• La verdadera felicidad

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    16 de febrero de 2025 – 6 Domingo Ordinario

      Todos buscamos la felicidad, pero cada uno se la formula a su manera. La sociedad de consumo actual nos promete una felicidad fácil para los que tienen dinero para comprarla. Gracias a Dios también los pobres quieren ser felices y muchas veces se les ve más felices que a los ricos. Es verdad que la miseria crea también mucha infelicidad porque no permite realizar mínimamente la vocación de hombre y de creyente. Los pobres están entre nosotros y nuestra indiferencia los condena al olvido. Hay pobres porque hay ricos, porque los ricos acaparan los bienes que también pertenecen a los pobres.

      Las Bienaventuranzas,  como ha dicho el papa Francisco, son el carnet de identidad del cristiano (Lc 6,17,20-26). La vivencia de las Bienaventuranzas no son algo que tenemos que ocultar celosamente sino que al contrario debiera ser tan clara y manifiesta que atrajera a otros a querer vivirlas. No son sólo el carnet de identidad del cristiano sino también el carnet de identidad de Jesús  en quien nos inspiramos los cristianos. En las Bienaventuranzas Jesús nos ha dejado su autorretrato.

    Hay dos maneras de enfrentarse a la vida. El profeta Jeremías describe los dos caminos como las dos actitudes fundamentales ante la vida (Jr 17,5-8). Hay unos hombres que construyen su vida sobre sí mismo y sobre los recursos puramente humanos, descartando a Dios como inútil. Para lograr tener confianza en sí mismo y en la vida intentan amasar recursos materiales para así asegurar el futuro. Al final son vidas estériles e infelices. El segundo tipo de personas intenta poner la confianza en Dios y no en sí mismos. Esta confianza fundamental en Dios, autor de la vida, es el suelo nutricio que nos alimenta y hace que nuestra vida sea fecunda y produzca frutos.

    También Jesús ha formulado los dos tipos de personas en forma de bendiciones y maldiciones, de felicidad y de infelicidad. Lo llamativo es que Jesús propone un camino de felicidad que a todas luces parece ser lo contrario. En vez de una Buena Noticia, parece proclamar una Mala Noticia: la inversión de todos los verdaderos valores. Jesús llama felices a los que los demás consideran desgraciados y llama desdichados a los que todos creen afortunados.

    Esa nueva manera de ver la vida y las cosas viene de la irrupción del Reino de Dios en el mundo. Jesús experimenta ya este Reino como presente y cambiando radicalmente los valores. De pronto los valores que antes sostenían la vida de los hombres han quedado superados ante la nueva propuesta hecha por el mismo Dios. No todos perciben esa presencia del Reino y por eso nuestros contemporáneos, en vez de ser modernos, permanecen aferrados a valores que, para el creyente pertenecen al pasado: la riqueza, la saciedad, el divertirse, la buena fama. Estos valores actuales no aportan ninguna novedad, son más de lo mismo.

    Jesús mismo se propone como modelo de felicidad a seguir. En medio de la pobreza, de las persecuciones, del rechazo, experimenta la venida del Reino, que le llena totalmente de alegría, que le llena totalmente de Dios. Seguimos las bienaventuranzas como camino de felicidad porque es el camino que siguió Jesús y le condujo a la meta, a la resurrección, a la comunión con Dios.

    Es desde la perspectiva de la resurrección y de la presencia del Reino como el creyente juzga los valores de este mundo. La perspectiva de nuestra propia resurrección nos ayuda a poner cada cosa en su sitio, a no considerar absoluto aquello que es relativo, a no reducir nuestras esperanzas a esta vida sino a abrirnos a las dimensiones del Reino.

    Tiene razón Pablo: “Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados” (1 Cor 15.12.16-20). Sin la fe en la resurrección, los valores evangélicos de las bienaventuranzas carecen de fundamento. En la eucaristía celebramos y actualizamos la resurrección de Jesús y anticipamos nuestra propia resurrección. Es esta esperanza la que nos lleva a abrazar los valores evangélicos de las bienaventuranzas como fuerza transformadora de nuestro mundo.


  • Discípulos misioneros

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    9 de febrero de 2025 – 5 Domingo Ordinario

      Aunque la Iglesia ha sido siempre reunión de personas convocadas por Cristo para celebrar la salvación de Dios, muchas veces en el pasado estábamos reunidos en el mismo edificio, en el templo, pero no caminábamos juntos buscando lo que Dios quería de nosotros. Los pastores se lo sabían ya todo y los demás lo único que teníamos que hacer era ejecutar lo que mandado. En la práctica, cada uno tenía su relación con Dios a su manera, en la liturgia se usaba un lenguaje que el pueblo no entendía. Era pues difícil hacer una experiencia de Dios comunitaria.  Dios, sin embargo,  ha querido salvar a los hombres en comunidad y no como individuos aislados. Para llevar adelante esa misión se eligió un pueblo, con diversas instituciones al servicio de la salvación. También Jesús, desde el comienzo de su misión reúne en torno a sí un grupo, que hace presente ya la salvación y estará al servicio de la salvación a lo largo de los siglos.

    Jesús llama y convoca a formar una comunidad. Una comunidad de discípulos misioneros, que viven y caminan con él. Es Él el que tiene la iniciativa y llama como manifestación de su amor que nos elige para una misión. Ésta no tiene tanto que ver con un trabajo concreto sino con una manera de vivir nuestro encuentro con Dios. Dios camina con su pueblo que invita también a los demás pueblos a caminar juntos en la única historia de la humanidad. Isaías descubrió su vocación de profeta en una visión en la que Dios se le manifestó con toda su gloria ante la que quedó sobrecogido (Is 6,1-8). La irrupción del Dios santo en su vida le hizo consciente de su pecado. Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser su profeta purificando sus labios de manera que sean instrumentos adecuados para anunciar la Palabra de Dios. En su encuentro con Dios, Isaías descubre que éste tiene necesidad de hombres para poder realizar su misión. Inmediatamente se pone a disposición de Dios para lo que Él quiera.

    Pablo sintió su llamada y la misión que se le confiaba en una aparición del Señor Resucitado. La Buena Noticia de Jesús se concentra sobre todo en su resurrección. Jesús Resucitado es el fundamento de nuestra fe y de nuestra salvación. En la resurrección de Jesús descubrimos que Dios verdaderamente ha perdonado a la humanidad y ha realizado el acto definitivo de su amor (1 Cor 15,1-11). La Iglesia está formada por las personas que se han encontrado con el Resucitado y han descubierto en él la salvación y el sentido de su vida. Se sienten llamadas a hacer a Jesús presente en nuestro mundo hoy.

    Los discípulos que nos presenta el evangelio, a diferencia de Pablo, tuvieron la suerte de encontrarse con el Jesús histórico y escuchar su llamada. Ésta tiene lugar en la vida ordinaria, durante el trabajo de unos pescadores (Lc 5,1-11). No sería la primera vez que después de bregar toda una noche volvían con las barcas vacías. Esta vez, sin embargo, encuentran una persona que, sin saber de la pesca, les da la indicación segura. Hay que remar mar adentro, dejando nuestras zonas de confort. Haberse fiado de su palabra, haber tenido fe en Él, es lo que hizo posible el milagro. Confiada en la palabra del Señor, nuestra Iglesia hoy está convencida de que compartir es nuestra mayor riqueza, como nos lo recuerda el lema de Manos Unidas.

    También Pedro, como Isaías, experimenta su ser pecador ante la santidad de Jesús y tiene miedo. Pero ni Dios ni Jesús están para meter miedo a los pecadores sino para acercarse a ellos y para llamarlos a colaborar con Él en la misión de salvar a los hombres. “Ser pescador de hombres” es la misión que Jesús les va a confiar a aquellos pescadores. La pesca será la imagen del Reino, en cuanto reúne y convoca a las personas, no para pescarlas sino para invitarlas a formar parte de la comunidad de los salvados. De esa manera la vocación no los desarraiga en sus vidas. Seguirán siendo pescadores, pero ahora pescadores de hombres.

    Todos nosotros estamos llamados a colaborar con Jesús en la salvación del mundo, en hacer que las personas tengan vida en abundancia. Que la celebración de esta eucaristía nos haga descubrir nuestra llamada al servicio del Reino y que no tengamos miedo a dejar lo que haya que dejar con tal de estar en compañía del Señor.


  • Mis ojos han visto a tu Salvador

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    2 de febrero 2025- La presentación de Jesús en el templo

    La fe no es patrimonio de los intelectuales sino que pertenece al pueblo fiel que, por instinto, sin necesidad de muchos estudios, percibe y vive la experiencia cristiana auténtica. Esta es, ante todo, un encuentro con Jesús. No somos nosotros lo que tenemos la iniciativa, es Jesús el que viene a nuestro encuentro como fue al encuentro de su pueblo fiel ( (Lc 2,22-40). El encuentro tiene lugar en el templo, pero no se mencionan los sacerdotes. Son dos ancianos, un hombre y una mujer, dotados de espíritu profético, los que reconocen en Jesús al Salvador.

    Las dos profecías de Simeón interpretan el acontecimiento de Cristo Jesús. La misión de Jesús desborda los límites de su pueblo e ilumina a todas las naciones. En Él se realizan todas las promesas de Dios. Pero su misión estará llena de contradicciones y sufrimientos que traspasarán también el corazón de su Madre. En Jesús se realiza la profecía del mensajero de Dios que viene a preparar su venida. Jesús es el enviado de Dios, el profeta definitivo, el mensajeo de la alianza con Dios (Ml 3,1-4). En Cristo Dios se ha dado totalmente al hombre y éste ha dado la respuesta de amor que Dios esperaba de él.

    La misión del mensajero es presentada como una purificación de los ministros del culto en el que el hombre se une a Dios. Jesús será el sumo y eterno sacerdote que presentará al Padre la ofrenda de su vida, que Dios aceptará complacido, perdonando a los hombres. María, presentando a Jesús en el templo, reconoce que Dios es el origen de toda vida, pero sobre todo de la vida de Jesús, que ella había concebido por obra del Espíritu de Dios. En esa ofrenda, María presenta a toda la humanidad, con la que Jesús se ha hecho solidario, como hermano nuestro (Hb 2,14-18). Liberados del miedo de la muerte, podemos responder libremente al amor de Dios en Cristo Jesús.

    La importancia de ese momento, que cambiaba la forma del culto a Dios, al que no se le ofrecerán ya más palomas sino el único sacrificio de Cristo, fue percibida claramente por Simeón. Durante su larga vida había esperado la realización de las promesas de salvación y ahora las ve cumplidas . En Jesús Dios ha dado su “sí” amoroso incondicional a la humanidad y Simeón se siente en los brazos de Dios precisamente cuando toma al niño en sus brazos.

    También Ana, otra anciana, experimenta en sí la liberación y se la anuncia a todos los que la esperaban. Pero esa liberación y salvación no es una realidad idílica. Simeón intuye con claridad el destino de ese niño que es el Salvador de todos los pueblos. Su vida y su muerte van a ser signos de contradicción. Ante Él nadie puede quedarse indiferente sino que habrá que tomar una decisión. En ella nos va la vida o la ruina. Acojamos también nosotros a Jesús en nuestros brazos y pongamos nuestras vidas en sus manos al celebrar ahora la eucaristía.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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