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El padre se le echó al cuello y se puso a besarlo

6 de marzo de 2016 – Cuarto Domingo de Cuaresma

 

De siempre hemos creído que nosotros los católicos somos los buenos. Nosotros no nos hemos ido de la casa del padre, como tantos “hermanos separados”, no hemos abandonado la práctica religiosa como tantos de nuestros compañeros. Esa buena conciencia empieza a ser sacudida desde hace unos años y hemos empezado a ver que no todo lo que reluce es oro ni tan siquiera en la llamada jerarquía de la Iglesia. Los recientes escándalos muestran que formamos parte de una Iglesia de pecadores, que necesita constantemente el perdón y la reconciliación con Dios y con los hombres (2 Cor 5,17-21). Ante la cruz de Jesús, todos estamos necesitados de su misericordia. Jesús es el rostro de la misericordia del Padre. En su predicación anunció la misericordia sin límites del Padre bueno. Lo hizo sobre todo en las tres parábolas llamadas parábolas de la misericordia.

La mal llamada parábola del hijo pródigo es en realidad la parábola del padre bueno y sus dos hijos (Lc 15,1-3;11-32). Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan él sigue siendo un padre. El hijo menor no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Tampoco él conoce el corazón del padre. Es el hijo fiel, pero con una fidelidad triste de trabajador más que de hijo. No se ha dado cuenta de que todo lo de su padre le pertenece. No sólo las cosas materiales sino también toda la realidad espiritual que recibimos de un padre. Lo que es más grave es que este hijo fiel no quiere reconocer ya a su hermano al que trata como un extraño, como si fuera un hijo que tuviera el padre, pero que para él ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. También a él le hubiera gustado saborear esos momentos de libertad, pero no se atrevió a marcharse de la casa del padre. Ahora se produce una ruptura interior con el padre. Si el padre se comporta así con su hijo pródigo, ya no merece la pena vivir en la casa del padre.

El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Es natural alegrarse y hacer fiesta al recuperar a un hermano que estaba perdido y ha sido hallado, estaba muerto y ha vuelto a la vida. Acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos acepta si estamos dispuestos a reconciliarnos con el hermano.

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