• Y nosotros ¿qué tenemos que hacer?

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    13 de diciembre de 2015 – Tercer Domingo de Adviento

     ¿Cómo preparar este año las Navidades? Como siempre los comercios se adelantan a las propuestas cristianas. Copiamos de los americanos lo peor, el consumismo y le dedicamos un “viernes negro”, riéndonos de la mala suerte. La situación, en vísperas de elecciones, sigue siendo poco clara a pesar de los mensajes de que la economía empieza a ir bien. Se trataría de una buena noticia, sobre todo si respondiera a la realidad, desmentida por la vida de tantas personas que lo siguen pasando mal.

    Los cristianos, sin embargo, debemos buscar la alegría en otra Buena Noticia que nos repite hoy la Palabra de Dios: El Señor está cerca. El profeta invita a la alegría mesiánica a causa de la presencia del Señor en medio de su pueblo, en Jerusalén (Sof 3,14-18). El mismo motivo aduce Pablo (Filp 4,4-7). Esta alegría es siempre un don de Dios y no la podemos fabricar artificialmente confundiéndola con el bullicio y el jolgorio navideño. Esta alegría viene sobre todo de la ausencia de preocupaciones, no porque no existan, sino porque no nos hacen perder la paz y la alegría navideña. Uno presenta las preocupaciones al Señor en la oración con confianza y acción de gracias.

    La Navidad nos hace experimentar la cercanía de Dios. Dios es un Dios de hombre, que no está lejos de nosotros sino que está a nuestro lado compartiendo y sufriendo con nosotros en nuestra historia. Y nosotros qué debemos hacer? Esta cercanía de Dios nos lleva a acercarnos a los hombres, sobre todo a los que sufren para tratar de llevarles a ellos alguna Buena Noticia.

    En vez de unos cálculos puramente económicos sobre cuánto puedo gastar, quizás sea bueno situarnos en una perspectiva más evangélica, que invita a mirar también en torno nuestro. Al descubrir la realidad de lo que no tienen, no queda otra alternativa cristiana que compartir con ellos lo que tenemos (Lc 3,10-18). Dios no pide cosas que se relacionen con el culto y con la oración sino que tienen que ver más bien con las relaciones sociales. Es ahí donde se juega el futuro del Reino de Dios, que Juan Bautista anunciaba, como más tarde lo hará Jesús.

    Son simples ejemplos, que cada uno tendrá que adaptar a su situación particular. Pero son ilustrativos porque tienen que ver sobre todo con los bienes materiales. A la gente en general, el precursor pide una actitud de compartir los bienes, tanto de comida como de vestidos. A publicanos y militares se les exige ante todo la práctica de la justicia. Justicia, solidaridad o caridad son los elementos fundamentales de la práctica cristiana.

    Se trata de tomar algo así como una opción fundamental en nuestras vidas, orientándolas hacia los demás y hacia Dios y no a la búsqueda del propio enriquecimiento a costa de los demás. Esta opción fundamental era propuesta en el momento del bautismo que realizaba Juan Bautista, y también los cristianos hemos asumido esa opción fundamental en nuestro bautismo. En él hemos renunciado al mal y nos hemos adherido por la fe a Cristo Jesús.

    El bautismo de Jesús ya no es simplemente bautismo con agua sino bautismo con el Espíritu Santo. Ese don es fruto de la resurrección de Jesús, que nos sitúa en los tiempos finales. Son el tiempo del juicio de Dios sobre la historia humana. Un juicio que todos esperamos que sea de salvación, tal como lo ha prometido, pero que purificará también con el fuego de su amor. Que la celebración de la eucaristía nos haga sensibles a las necesidades de los demás y nos lleve a compartir lo que tenemos.

     

     

     


  • Madre de Misericordia

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    8 de diciembre de 2015 – La Inmaculada Concepción de la Virgen maría

      

    Empezamos hoy el Jubileo de la Misericordia. La fiesta de la Inmaculada, nos recuerda el papa Francisco, nos indica el modo de obrar de Dios desde el comienzo de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (Ef 1,3-12), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Se nos abre pues la puerta de la misericordia y del perdón. María es esa puerta a través de la cual vino Jesús.

    La santidad de María, desde el primer momento de su existencia, indica su total sintonía  con Dios y con el Espíritu Santo. María se arriesgó a dejarse llevar por el Espíritu que la convirtió en Madre de Dios. María está toda llena de la gracia y del favor de Dios (Lc 1,26-38). Ella vive una relación de amor inmediata que le permite llamar a Dios su hijo y que Dios la llame su Madre. En ese ámbito de relación todo es santo y ni tan siquiera se puede pensar que a  Ella le pasara por la cabeza traicionar esa amistad. Ella no experimenta la tentación que nos acecha cada día. A pesar de todo, también nosotros vivimos rodeados de la gracia de Dios en la redención de Cristo Jesús.

    Sin duda ha sido un gran privilegio el que Dios dio a María, precisamente para que pudiera ser una digna Madre del Redentor. Si Jesús es la salvación, María era la primera que tenía que ser totalmente salvada. Y así fue redimida en virtud de los méritos de Jesús, incluso antes de que éste existiera en su seno. Porque el plan de Dios de salvar al hombre es un plan eterno. Antes de crear el mundo nos eligió también a nosotros para que fuéramos santos e inmaculados por el amor (Ef 1,3-12). Por eso lo que ahora proclamamos de María, su santidad sin sombra  de pecado, será también realidad un día en nosotros. También un día la salvación de Dios será plena en nosotros y triunfará sobre nuestro pecado. Mientras tanto María aparece como el gran signo de esperanza para toda la Iglesia que intenta purificarse para ser fiel a su Señor.

    En la medida en que el Nuevo Testamento se interesa por María se nos presenta como la creyente. La intención principal de Lucas es ejemplificar la fe en Jesús, pero también el mostrar la ma­ternidad de María como el gran ejemplo de fe. Hay que llamar santa a María porque respondió a partir de la fe, cuando supo qué vocación le esperaba de par­te de Dios. Responder a partir de la fe significa realizar su vida a partir de su referencia a Dios, comprometerse en la disponi­bilidad completa a lo que Dios quiera y conforme a la llamada de Dios. Así quedó asociada a Cristo en sus misterios. También nosotros tenemos que cultivar intensamente la fe para vencer el pecado.

    El P. Chaminade veía en María Inmaculada el símbolo de la santidad y de la victoria. Así  la proponía a sus congregantes que la tenían por Patrona. Hoy día también las Religiosas Marianistas celebran la Inmaculada como su fiesta patronal. El P. Chaminade encontró en la Inmaculada la fuerza para combatir lo que él llamaba la “herejía de su tiempo”, la indiferencia religiosa. Esta hace que la vida de las personas se plantee de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. En vez de construirse sobre los valores del evangelio, el mundo actual se construye sobre otros valores, muchas veces antievangélicos y antihumanos. Pero esta situación no nos desanima pues sabemos que María saldrá triunfante también en este desafío y continuará aplastando siempre la cabeza de la serpiente (Gen 3,9-15). Celebremos con gozo el triunfo de María y pidámosle que ella sea siempre para nosotros Madre de Misericordia.


  • Preparad los caminos del Señor

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    6 de diciembre de 2015 – Segundo Domingo de Adviento

     

    En nuestro mundo materialista son numerosas las ofertas de salvación de tipo espiritualista que prometen llevar a la felicidad plena, a una espiritualidad sin religión y sin Dios, o al menos sin el Dios personal de los cristianos. Esas propuestas olvidan que no es el hombre el que sube hacia Dios sino que ha sido Dios el que ha venido a nuestra historia humana. El cristianismo es una religión histórica, que privilegia unos hechos concretos de un pasado que sigue siendo actual.

    No hay manera de encontrar a Dios fuera de la historia concreta, porque Dios es el Señor de la historia, que actúa en ella a favor de la liberación del hombre. El centro de esa historia es un hecho histórico incontrovertible, el nacimiento de Jesús. El evangelio tiene mucho cuidado en fecharlo como escucharemos la noche de Navidad. Pero hay otros hechos históricos importantes asociados a ese acontecimiento. La proclamación de la Buena Noticia de la salvación por parte de Jesús viene precedida de la predicación de Juan el Bautista, cuyas coordenadas históricas espacio-temporales se nos presentan en el evangelio de hoy (Lc 3,1-6).

    Juan es presentado como el predicador del desierto, de donde parte la aventura mesiánica. También Jesús empezará en el desierto. Juan invita a preparar el camino del Señor, como ya antes lo habían hecho los profetas. Dios ciertamente no necesita que nosotros le preparemos el camino para venir al encuentro de la humanidad. En realidad tan sólo Él puede establecer un camino entre Él y el hombre. Nosotros sabemos que ese camino es Cristo. No es el hombre el que puede subir hacia Dios sino que fue Dios el que descendió por amor hacia el hombre. Ese amor es capaz de abrir caminos en el desierto y en el mar donde es imposible trazar una vía permanente.

    La Segunda Lectura de hoy (Baruc 5,1-9) presenta a Dios dando órdenes directamente a los montes, a las colinas, a los barrancos para que se conviertan en una especie de autopista por la que pueda regresar el pueblo desterrado. No faltarán los árboles a uno y otro lado de la calzada y Dios irá por delante guiando a su pueblo. La manifestación de la gloria de Dios, de su justicia y de su misericordia será motivo de fiesta para el pueblo rescatado. No somos nosotros los que preparamos el camino del Señor. Más bien nos preparamos nosotros para entrar en el camino del Señor. Para ello tenemos que esforzarnos en crear un mundo en el que no existan tantas desigualdades, tantos valles hundidos y tantas simas escarpadas.

    Es necesario abrirse al Señor para que Él pueda llevar a cumplimiento la obra buena que ha iniciado en nosotros (Filp 1,4-11). La vida del cristiano está orientada hacia el retorno de Cristo. Mientras tenemos tiempo se trata de producir frutos por medio de Cristo para gloria y alabanza de Dios. Es la forma concreta de anunciar el evangelio a nuestro mundo. No son las simples palabras las que dan credibilidad sino un estilo de vida en el que resplandece la acción de Dios en Cristo. Ese estilo de vida tiene que ver con el amor y el servicio a los demás, sobre todo a los más pobres.

    Para hacer posible esos frutos es necesaria la oración, por eso Pablo reza constantemente por sus fieles, e invita a orar constantemente. Tan sólo la oración abre la persona a la acción de Dios, que es el protagonista en la obra de la salvación. La oración nos permite poner ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús. Jesús es el camino concreto que Dios eligió para venir a nuestro encuentro, por eso es también el camino del encuentro del hombre con Dios. Pidamos en la Eucaristía que el Señor nos vaya preparando para su venida en Navidad de manera que nos encuentre centrados en Él, sin dejarnos llevar por el consumismo, sino solidarios con los pobres.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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