• Yo tampoco te condeno

    Categoría:

    13 de marzo de 2016 – Quinto Domingo de Cuaresma

    El Papa ha enviado sus misioneros de la misericordia a todo el mundo con la facultad de perdonar todos los pecados. No debemos pensar sólo en las personas que consideramos que llevan una vida opuesta al evangelio, alejados de la Iglesia y de toda moral. Sin duda que éstos están invitados de manera especial a volver a la vida cristiana. Pero estos últimos años han sido muy amargos para la misma Iglesia pues de pronto ha descubierto el pecado incluso en los miembros de la jerarquía. Se trata del terrible pecado del abuso de menores y de su encubrimiento. Con humildad tenemos que colocarnos todos, pecadores, iguales, ante la cruz de Cristo, para recibir el perdón. La Iglesia, en cuanto realidad humana, es una iglesia de pecadores, en cuanto realidad divina es una iglesia santa. Esta año del Jubileo de la Misericordia es una oportunidad que no debemos perdernos pues todos estamos necesitados de la misericordia amorosa de Dios nuestro Padre.

    La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega (Jn 8,1-11). Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, aunque aquí no sabemos por qué no es acusado también el hombre sino sólo la parte débil. Jesús toma su defensa (y también hubiera defendido la vida del hombre) y se coloca decididamente contra la pena de muerte.

    La argumentación de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin dar la posibilidad de enmendarse. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas.

    Pero ese perdón debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta cuaresma para transformar nuestras vidas y vivir una vida nueva (Is 43, 16-21). La Iglesia está compuesta de pecadores, pero no puede renunciar a denunciar el pecado en el mundo y en ella misma. Su misión es ser siempre sacramento de reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos.

    El ejemplo de Pablo puede ayudarnos en este camino (Filp 3,8-14). Pablo, enemigo de Cristo, se ha sentido no sólo perdonado, sino incluso llamado a ser su enviado. Ese perdón le ha venido por pura gracia de Cristo y no en virtud de las obras buenas que él hubiera hecho según la Ley (según la cual eliminar cristianos sería una obra agradable a Dios). Como él debemos olvidar nuestro pasado pecador para dedicarnos a correr hacia la meta donde nos ha precedido Cristo. Así recibiremos el premio: participar en su resurrección después de haberlo acompañado en su pasión. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a acoger el perdón del Señor. Acerquémonos también durante este tiempo al sacramento de la reconciliación para así tener la garantía de que Jesús nos perdona a través de sus ministros. Dios sin duda nos perdona siempre que se lo pedimos, pero algunas veces necesitamos un signo visible que nos lo confirme.


  • El padre se le echó al cuello y se puso a besarlo

    Categoría:

    6 de marzo de 2016 – Cuarto Domingo de Cuaresma

     

    De siempre hemos creído que nosotros los católicos somos los buenos. Nosotros no nos hemos ido de la casa del padre, como tantos “hermanos separados”, no hemos abandonado la práctica religiosa como tantos de nuestros compañeros. Esa buena conciencia empieza a ser sacudida desde hace unos años y hemos empezado a ver que no todo lo que reluce es oro ni tan siquiera en la llamada jerarquía de la Iglesia. Los recientes escándalos muestran que formamos parte de una Iglesia de pecadores, que necesita constantemente el perdón y la reconciliación con Dios y con los hombres (2 Cor 5,17-21). Ante la cruz de Jesús, todos estamos necesitados de su misericordia. Jesús es el rostro de la misericordia del Padre. En su predicación anunció la misericordia sin límites del Padre bueno. Lo hizo sobre todo en las tres parábolas llamadas parábolas de la misericordia.

    La mal llamada parábola del hijo pródigo es en realidad la parábola del padre bueno y sus dos hijos (Lc 15,1-3;11-32). Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan él sigue siendo un padre. El hijo menor no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

    En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

    Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Tampoco él conoce el corazón del padre. Es el hijo fiel, pero con una fidelidad triste de trabajador más que de hijo. No se ha dado cuenta de que todo lo de su padre le pertenece. No sólo las cosas materiales sino también toda la realidad espiritual que recibimos de un padre. Lo que es más grave es que este hijo fiel no quiere reconocer ya a su hermano al que trata como un extraño, como si fuera un hijo que tuviera el padre, pero que para él ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. También a él le hubiera gustado saborear esos momentos de libertad, pero no se atrevió a marcharse de la casa del padre. Ahora se produce una ruptura interior con el padre. Si el padre se comporta así con su hijo pródigo, ya no merece la pena vivir en la casa del padre.

    El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Es natural alegrarse y hacer fiesta al recuperar a un hermano que estaba perdido y ha sido hallado, estaba muerto y ha vuelto a la vida. Acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos acepta si estamos dispuestos a reconciliarnos con el hermano.


  • Dar frutos

    Categoría:

    28 de febrero de 2016 – Tercer Domingo de Cuaresma

     

    La existencia del mal en el mundo sigue siendo considerada por algunos como la roca firme  del ateísmo. Ante los desastres naturales, las epidemias y las guerras, tenemos la impresión de que no existe Dios o que el mundo está dejado de las manos de Dios o se le ha escapado de sus manos. Son muchos los que lanzan inmediatamente la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Dónde está Dios? ¿Cómo Dios puede permitir la muerte de tantos inocentes? Qué le he hecho yo a Dios?

    A estas preguntas el creyente no puede dar otra respuesta que la de Jesús ante las trágicas muertes que nos cuenta el evangelio de hoy (Lc 13,1-9). Ni los hombres ni Dios tienen la culpa de estos desastres. Dios, sin embargo, nos quiere decir algo a través de ellos. Es ese mensaje el que debemos acoger. ¿A qué nos invitan esos desastres? Ante todo a la solidaridad. En eso estamos de acuerdo creyentes y no creyentes. Sufrimos con los que sufren e intentamos con nuestra ayuda paliar ese dolor. Pero el creyente descubre además una llamada a la conversión, a reorientar nuestra vida hacia Dios, a dar frutos de obras de misericordia.

    Aparentemente no existe ninguna relación entre el acontecimiento y este mensaje. Nuestra conversión no va a impedir que siga habiendo terremotos y que sigan muriendo inocentes. Es verdad, pero Jesús está preocupado por el destino del hombre. No simplemente por el destino en esta tierra que puede terminar de manera trágica. Está preocupado por el destino eterno del hombre, que nos lo jugamos con nuestra vida. Lo terrible no es morir en un terremoto o en la guerra, sino morir tranquilamente en la cama, sumergido en el egoísmo, de espaldas a Dios. Entonces sí que se perece seriamente y se echa a perder la vida. Convertirnos constantemente a Dios es la manera de asegurar nuestra vida, no contra los terremotos sino contra la perdición definitiva.
    El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

    La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Es la gran oportunidad que Dios nos da, no como unas rebajas de una gracia barata, sino al contrario para tomarnos en serio el amor de Dios en nuestras vidas y responder con nuestro amor. Nuestras vidas pueden ser todavía las de una higuera estéril, que año tras año no produce fruto. Sólo escuchando la llamada de Dios y el clamor de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-15). Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo