• El pan de los hijos

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    20 de agosto de 2017 – 20 Domingo Ordinario

     

    Todavía hace cincuenta años el cristianismo era considerado como una religión occidental. La situación ha cambiado totalmente. Hoy día la mayoría de los cristianos viven en África y América Latina,  mientras que en occidente estamos en momentos bajos. Sin duda la Iglesia jerárquica sigue siendo mayoritariamente occidental y por el momento puede ser una garantía para la fe. La Iglesia no se rige por las normas de la representación democrática, pero está siendo cada vez más sensible a su presencia universal. La Iglesia es la institución más globalizada y con más experiencia de lo que sería una auténtica globalización de la compasión y no simplemente de la miseria.

    Hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos ( Mt 15,21-28). Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.

    La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. Los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros podían entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).

    El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que  hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.

    La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.

     


  • Dichosa Tú que has creído

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    15 de agosto de 2017 – Asunción de la Virgen María

     

    El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y no deja de ser sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.

    Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

    La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

    La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

    María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

    En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

     


  • los vientos eran contrarios

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    13 de agosto de 2017 – 19 Domingo Ordinario

     

    Son muchos los que creen que la Iglesia está viviendo un momento difícil porque los vientos ya no son favorables como hace cincuenta años. Esos vientos no soplan de fuera sino que se producen los remolinos en el interior de la Iglesia a causa de las dificultades que el papa Francisco está experimentando en su deseo de abrir nuevos horizontes. Son muchos los que siguen soñando con una Iglesia-transatlántico y no con la frágil barca de Pedro. Soñamos con una travesía de recreo y no con tener que remar contracorriente y azotados por la tempestad. Soñamos con una gracia barata y multitudinaria.

    En medio de las dificultades que experimentamos, en las que estamos tentados de confundir al mismo Jesús con un fantasma, lo que nos falta es fe (Mat 14, 22-33). Es esa falta de fe la que nos impide lanzarnos al agua o caminar sobre las olas. Las Jornadas Mundiales de la Juventud con su lema, “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Col 2,7), son una buena oportunidad para toda la Iglesia para renovar su adhesión a Cristo.

    La fe bíblica no es una serie de verdades sino una confianza absoluta en Dios que es el fundamento firme de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que vacilan los cimientos de nuestras vidas y que estamos hundiéndonos porque no nos fiamos totalmente de Dios. Seguimos buscando apoyos humanos y queremos un Dios a nuestra medida. Cuando nos olvidamos de Dios o Jesús no ocupa el centro de nuestras vidas, enseguida se desencadenan las tormentas y los miedos.

    Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes 19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave. Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se presenta como hacía Dios, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.

    Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo, como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los acontecimientos. El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado, los elementos del mal. Éstos, sin embargo, han sido ya derrotados por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía que aumente nuestra fe para vivir arraigados en Él.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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