que la promesa ha tenido cumplimiento en Jesús de Nazaret. Con Él la historia humana ha llegado a su plenitud. En Él Dios se nos ha comunicado definitivamente y ningún acontecimiento posterior, por más grandioso que sea, puede superar esa comunicación de Dios al hombre en la persona de Jesús. Esto no quiere decir que la historia, después de Jesús, haya perdido su importancia. Ni mucho menos. En la persona de Jesús se ha realizado totalmente el plan de Dios. En nosotros todavía está por realizarse. Vivimos pues en la esperanza. El tiempo que tenemos a disposición se nos da para hacer nuestra esa oferta de salvación y liberación dada en Cristo.

    El amor pertenece ya al orden de lo definitivo. Por eso San Pablo exhorta ante todo al amor mutuo, porque es la señal inequívoca de que uno ha acogido el Reino en su vida (1 Tes 3,12-4,2). Es ese amor el que nos da la confianza para poder presentarnos ante Jesús cuando Él venga a recogernos, sea al final de nuestra vida, sea al final de los tiempos. La santidad a la que nos invita el apóstol consiste precisamente en el amor. No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida y sus exigencias, toda ella animada por el amor fraterno. La eucaristía es el momento privilegiado para renovar nuestra esperanza y seguir clamando: Ven, Señor Jesús.


  • Testigo de la verdad

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    24 de noviembre de 2024 – Jesucristo, Rey del Universo

    Jesús se vio atrapado por la situación política de su tiempo:  un pueblo sometido al yugo extranjero, que sufría en sus propias carnes la opresión y la explotación. Lo que menos importaba era el problema de la verdad. Lo mismo que en nuestros días en los que la política manipula todos los acontecimientos para conservar o conquistar el poder. La predicación de Jesús sobre el Reino de Dios fue dinamita pura porque cuestionaba el estado de cosas. Cuando Dios reina ningún otro poder puede pretender someter y explotar a las personas. Los enemigos encontraron un buen pretexto para acusar a Jesús de agitador político peligroso, con veleidades de querer ser rey.

    Jesús declaró: “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no porque estuviera pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Hablaba de otro tipo de reino que no necesite de una guardia para poder sobrevivir. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios.

    Jesús anunciaba la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas, estableciendo un reino que no tiene fin (Dan 7,13-14). Nosotros creemos que ese ideal se ha hecho realidad en la propia persona de Jesús Resucitado. El es el príncipe de los reyes de la tierra. Es un rey que ama a los suyos hasta dar su vida para rescatarlos de sus pecados. Más aún. No está agarrado a su título de rey sino que hace a todos los suyos reyes y sacerdotes para Dios (Apoc 1,5-8). El vendrá al final de los tiempos sobre las nubes ceñido de poder y todos verán que El es el que fue atravesado con la lanza a causa de nuestros pecados.

    Lo que diferencia el reino de Jesús de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes y poderes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo. El creyente reconoce que Cristo reina precisamente desde el madero de la cruz. Ese es su trono. Todo el que busca la verdad sabe bien hacia quién debe orientar su vida: hacia Cristo crucificado y exaltado.

    Al mundo actual le importa poco la verdad de las personas o de las cosas, quiere simplemente que el sistema funcione en provecho de unos grupos privilegiados, sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley. La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Es su Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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