• No seas incrédulo sino creyente

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    3 de abril de 2016 – Segundo Domingo de Pascua

     

    Este año del Jubileo de la Misericordia confiere un relieve especial a este domingo llamado desde hace unos años “Domingo de la Divina Misericordia”, recogiendo el mensaje de Santa Faustina Kowalska, religiosa de la Misericordia de Polonia. En la gran Familia de la Misericordia hay que situar a Teresa Lamourous, fundadora de la Obra de la Misericordia de Burdeos y colaboradora del Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista. Son muchas hoy día las instituciones de la sociedad y de la Iglesia empeñadas en luchar contra la trata y explotación sexual de la mujer. La Familia de la Misericordia es testigo del amor de Dios para con los pecadores. Invita a fiarse del amor de Dios que nos perdona siempre.

    El apóstol Tomás no se fiaba mucho de sus compañeros (Jn 20,19-31). Los había visto abandonar al Maestro para salvar el pellejo. Lo mismo había hecho el propio Tomás. Por esos conocía bien las traiciones del corazón humano buscando los propios intereses. Quizás ahora sus compañeros estuvieran interesados en decirle que habían visto al Señor. Por eso no se fía y exige para creerlo hacer él mismo la experiencia del Resucitado.

    Al anochecer del día de la resurrección, Jesús se había aparecido a los discípulos encerrados en el cenáculo. Les había dado el don del Espíritu, que hace de ellos la comunidad de los salvados, a los que les han sido perdonados los pecados. Esa comunidad tiene el poder de perdonar o dejar sin perdonar. Así empieza la vida de la Iglesia y la misión. Jesús envía a sus discípulos, como Él había sido enviado por el Padre. Los discípulos harán presente al Señor, como Él hacía presente al Padre. La presencia del resucitado transforma a los discípulos, llenándolos de paz y alegría, y haciéndoles perder el miedo.

    El apóstol Tomás  no estaba durante aquel encuentro. Cuando se lo contaron sus compañeros, no los creyó. Exigió el tener él también una experiencia directa del resucitado, viendo y tocando. En realidad no es posible encontrar al resucitado fuera de la comunidad. Tomás tendrás la ocasión la semana siguiente cuando de nuevo Jesús se aparece a la comunidad reunida. Jesús manda a Tomás hacer lo que él había puesto como condiciones de creer, pero el apóstol no lo hace sino que simplemente confiesa al resucitado como su Señor y su Dios, quizás la confesión más clara de la fe en la divinidad de Cristo.

    Jesús no se apareció por las buenas a Tomás cuando estaba solo. Sólo cuando está con la comunidad es posible hacer la experiencia del Resucitado. La fe es sin duda una experiencia personal pero tiene una dimensión comunitaria. Por eso no nos encierra en nuestra subjetividad sino que nos abre al diálogo y al compromiso en el mundo. Se trata siempre de una fe eclesial. Ha sido la Iglesia, personificada en los apóstoles, la que nos ha transmitido esa experiencia originaria del Resucitado, que cada uno de nosotros intenta asimilar en comunión con su comunidad eclesial. No es posible una fe por libre, hecha a la medida de la propia subjetividad e individualismo.

    Aunque el mismo Jesús parece vincular la fe de Tomás al hecho de ver, en realidad ha sido la palabra de Jesús la que ha hecho posible esa fe. En el momento en que interviene la palabra, salimos del ámbito de la experiencia individual para entrar en el dominio de la comunidad, de la fe compartida. Felices nosotros que creemos sin haber visto, fiados totalmente de la palabra del Señor, que se hace presente en nuestras vidas. La celebración de la eucaristía es un momento privilegiado de encuentro personal y comunitario con el Resucitado, que cambia nuestras vidas y nos envía como testigos suyos.

     

     

     

     

     


  • Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto

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    27 de marzo de 2016 – Domingo de Pascua de Resurrección

    Tras las esperanzas de los años sesenta, los cambios acelerados han producido una verdadera revolución silenciosa y cuando nos hemos querido dar cuenta estábamos en un mundo que nos parece extraño y no lo reconocemos. Ha desaparecido una especie de mundo familiar e idílico, que quizás no era tanto, en el que la fe y los valores cristianos aparecían constantemente en el escenario que contemplábamos complacidos. Hoy día tenemos la sensación de que se han llevado ese mundo, nos lo han robado y no sabemos dónde ha ido a parar (Jn 20,1-9). El terrorismo con sus zarpazos nos recuerda que vivimos en una especie de guerra total no declarada. Hemos perdido el sentido de la misericordia y el perdón y nos hemos convertido en personas implacables y crueles.

    Y, sin embargo, la Iglesia tendrá que seguir siendo, a pesar de sus propios pecados, un signo del perdón y de la misericordia de Dios Padre. La resurrección de Jesús muestra que Dios Padre no abandonó a Jesús, que supo permanecer fiel hasta su muerte, dando la vida por amor a sus hermanos. Dios proclama que Jesús tenía razón y que los que lo condenaron lo hicieron injustamente. De esa manera queda legitimado el estilo de vida de Jesús. Sólo una vida entregada lleva a la vida y a la resurrección. Jesús efectivamente pasó haciendo el bien porque Dios estaba con él (Hech 10,34ª.37-43).

    Si la sorpresa de la crucifixión fue grande, no menor fue la que experimentaron los discípulos ante la resurrección, ante la desaparición del cuerpo de Jesús. Encargados de verificar la verdad de lo que dicen las mujeres, y en particular María Magdalena, son Pedro y el Discípulo Amado. Ellos sí que pueden dar un testimonio válido. Tanto María como los dos discípulos ven el sepulcro vacío y las vendas y el sudario con el que habían amortajado a Jesús. Es difícil concluir de ahí nada. De hecho ambos discípulos no parecen sacar las mismas conclusiones.

    Pedro parece un inspector de policía que toma nota de cómo están las cosas. La descripción parece sugerir que no se trata del robo del cadáver sino que ha debido suceder algo distinto, pues todo está demasiado en orden. El discípulo Amado concluye también su inspección pero creyendo en la resurrección. ¿Cómo llega a esta conclusión? Al comprender de pronto las Escrituras que anunciaban que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Antes de la resurrección no había manera de entender esos anuncios. Ahora todo parece claro y creen en lo que anunciaban las Escrituras.

    ¿Qué es lo que creen? Ante todo que Jesús está vivo. El Señor Resucitado es el mismo que ellos conocieron, al que prestaron fe y siguieron, con el que convivieron durante su vida pública, convencidos de que Él era el Mesías de Israel, la revelación definitiva de Dios. Eso supone que sin duda se encontraron con el Señor Resucitado. Los evangelios hablan de las apariciones de Jesús a sus discípulos. No son las apariciones las que fundan la fe de los discípulos. El fundamento de su fe es la persona misma del Resucitado experimentado como vivo y presente en la comunidad mediante su Espíritu.

    En ese sentido la fe de los apóstoles tiene el mismo fundamento que la nuestra. No es la aparición del resucitado, sino su presencia activa que interviene en nuestra vida, llevando siempre la iniciativa. Nosotros tenemos conciencia de haber muerto y haber resucitado con Cristo porque  experimentamos en nosotros el deseo del resucitado, el deseo de Dios. Aspiramos a los bienes definitivos a través del uso de los bienes de esta tierra. Mientras estamos en este mundo todavía no se manifiesta del todo claramente la realidad de la resurrección presente ya en nuestras vidas. Cuando Jesús vuelva glorioso, entonces también nosotros apareceremos triunfantes con Él. Reconozcamos la presencia del Resucitado en los signos sacramentales de la eucaristía.

     

     

     

     


  • ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

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    27 de marzo de 2016 -Vigilia Pascual

     El reciente atentado en Bruselas muestra el imperio de la muerte en nuestro mundo. Muerte consecuencia del odio que engendra violencia y corre el riesgo de provocar una espiral de odio y violencia, que es lo que quieren los terroristas.  En esta situación costará trabajo creerse que el Señor ha resucitado y con Él todos los seres queridos muertos y a los que todavía lloramos. Y, sin embargo, este año, más que nunca, es necesario creer que el Señor ha triunfado sobre las fuerzas del odio y de la muerte.

    La resurrección de Jesús es la realización de todas la promesas hechas por Dios a su pueblo y la anticipación del futuro definitivo de Dios. Es el acto fundacional de la Iglesia, convocada por el Resucitado. Leemos algunos momentos más significativos de la historia de la salvación en la que Dios ha actuado a favor de su pueblo. Ya la creación, inicio de esa historia, es un momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). Ese amor misericordioso no abandona al hombre pecador ni deja esclavo a su pueblo en Egipto sino que lo libera de la esclavitud para llevarlo a su servicio. La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

    La resurrección cogió de sorpresa a todos, a empezar por sus discípulos y las piadosas mujeres que iban a cumplir un deber caridad para con el muerto, embalsamar su cuerpo, cosa que no habían podido hacer el día de su sepultura por falta de tiempo. El ángel les reprocha el que sigan pensando en un muerto entre los muertos cuando en realidad el Señor está vivo (Lc 24,1-12. El ángel les invita a penetrar en el misterio recordando las palabras de Jesús que habían anticipado el acontecimiento. Según Jesús, su muerte y su resurrección eran la realización de lo que las Escrituras anunciaban.

    Las mujeres recordaron las palabras de Jesús y sin duda se abrieron a la fe pues se convirtieron en anunciadoras  de la resurrección. Pero los apóstoles no las creyeron y pensaron que deliraban. Pedro, en cambio, fue al sepulcro y lo encontró vacío y se volvió admirado. Tan sólo el encuentro con el Resucitado hará que la fe de los discípulos vuelva a revivir y se reúnan de nuevo para ser los testigos de Jesús.

    Existe el peligro de que nos pasemos la vida buscando al resucitado entre los muertos. Quizás a través de la religión popular hemos vivido intensamente en las procesiones la realidad de la pasión del Señor. Son tantos los sufrimientos del mundo que no puede uno menos que compadecerse del inocente que entregó la vida para que no muera ya más ningún inocente. Pero llega la Pascua y no sabemos cómo celebrarla. Tantos siglos de catolicismo triste han dejando una herencia y una huella demasiado pesada. Pero es aquí donde nos jugamos el futuro de nuestra fe como fuerza transformadora del mundo.

    Frente a las ofertas de felicidad barata que ofrece el mundo, los cristianos seguimos proclamando que el corazón del hombre tiene una sed de amor infinito y absoluto. Sólo si nosotros resucitamos en Cristo y llegamos a pertenecer totalmente a Dios, y Él nos pertenece totalmente a nosotros, nuestro corazón inquieto encontrará finalmente su descanso. Vivamos intensamente esta eucaristía y sintámonos también nosotros enviados a anunciar a nuestros hermanos la buena noticia: Jesús está vivo. Venid y lo veréis.

     

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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