• Discípulos misioneros

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    9 de febrero de 2025 – 5 Domingo Ordinario

      Aunque la Iglesia ha sido siempre reunión de personas convocadas por Cristo para celebrar la salvación de Dios, muchas veces en el pasado estábamos reunidos en el mismo edificio, en el templo, pero no caminábamos juntos buscando lo que Dios quería de nosotros. Los pastores se lo sabían ya todo y los demás lo único que teníamos que hacer era ejecutar lo que mandado. En la práctica, cada uno tenía su relación con Dios a su manera, en la liturgia se usaba un lenguaje que el pueblo no entendía. Era pues difícil hacer una experiencia de Dios comunitaria.  Dios, sin embargo,  ha querido salvar a los hombres en comunidad y no como individuos aislados. Para llevar adelante esa misión se eligió un pueblo, con diversas instituciones al servicio de la salvación. También Jesús, desde el comienzo de su misión reúne en torno a sí un grupo, que hace presente ya la salvación y estará al servicio de la salvación a lo largo de los siglos.

    Jesús llama y convoca a formar una comunidad. Una comunidad de discípulos misioneros, que viven y caminan con él. Es Él el que tiene la iniciativa y llama como manifestación de su amor que nos elige para una misión. Ésta no tiene tanto que ver con un trabajo concreto sino con una manera de vivir nuestro encuentro con Dios. Dios camina con su pueblo que invita también a los demás pueblos a caminar juntos en la única historia de la humanidad. Isaías descubrió su vocación de profeta en una visión en la que Dios se le manifestó con toda su gloria ante la que quedó sobrecogido (Is 6,1-8). La irrupción del Dios santo en su vida le hizo consciente de su pecado. Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser su profeta purificando sus labios de manera que sean instrumentos adecuados para anunciar la Palabra de Dios. En su encuentro con Dios, Isaías descubre que éste tiene necesidad de hombres para poder realizar su misión. Inmediatamente se pone a disposición de Dios para lo que Él quiera.

    Pablo sintió su llamada y la misión que se le confiaba en una aparición del Señor Resucitado. La Buena Noticia de Jesús se concentra sobre todo en su resurrección. Jesús Resucitado es el fundamento de nuestra fe y de nuestra salvación. En la resurrección de Jesús descubrimos que Dios verdaderamente ha perdonado a la humanidad y ha realizado el acto definitivo de su amor (1 Cor 15,1-11). La Iglesia está formada por las personas que se han encontrado con el Resucitado y han descubierto en él la salvación y el sentido de su vida. Se sienten llamadas a hacer a Jesús presente en nuestro mundo hoy.

    Los discípulos que nos presenta el evangelio, a diferencia de Pablo, tuvieron la suerte de encontrarse con el Jesús histórico y escuchar su llamada. Ésta tiene lugar en la vida ordinaria, durante el trabajo de unos pescadores (Lc 5,1-11). No sería la primera vez que después de bregar toda una noche volvían con las barcas vacías. Esta vez, sin embargo, encuentran una persona que, sin saber de la pesca, les da la indicación segura. Hay que remar mar adentro, dejando nuestras zonas de confort. Haberse fiado de su palabra, haber tenido fe en Él, es lo que hizo posible el milagro. Confiada en la palabra del Señor, nuestra Iglesia hoy está convencida de que compartir es nuestra mayor riqueza, como nos lo recuerda el lema de Manos Unidas.

    También Pedro, como Isaías, experimenta su ser pecador ante la santidad de Jesús y tiene miedo. Pero ni Dios ni Jesús están para meter miedo a los pecadores sino para acercarse a ellos y para llamarlos a colaborar con Él en la misión de salvar a los hombres. “Ser pescador de hombres” es la misión que Jesús les va a confiar a aquellos pescadores. La pesca será la imagen del Reino, en cuanto reúne y convoca a las personas, no para pescarlas sino para invitarlas a formar parte de la comunidad de los salvados. De esa manera la vocación no los desarraiga en sus vidas. Seguirán siendo pescadores, pero ahora pescadores de hombres.

    Todos nosotros estamos llamados a colaborar con Jesús en la salvación del mundo, en hacer que las personas tengan vida en abundancia. Que la celebración de esta eucaristía nos haga descubrir nuestra llamada al servicio del Reino y que no tengamos miedo a dejar lo que haya que dejar con tal de estar en compañía del Señor.


  • Mis ojos han visto a tu Salvador

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    2 de febrero 2025- La presentación de Jesús en el templo

    La fe no es patrimonio de los intelectuales sino que pertenece al pueblo fiel que, por instinto, sin necesidad de muchos estudios, percibe y vive la experiencia cristiana auténtica. Esta es, ante todo, un encuentro con Jesús. No somos nosotros lo que tenemos la iniciativa, es Jesús el que viene a nuestro encuentro como fue al encuentro de su pueblo fiel ( (Lc 2,22-40). El encuentro tiene lugar en el templo, pero no se mencionan los sacerdotes. Son dos ancianos, un hombre y una mujer, dotados de espíritu profético, los que reconocen en Jesús al Salvador.

    Las dos profecías de Simeón interpretan el acontecimiento de Cristo Jesús. La misión de Jesús desborda los límites de su pueblo e ilumina a todas las naciones. En Él se realizan todas las promesas de Dios. Pero su misión estará llena de contradicciones y sufrimientos que traspasarán también el corazón de su Madre. En Jesús se realiza la profecía del mensajero de Dios que viene a preparar su venida. Jesús es el enviado de Dios, el profeta definitivo, el mensajeo de la alianza con Dios (Ml 3,1-4). En Cristo Dios se ha dado totalmente al hombre y éste ha dado la respuesta de amor que Dios esperaba de él.

    La misión del mensajero es presentada como una purificación de los ministros del culto en el que el hombre se une a Dios. Jesús será el sumo y eterno sacerdote que presentará al Padre la ofrenda de su vida, que Dios aceptará complacido, perdonando a los hombres. María, presentando a Jesús en el templo, reconoce que Dios es el origen de toda vida, pero sobre todo de la vida de Jesús, que ella había concebido por obra del Espíritu de Dios. En esa ofrenda, María presenta a toda la humanidad, con la que Jesús se ha hecho solidario, como hermano nuestro (Hb 2,14-18). Liberados del miedo de la muerte, podemos responder libremente al amor de Dios en Cristo Jesús.

    La importancia de ese momento, que cambiaba la forma del culto a Dios, al que no se le ofrecerán ya más palomas sino el único sacrificio de Cristo, fue percibida claramente por Simeón. Durante su larga vida había esperado la realización de las promesas de salvación y ahora las ve cumplidas . En Jesús Dios ha dado su “sí” amoroso incondicional a la humanidad y Simeón se siente en los brazos de Dios precisamente cuando toma al niño en sus brazos.

    También Ana, otra anciana, experimenta en sí la liberación y se la anuncia a todos los que la esperaban. Pero esa liberación y salvación no es una realidad idílica. Simeón intuye con claridad el destino de ese niño que es el Salvador de todos los pueblos. Su vida y su muerte van a ser signos de contradicción. Ante Él nadie puede quedarse indiferente sino que habrá que tomar una decisión. En ella nos va la vida o la ruina. Acojamos también nosotros a Jesús en nuestros brazos y pongamos nuestras vidas en sus manos al celebrar ahora la eucaristía.


  • El jubileo anunciado por Jesús

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    26 de enero 2025 – 3 Domingo Ordinario

    Los políticos al comienzo de su mandato suelen hacer un discurso programático que guiará sus actuaciones de gobierno. También Jesús hizo así,  al comienzo de su vida pública, en la sinagoga de su pueblo entre sus paisanos (Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Son las palabras en las que se inspiran los jubileos, también el Jubileo de la esperanza proclamado por el papa Francisco. Las propuestas de Jesús recogían los anhelos del pueblo alimentados por el conocimiento de los profetas que anunciaban la intervención liberadora de Dios. Lo curioso es que Jesús termina diciendo abiertamente que aquellas promesas que ha recordado se acaban de cumplir para aquellos que las habían escuchado. Los oyentes debieron de quedar sorprendidos pues aparentemente nada había cambiado con aquel discurso. Jesús confía en que la palabra de Dios que acaba de evocar tiene la fuerza de cambiar la realidad. Nos anuncia, por tanto, que estamos en el tiempo final que es el de la realización de las promesas. Tenemos, pues,  la clave de interpretación de la historia de la salvación que nos transmite la Escritura.

    Pero lo más llamativo de la interpretación de Jesús es el vincular la Escritura a su propia persona. Él es la realización de la Escritura y no sólo de este pasaje mesiánico, que habla de la misión del futuro Mesías, una misión de gracia y liberación. A partir de este momento la lectura cristiana de la Escritura es una lectura en clave cristológica. La Escritura habla de Cristo. La Escritura es la Palabra de Dios y esa Palabra se ha hecho carne en Jesús, el Verbo de Dios. Todas las palabras de la Escritura nos hablan de la Palabra con mayúscula, que es Cristo. Tan sólo a la luz del misterio de Cristo, de su vida muerte y resurrección, la Escritura se desvela y deja de ser un mensaje sellado que necesita explicación. En Cristo la Escritura alcanza su cumplimiento, es decir, su realización. La Escritura nos habla del amor de Dios y eso se ha hecho realidad definitiva en la persona de Jesús. El lenguaje del amor es el único lenguaje que entienden todos. La acción de Jesús inaugura el gran Jubileo de gracia y de liberación de parte de Dios. Ese anuncio es Buena Noticia para todos los pobres y oprimidos que esperaban la intervención definitiva de Dios.

    La comunidad cristiana es una comunidad litúrgica, como lo era también Israel (Neh 8,2-10). En ella la comunidad confronta su vida con la Palabra de Dios y encuentra en ella la luz y la fuerza que necesita para hacer presente a Jesús en el mundo. Esa palabra ilumina sobre todo el misterio pascual, expresión de un amor que ama hasta el extremo. La Iglesia, como comunidad litúrgica, es toda ella carismática y ministerial. Su servicio al mundo consiste ante todo en hacer presente el amor misericordioso de Dios. La Iglesia se siente solidaria del destino de los hombres, sobre todo de los pobres. Cuando uno sufre, todos sufrimos con él (1 Cor 12,12-30).

    El Espíritu regala en abundancia sus dones para construir el cuerpo de Cristo. Un cuerpo que muchas veces contemplamos sufriente y doliente. Un cuerpo desgraciadamente desgarrado por la falta de unidad entre los cristianos. Durante toda esta semana hemos estado rezando por la unión de los seguidores de Cristo. Esa unidad no elimina, sino que, por el contrario, implica la  diversidad. La unidad es unidad en la diversidad; la diversidad está integrada en la unidad. Cada uno debe considerar que el otro es un don para sí y ser acogido también como don por el otro. En ese diálogo y reciprocidad de carismas se construye el cuerpo de Cristo. Esos dones se traducen en una serie de ministerios eclesiales de manera que el ministerio ordenado o sacerdotal no debe monopolizar la acción de la comunidad. En ella todos somos protagonistas, todos damos y recibimos, todos aprendemos y enseñamos. Sin duda existe un carisma particular de la jerarquía que hace que ella discierna y armonice los diversos carismas.

    En la celebración de la eucaristía, mediante la participación de cada uno, en comunión con toda la comunidad eclesial,  construimos el Cuerpo de Cristo. Él sigue vivo, presente en el mundo realizando la obra de liberación del hombre, a la que todos colaboramos con nuestras palabras y obras de misericordia.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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