• Dios envió a su Hijo, nacido de mujer

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    1 de enero de 2018 – Santa María Madre de Dios

     

    Comenzamos este nuevo año con las mismas preocupaciones con las que hemos vivido y terminado ayer noche el anterior. Ante todo nos preocupa la convivencia pacífica de todos los españoles respetando la diversidad y buscando construir una sociedad más justa y solidaria. El Papa no  se cansa de animar a los creyentes a que nos comprometamos a fondo con dos realidades que interpelan nuestras conciencias. Por eso este año el lema de la Jornada Mundial de la Paz es “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la Paz”. Se trata de dos grupos que más sufren por la ausencia de paz.

    El papa nos dirá: “Con espíritu de misericordia abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o que se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental”.  Son sin duda alguna los conflictos armados y otras formas de violencia organizada los que siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales. Pero también muchos se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación. En efecto, quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz. El papa invita a contemplar las migraciones con una mirada llena de confianza, como una oportunidad para construir un futuro de paz. Todos, en efecto, formamos parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal.

    El papa nos recuerda que “para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar”. La familia es la primera es la primera realidad en la que se practican esos cuatro verbos. En la familia se expresa la preocupación por el más débil, en este caso por el niño. Jesús durante su infancia y su adolescencia fue acompañado por María y José. Ellos fueron los que le dieron un nombre, el que el ángel había señalado (Lc 2,16-21). El nombre expresa la realidad única e irrepetible de cada persona. Pero en este caso el nombre de Jesús expresa su misión. Jesús es el Salvador de la humanidad, es el Dios-que salva. Cada uno es persona dentro de una comunidad humana más amplia que la familia. Con la circuncisión se expresaba la pertenencia al pueblo de Dios. Jesús fue un judío, nacido en una piadosa familia judía. Es así como es el Salvador de todos los hombres.

    Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.

    María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. Que la celebración de la eucaristía haga de  nosotros educadores de justicia y  de paz. Feliz Año.

     


  • Por encima de todo el amor

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    31 de diciembre 2017 – La Sagrada Familia

     

    La familia cristiana ha recibido la maravillosa carta postsinodal “La alegría del amor” en la que el papa Francisco ha marcado la nueva hoja de ruta de la pastoral familiar. Sin duda la Iglesia sigue manteniendo la doctrina evangélica del matrimonio cristiano de un hombre y una mujer que se comprometen a vivir en amor fiel toda su vida. Es ese ideal al que no debemos renunciar. Pero, ante las nuevas situaciones que van apareciendo, la Iglesia tiene que acercarse a ellas para acoger, acompañar, discernir, aconsejar y ayudar. Y todo con misericordia. Sin duda la esencia de la familia es el amor incondicional.

    Ese amor no es monopolio de los cristianos sino que todas las personas están abiertas al amor y cada tipo de familia trata de vivir ese amor en la medida en que las circunstancias y condicionamientos se lo permiten. En el centro de la pastoral familiar están las personas concretas a las que hay que respetar y no querer imponerles ningún tipo de ideología.

    La palabra de Dios lógicamente habla de un tipo de familia, la judía (Eclo 3,2-6.13-14) o la cristiana en el imperio romano (Col 3,12-21). En esas familias se subrayaba ante todo los deberes de sus miembros. Incluso en la Sagrada Familia se dan por supuesto esos deberes. Hoy día no nos gusta demasiado esa manera de hablar y, sin embargo, ahí se muestra una realidad fundamental de la persona humana. Somos responsables de los demás. José y María reconocen también los deberes que tenemos para con Dios, que es el fundamento de nuestra existencia personal y colectiva.

    Jesús quiso nacer en el seno de una familia, que era y sigue siendo en buena medida el fundamento de la sociedad. Es en la familia donde nos hemos sentido amados incondicionalmente, por el simple hecho de ser miembro de ella: padre, madre, hijo, hermano, esposa. El amor infinito de Dios tiene esa capacidad de manifestarse a través del amor de personas limitadas. Es ese amor el que nos ha permitido crecer y nos ha dado la convicción de que la vida merece la pena.

    La familia es la Iglesia doméstica. Con la Sagrada Familia, tenemos los inicios de la Iglesia, que tiene por modelo a María. Ella es la que respondió con su fe en el momento decisivo de la historia del Pueblo de Dios. En el fondo, toda familia existe sobre el acto de fe de dos esposos que se prometen fidelidad y amor mutuo. Cada uno cree en el otro, que el otro es el camino por el que Dios viene a su encuentro. En la persona del hijo, los esposos encuentran ese amor de Dios hecho carne. A la familia se le ha confiado el acoger y promover la vida. Dios ha querido asociar a los esposos a su acción creadora. Cada nacimiento es una prolongación del misterio de la Navidad. Es fruto del amor de dos personas que se han fiado la una de la otra, y ambas de Dios. Es Dios el único que puede garantizar la perpetuidad de su fidelidad y de su amor.

    María y José, presentando a Jesús en el templo, reconocen que es un don de Dios, que ha sido confiado a sus cuidados. Ambos escuchan atentamente de boca de dos ancianos las profecías que iluminan el sentido de la vida de ese niño (Luc 2,22-40). En medio de la alegría navideña aparecen ya las primeras sombras. Ese niño será bandera discutida y ellos no podrán hacer nada para evitarle el final trágico. Que la celebración de la eucaristía afiance el amor en el interior de nuestras familias y nos lleve a descubrir que toda la humanidad forma la familia de los hijos de Dios.


  • La Palabra se hizo carne

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    25 de diciembre 2017- Natividad del Señor (Día)

     

    La Navidad cristiana recibe su sentido de la Resurrección de Jesús. Sin esta luz pascual, las Navidades se convierten en sentimentalismo y consumismo. Los cristianos no recordamos simplemente un hecho del pasado sino que Jesús se nos hace presente en el hoy de nuestra historia de salvación. ¿De qué sirve que Jesús haya nacido en Belén si no nace en mí? (Orígenes). Para el Beato Chaminade, la encarnación del Verbo es un misterio que acontece en cada uno de los creyentes. Jesús nace en nosotros por obra del Espíritu Santo, de María Virgen. Es María la que continúa a dar al mundo a Jesús.

    En la misa de medianoche contemplábamos el nacimiento de Jesús en la cotidianidad de la historia humana, sin nada extraordinario que pudiera dar una pista a José y María. Ellos tuvieron que escuchar a los pastores para comprender el misterio del que es el Señor y el Salvador. Nosotros, gracias a la luz de la Pascua del Señor Resucitado, podemos adentrarnos en el misterio. Nuestro Dios no es un Dios solitario y sombrío sumergido en su silencio. Es un Dios que habla con el hombre a través de sus enviados los profetas (Hb 1,1-6). Son ellos los que fueron revelando la intimidad de Dio y su proyecto de salvación para el hombre en diversas circunstancias de la historia. Ese diálogo se ha ido intensificando progresivamente y ha llegado a su cima en esta etapa final de la historia en la que estamos viviendo.

    Ese salto cualitativo en la historia se debe a que el diálogo de Dios con el hombre no tiene lugar a través de otros hombres, los profetas, sino que interviene directamente el Hijo de Dios, es decir Dios mismo. Como Hijo, es el heredero de todo, al que Dios ha dado todo. El Padre da todo al Hijo y el Hijo lo devuelve todo al Padre. El Hijo ha estado interviniendo constantemente en la historia a través de todos sus períodos. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo. Dios ha estado constantemente presente en la historia a través del Verbo, de su Palabra creadora que ilumina la vida de los hombres. Al hacerse el Verbo carne, la historia humana ha alcanzado su meta definitiva (Jn 1,1-18).

    Jesús es la Palabra definitiva del Padre, que no tiene ya nada más que comunicarnos (San Juan de la Cruz). Todo nos lo ha dicho y nos lo ha dado y se nos ha dado en Cristo Jesús. Es a Jesús al que ahora los hombres tenemos que escuchar pues no hay más Dios que el de Jesucristo. El Hijo es Dios. Los títulos que recibe, tomados del lenguaje bíblico y de la cultura griega, expresan esa igualdad. Es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Tenemos aquí las primeras aproximaciones conceptuales a la divinidad de Jesús, orientado hacia Dios. Como Dios, tiene una función en la creación y en la conservación del mundo, que fue creado por la palabra de Dios.

    Pero lo llamativo de la encarnación es que Jesús, al hacerse hombre, se ha unido en cierto sentido a cada uno de nosotros. O, como lo expresaban los Padres de la Iglesia: Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios. Ser como Dios es el deseo inconsciente que existe en el corazón del hombre, ya desde Adán y Eva. Queremos llegar a ser como Dios porque Dios ha querido compartir con nosotros su divinidad. En Jesús somos hijos en el Hijo. Esa es la gran transformación que ha experimentado la historia humana. No es la historia de unos esclavos sino la historia de los hijos de Dios. La historia del hombre es en realidad la historia de Dios a través de nuestras pequeñas historias. “Reconoce, Cristiano, tu dignidad”, repetirá el papa San León Magno. La dignidad del hombre es infinita. Demos gracias a Dios en esta Eucaristía porque nos ha hecho hijos suyos. Feliz Navidad.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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