• El jubileo anunciado por Jesús

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    26 de enero 2025 – 3 Domingo Ordinario

    Los políticos al comienzo de su mandato suelen hacer un discurso programático que guiará sus actuaciones de gobierno. También Jesús hizo así,  al comienzo de su vida pública, en la sinagoga de su pueblo entre sus paisanos (Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Son las palabras en las que se inspiran los jubileos, también el Jubileo de la esperanza proclamado por el papa Francisco. Las propuestas de Jesús recogían los anhelos del pueblo alimentados por el conocimiento de los profetas que anunciaban la intervención liberadora de Dios. Lo curioso es que Jesús termina diciendo abiertamente que aquellas promesas que ha recordado se acaban de cumplir para aquellos que las habían escuchado. Los oyentes debieron de quedar sorprendidos pues aparentemente nada había cambiado con aquel discurso. Jesús confía en que la palabra de Dios que acaba de evocar tiene la fuerza de cambiar la realidad. Nos anuncia, por tanto, que estamos en el tiempo final que es el de la realización de las promesas. Tenemos, pues,  la clave de interpretación de la historia de la salvación que nos transmite la Escritura.

    Pero lo más llamativo de la interpretación de Jesús es el vincular la Escritura a su propia persona. Él es la realización de la Escritura y no sólo de este pasaje mesiánico, que habla de la misión del futuro Mesías, una misión de gracia y liberación. A partir de este momento la lectura cristiana de la Escritura es una lectura en clave cristológica. La Escritura habla de Cristo. La Escritura es la Palabra de Dios y esa Palabra se ha hecho carne en Jesús, el Verbo de Dios. Todas las palabras de la Escritura nos hablan de la Palabra con mayúscula, que es Cristo. Tan sólo a la luz del misterio de Cristo, de su vida muerte y resurrección, la Escritura se desvela y deja de ser un mensaje sellado que necesita explicación. En Cristo la Escritura alcanza su cumplimiento, es decir, su realización. La Escritura nos habla del amor de Dios y eso se ha hecho realidad definitiva en la persona de Jesús. El lenguaje del amor es el único lenguaje que entienden todos. La acción de Jesús inaugura el gran Jubileo de gracia y de liberación de parte de Dios. Ese anuncio es Buena Noticia para todos los pobres y oprimidos que esperaban la intervención definitiva de Dios.

    La comunidad cristiana es una comunidad litúrgica, como lo era también Israel (Neh 8,2-10). En ella la comunidad confronta su vida con la Palabra de Dios y encuentra en ella la luz y la fuerza que necesita para hacer presente a Jesús en el mundo. Esa palabra ilumina sobre todo el misterio pascual, expresión de un amor que ama hasta el extremo. La Iglesia, como comunidad litúrgica, es toda ella carismática y ministerial. Su servicio al mundo consiste ante todo en hacer presente el amor misericordioso de Dios. La Iglesia se siente solidaria del destino de los hombres, sobre todo de los pobres. Cuando uno sufre, todos sufrimos con él (1 Cor 12,12-30).

    El Espíritu regala en abundancia sus dones para construir el cuerpo de Cristo. Un cuerpo que muchas veces contemplamos sufriente y doliente. Un cuerpo desgraciadamente desgarrado por la falta de unidad entre los cristianos. Durante toda esta semana hemos estado rezando por la unión de los seguidores de Cristo. Esa unidad no elimina, sino que, por el contrario, implica la  diversidad. La unidad es unidad en la diversidad; la diversidad está integrada en la unidad. Cada uno debe considerar que el otro es un don para sí y ser acogido también como don por el otro. En ese diálogo y reciprocidad de carismas se construye el cuerpo de Cristo. Esos dones se traducen en una serie de ministerios eclesiales de manera que el ministerio ordenado o sacerdotal no debe monopolizar la acción de la comunidad. En ella todos somos protagonistas, todos damos y recibimos, todos aprendemos y enseñamos. Sin duda existe un carisma particular de la jerarquía que hace que ella discierna y armonice los diversos carismas.

    En la celebración de la eucaristía, mediante la participación de cada uno, en comunión con toda la comunidad eclesial,  construimos el Cuerpo de Cristo. Él sigue vivo, presente en el mundo realizando la obra de liberación del hombre, a la que todos colaboramos con nuestras palabras y obras de misericordia.


  • Haced lo que Él os diga

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    19 de enero de 2025– 2 Domingo del Tiempo Ordinario

    La situación de crisis provocada por la pandemia y las guerras de Ucrania y Palestina, con sus consecuencias económicas y sociales, nos está interpelando y no podemos cruzarnos de brazos y seguir viviendo indiferentes en el dulce bienestar de la sociedad de consumo. La Iglesia sinodal quiere caminar con nuestro mundo y está a la escucha de los signos de los tiempos. La Virgen María, modelo de la Iglesia, al contemplar nuestro mundo, le seguirá diciendo a Jesús: no tienen vino, no tienen vacunas, no tienen casa, no tienen país donde refugiarse, son emigrantes, no tienen para pagar la electricidad, no tienen para llegar a final de mes (Jn 2,1-12).

    María presenta la necesidad a Jesús, que en un primer momento parece desentenderse del caso. En realidad quiere que María se sitúe en la verdadera perspectiva del Reino, cosa que sin duda ella hace. En efecto ella orienta la atención de los servidores hacia la persona de Jesús. Tendrán que estar atentos a lo que Él diga y luego hacerlo. Es todo un reto saber qué es lo que Jesús quiere hoy de nosotros ante la situación de nuestro mundo tan necesitado. Hay que saber leer los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está hablando e interpelando.

    El Beato Chaminade ha meditado detenidamente este evangelio y ha descubierto en él la misión de la Familia Marianista. Se trata de hacer lo que Él diga.  «Haced todo cuanto él os diga (Jn 2,5); es decir, Haced cua­lquier cosa que os mande, aunque parezca extraña a la ra­zón. Es como si María les dijera: Tened fe en El. Pues bien, tales son también las palabras que nos dirige la Virgen a nosotros que somos sus hijos: haced todo cuanto mi Hijo os diga. Pero ¿cómo nos hablará Jesucristo? Por la fe: escuchemos lo que nos dice la fe, recurramos a la fe y pongamos en práctica lo que ella nos enseña; así haremos lo que Jesús nos dice. El espíritu de la Familia Marianista es un espíritu de fe; hay que ir a Dios por la fe».

    Es la fe la que nos permite descubrir lo que el Espíritu está diciendo a la Iglesia a través de las provocaciones de los acontecimientos actuales. Detrás de las estadísticas de la pobreza en el mundo y en nuestro país,  están los rostros concretos de personas sufrientes y dolientes a través de las cuales Dios nos interpela: “Dónde está tu hermano?”. La tentación hoy día es la de contemplar las necesidades de nuestro mundo como un espectáculo televisivo, que nos impresiona y nos inquieta pero que nos deja cómodamente en nuestras butacas.

    Jesús aparentemente no hizo nada. Tan sólo dio órdenes a los servidores que las ejecutaron con exactitud. No había vino y Jesús les mandó llenar de agua las tinajas. No somos nosotros los que damos el vino del Reino. Nosotros sólo disponemos del agua de las abluciones rituales de la antigua alianza. Pero Jesús tiene esa capacidad de transformar lo viejo en nuevo. La fe y la obediencia a Cristo hace milagros. Jesús se manifiesta como el verdadero esposo que asume el protagonismo en la celebración mientras que el llamado esposo aparece como una figura desdibujada. Es Cristo verdaderamente el que inaugura el Reino. La presencia de María fue providencial para orientar la atención de los servidores hacia Jesús y que éste se pusiera a actuar.

    Este vino bueno que ofrece es el don del Espíritu anunciado para los tiempos mesiánicos, que Jesús inaugura. Ese Espíritu ha renovado  completamente aquella comunidad abandonada y estéril (Is 62,1-5). Ha hecho de la Iglesia una comunidad, toda ella carismática y ministerial. Esa comunidad se construye con la aportación de los diversos carismas y ministerios (1 Cor 12,4-11). Cuada uno tiene su puesto en la Iglesia según los dones que ha recibido. La celebración de la eucaristía hará que nuestra fe no se quede sólo en lo ritual sino que saldremos de ella dispuestos a hacer lo que Jesús nos haya dicho.


  • Este es mi Hijo amado

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    12 de enero de 2025 – El Bautismo de Jesús

    Hemos estado contemplando estos días de Navidad a Jesús Niño. De pronto la liturgia nos presenta su bautismo, pero no de niño sino de un adulto que se ha hecho cargo de su vida y ha ido tomando decisiones. Jesús decidió recibir el bautismo que administraba Juan el Bautista . En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió la voz de Dios que lo proclamaba su Hijo Amado.

    Esa conciencia de ser Hijo Amado del Padre es la que ha acompañado a Jesús a lo largo de toda su misión y de manera particular en el momento de su muerte (Is 42,1-7). En las manos del Padre encomendó su espíritu. En el bautismo de Jesús se muestra su unción por el Espíritu, que le capacita para realizar la misión que el Padre le ha encomendado (Lc 3, 15-16.21-22). Se trata de pasar haciendo el bien, liberando a los oprimidos por el diablo (Hechos 10,34-38).

    Jesús en su bautismo inaugura la irrupción del Reino de Dios y anticipa su Pascua, su éxodo, su ruptura con un mundo viejo y de pecado, para abrirse a la novedad del Reino. Hasta entonces Jesús había vivido tranquilamente junto a su madre en Nazaret. Pero el anuncio del Reino de Dios proclamado por Juan Bautista le hizo entrar en crisis y buscar una vida nueva. Dejó los valores tradicionales de la familia y la propiedad y se abrió a los valores del Reino que Él proclamará en las bienaventuranzas. Dejó una familia humana para crear en torno a Él una nueva familia de los que hacen la voluntad del Padre.

    Jesús indicó esa ruptura con su bautismo. Se hizo solidario con toda la masa de pecadores que se hacía bautizar para prepararse a la venida del Reino. Tomó sobre sí el pecado del mundo para  sepultarlo en su muerte y sepultura. El meterse en el agua hasta por encima de la cabeza representaba la muerte y sepultura. En cambio el salir del agua representa la resurrección. Por eso es al salir del agua cuando se produce esa revelación del Espíritu y del Padre, al rasgarse los cielos.  Es introducido así en el mundo nuevo del Reino en el que todos somos hijos en el Hijo.

    También el bautismo del cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento realizado en el bautismo es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Empezamos así a formar parte de la Iglesia, de la Familia de Dios. Somos hijos de Dios en Cristo Jesús, y herederos de la vida eterna. Esa vida está ya en germen en nuestra existencia y se manifiesta en la vivencia de los valores evangélicos que Jesús proclamó sobre todo en las bienaventuranzas.

    ¿Qué ha sido de nuestro bautismo? Quizás todavía no hemos sido  del todo conscientes de su significado. Nunca es tarde para enterarse y descubrir la maravilla de ser hijos de Dios. Porque somos hijos podemos participar en el banquete que el Padre prepara para su familia. Demos gracias a Dios porque nos ha adoptado como hijos en el Hijo Amado.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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