• Les abrió la inteligencia

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    19 de abril de 2015 – Tercer Domingo de Pascua

    Algunas novelas y películas resultan difíciles de entender porque no nos dan todos los datos que creemos que son necesarios para comprender a los personajes. A los discípulos de Jesús les resultó incomprensible el desenlace de su historia con el maestro. Tanto su muerte como su resurrección les dejó perplejos. Al verlo resucitado, no eran capaces de reconocerlo. Incluso llegaron a pensar que tenían delante un fantasma. Digamos que la imagen actual no casaba con la que ellos tenían de haber vivido con Jesús.

    Las Escrituras que ellos leían no les ayudaron mucho en un primer momento a entender lo que estaba pasando. No debemos pues extrañarnos de que tampoco nosotros comprendamos muchas veces lo que la Biblia nos quiere decir. Se nos presentan como una colección de libros con historias muy diversas. Parece que carece de unidad. Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Lc 24,35-48). En realidad Jesús les dio la clave de comprensión de un lenguaje que parecía cifrado y sellado con siete sellos. Jesús mismo es la clave de comprensión de la Escritura. La Escritura habla de Jesús. En Él recibe su sentido y la luz que ilumina su comprensión. Toda la Escritura nos habla de la salvación de Dios en Jesús, muerto y resucitado. Tan sólo con la resurrección de Jesús las Escrituras se hacen comprensibles. Las Escrituras no se entienden sin Jesús, pero tampoco podemos comprender a Jesús sin las Escrituras.

    Los apóstoles quedaron desconcertados ante la Pasión y Resurrección del Señor. Intentaron entenderlo a partir de la Escritura, pero ésta continuaba sellada. Tan sólo el don del Espíritu les hizo caer en la cuenta de que las Escritura anunciaba ya esa muerte y resurrección. Entonces todo apareció claro. El plan de Dios, que antes parecía sin sentido, ahora se manifestaba en toda su lógica. Incluso tenía un sentido la acción de unos personajes que habían querido escapar al control del autor e impedir su plan. Dios es capaz de escribir recto con renglones torcidos (Hechos 3,13-19). Incluso la rebelión de esos personajes estaba prevista por Dios. En Jesús resucitado, Dios ha reconciliado el mundo e invita a la conversión para recibir el perdón de los pecados. Ya no hay dudas. Ya no hay miedo a fantasmas sino que el Señor Resucitado sigue vivo en la comunidad.

    Jesús les abrió el entendimiento de las Escrituras cuando estaban reunidos en comunidad. Tan sólo la comunidad eclesial es capaz de comprender las Escrituras. Cada uno por su cuenta se pierde de nuevo en los vericuetos de estos escritos. Es en la comunidad eclesial donde sigue presente y actuante Jesús Resucitado con su Espíritu. Él es la clave de interpretación de la Escritura. Pero ha sido la comunidad eclesial la que hizo la experiencia del Señor Resucitado y la que nos la ha transmitido en las Escrituras, de manera particular en los Evangelios. Nosotros podemos encontrarnos personalmente con el Resucitado, pero ese encuentro tan sólo será auténtico si refleja la experiencia eclesial de la Iglesia primitiva y de la Iglesia sin más en nuestro tiempo.

    Da la impresión de que a los apóstoles no les bastó el que Jesús les diera una clase teórica sobre cómo las Escrituras anunciaban su misterio. Fue necesario que el Jesús resucitado se manifestara como el Jesús con el que habían convivido antes de su muerte. El lazo de unión fue la evocación de las comidas con Jesús. Tan sólo cuando a las palabras les acompañan las acciones es posible reconocer a Jesús resucitado. Tan sólo comiendo juntos, reconocemos que se trata de Jesús.

    Jesús no abrió el entendimiento de sus discípulos para que entendieran unos textos sino para que entendieran su vida. Tan sólo el que guarda sus mandamientos lo conoce de verdad (1 Juan 2,1-5). Que la fracción del pan nos permita reconocer al Resucitado que sigue abriendo para nosotros el futuro de la vida.


  • La victoria de la fe

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    12 de abril de 2015 – Segundo Domingo de Pascua

     

     

    La experiencia de la crisis actual nos hace ver que la fe cristiana es un elemento fundamental en la construcción de la sociedad. A pesar de que hemos sido engañados por hombres que han llevado a muchos a la ruina, necesitamos seguir creyendo en los demás, necesitamos seguir creyendo que Dios quiere el bien de los hombres y que no nos deja a merced de los poderosos. Se necesitan comunidades cristianas en las que se experimente el perdón y se descubra al Espíritu, que nos urge a la misión para transformar nuestro mundo.

    Tan sólo en comunidad se puede hacer la experiencia del Señor resucitado, superando la tentación de escepticismo que amenaza a los individuos inermes ante las realidades sociales. También los discípulos tuvieron miedo a ser víctimas de ilusiones y cuentos. El Apóstol Tomás, en nombre de todos, pidió un encuentro personal con el Resucitado, sin fiarse de lo que los demás le contaban (Jn 20,19-31). Jesús se dejó encontrar personalmente por Tomás y quiere que también cada uno de nosotros lo experimentemos vivo en nuestras vidas. El que Jesús proclame felices a aquellos que han creído sin haber visto no significa que la fe no sea una verdadera experiencia religiosa. En la vida hay muchas experiencias que no se reducen a ver y tocar. ¿De qué tipo de experiencia estamos hablando?

    La experiencia del Resucitado tiene tres dimensiones, una objetiva, otra subjetiva y otra comunitaria. No se pueden separar una de otra. Es una experiencia objetiva en el sentido de que no la fabrico yo sino que me es dada. Es el Señor el que se hace encontrar y nos da la fe para reconocerlo. Mediante la fe acontece un encuentro verdaderamente personal que pone en juego toda mi persona. Este elemento personal ha sido unilateralmente separado por la cultura moderna, que reduce todo a una experiencia subjetiva individualista. Cada uno trata de encontrar ante todo consuelo en el encuentro con Jesús y solución para sus problemas. De esa manera hemos vivido un cristianismo demasiado intimista que no incide en la transformación del mundo.

    La transformación del mundo es obra no de una persona sino de la comunidad humana. Tenemos que recuperar para nuestra fe la dimensión comunitaria, que tuvo al principio, y que hizo que las comunidades cristianas cambiaran la historia humana o al menos indicaran en la dirección en que debe ser cambiada. Los primeros cristianos crearon unas comunidades alternativas a las existentes en el imperio romano. Lo que más llamó la atención es que “ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech 4,32-35). Los cristianos, siguiendo a Jesús, cuestionaron uno de los pilares del mundo antiguo: la propiedad privada. Las propiedades no están simplemente para transmitirlas a los hijos sino que están al servicio de los necesitados.

    Hoy día necesitamos comunidades creíbles en las que sea posible el encuentro con el Resucitado. Tomás sólo se encontró con Jesús cuando se integró en la comunidad. El Beato Chaminade quería ofrecer al mundo “el espectáculo de un pueblo de santos”, pues hoy día no basta la santidad individual. Son necesarias numerosas comunidades que hagan presentes el amor de Dios en el mundo (1 Jn 5,1-6). Que la celebración de la eucaristía nos lleve a construir comunidades cristianas en las que se pueda hacer la experiencia del Señor Resucitado.


  • Ha resucitado

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    5 de abril de 2015 – Vigilia Pascual

     

    Para los cristianos el acontecimiento fundacional, que da sentido a toda nuestra historia, es la resurrección de Jesús. Ésta es la intervención definitiva de Dios en Cristo Jesús para salvar al mundo. Toda la historia de la salvación se concentra en este acontecimiento, hacia él tiende, desde él se despliega y en él encuentra su sentido. La Liturgia de la Vigilia Pascual nos hace revivir los principales acontecimientos de esa historia: la creación, la fe de Abrahán, dispuesto a entregar a su propio hijo, la liberación de Egipto, la promesa de la nueva alianza, la promesa de la resurrección del pueblo.

    Todo ello se concentra en el anuncio de la resurrección de Cristo. “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16,1-8). Es la buena noticia que hay que proclamar, porque cada vez que se proclama se hace realidad en nuestro mundo. La fuerza de ese anuncio viene del mismo Dios. No es la palabra humana la que proclama la resurrección sino los mensajeros de Dios. Las mujeres no dijeron nada porque estaban llenas de miedo. Nosotros hemos perdido el miedo precisamente porque hemos resucitado con Cristo. Sabemos que Él nos va abriendo el futuro, en medio de este presente sombrío que nos toca vivir. Él nos precede en Galilea para que nosotros repitamos la aventura del anuncio del evangelio.

    El misterio de Cristo muerto y resucitado es nuestro propio misterio. Lo hacemos nuestro mediante el bautismo (Rm 6,3-11). Lo vivimos de manera sacramental, pero real. Representamos la muerte y la sepultura de Cristo sumergiéndonos en las aguas con riesgo de nuestra vida. Así era al menos en el bautismo de los primeros cristianos. Resucitamos al salir del agua. Experimentamos místicamente la muerte del hombre viejo y nacemos una criatura nueva. Somos de verdad cristianos si nos sentimos salvados y viviendo la nueva vida en Cristo Jesús. Lo que cuenta es la vida. Jesús resucitado ya no muere más. Está siempre vivo y vive también en nosotros.

    La renovación de las promesas de nuestro bautismo es el momento privilegiado para asumir personal y conscientemente nuestra fe, que en su día proclamaron nuestros padres y padrinos. Esa fe es verdaderamente la luz que ilumina nuestras vidas. Es el mismo Señor resucitado, cuyo pregón hemos cantado siguiendo el cirio pascual. Es la luz del primer día de la creación.

    La resurrección de Jesús no es un simple acontecimiento histórico que afecta a toda la humanidad. Es un acontecimiento de la creación que inaugura los cielos nuevos y la tierra nueva. Inaugura verdaderamente el Reino glorioso de Cristo. Es verdad que todavía experimentamos en nuestras vidas y en nuestro mundo los efectos del odio y de la muerte. Pero estos enemigos han sido ya vencidos en Cristo y esperamos que también nosotros los venceremos. Celebremos con alegría la resurrección de Jesús y salgamos decididos a ser sus testigos y anunciar: El Señor ha resucitado. Felices Pascuas.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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