• El Dios de la vida

    Categoría:

    10 de noviembre de 2019 – 32 Domingo Ordinario

    Hemos celebrado la semana pasada el Día de los Difuntos. ¿Hay algo después de la muerte? Es una pregunta inevitable aunque las respuestas sean muy diversas. Son sin duda las religiones las que han intentado dar una respuesta a esta pregunta que supera nuestra experiencia. Sin duda todos nosotros queremos que nuestra fe en la otra vida no sea pura fe sino tenga más o menos una base experimental. Estamos convencidos que si existe otra vida debe tener un impacto ya sobre ésta y no estar en total discontinuidad con lo que ahora vivimos. Si creemos en la vida eterna, tenemos que creer también en la vida sin más.

    En el pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los judíos piadosos, los fariseos. Curiosamente no la aceptaron los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación.

    Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién será la mujer? Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demostrará que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Luc 20, 27-38).

    Según Jesús, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.

    Pero lo más importante es que Jesús ha encontrado una prueba de la resurrección en los libros de la Ley de Moisés, que eran los únicos admitidos como canónicos por los sacerdotes. Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. Jesús ha aducido una verdad de experiencia. Nuestra relación con Dios nos pone en relación con la vida verdadera. Así ha sido como lo experimentado los grandes creyentes. Nuestros seres queridos no se pierden en la nada sino que viven para Dios. Amar a una persona, decía Gabriel Marcel, es poder decirle: para mí, tú no morirás nunca. Es lo que sin duda nos dice a cada uno de nosotros Dios nuestro Padre.

    También para nosotros, nuestros seres queridos no debieran desaparecer de nuestra experiencia vital  y de hecho muchas veces los sentimos presentes, pero otras tenemos dificultad para percibir las presencias espirituales de las personas ya difuntas. Ellas, sin embargo, ya no están sometidas a las limitaciones del tiempo y del espacio. Poseen en cierto sentido la capacidad de hacerse presentes que tiene el Señor Resucitado. La fuerza de la resurrección está ya actuando también en nuestras vidas mortales, preparándolas para poder entrar en la vida de Dios.

    Dios es el Dios de la vida. La gloria de Dios es el hombre viviente. Quizás el problema del cristianismo actual es, como ya denunciaba Nietzsche, que los cristianos parecemos poco resucitados. No nos hemos tomado en serio las energías que la resurrección de Jesús ha puesto en acción en el mundo. No sólo han transformado la historia personal y social, sino el mismo universo. Han sido creados unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia. Misión nuestra es colaborar con el Señor en la transformación de la historia y del mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar un horizonte de esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.


  • Buscar a Jesús

    Categoría:

    3 de noviembre de 2019 – 31 Domingo Ordinario

    Los fieles de los países tradicionalmente cristianos vivimos momentos de zozobra al ver cómo nuestras iglesias se van quedando vacías. Sabemos que los que se han ido no van a volver. Unas veces les echamos las culpas a ellos y otras nos las echamos a nosotros mismos y nos preguntamos qué hemos hecho mal o qué no hemos hecho. Por más que cambiamos nuestros métodos pastorales no vemos resultado.

    La invitación a cambiarlo todo nos ha venido de nuevo del Papa Francisco. La inercia y la rutina, sin embargo, siguen imperando en nuestra manera de actuar. Alguien ha propuesto que, en vez de preocuparnos por nuestras iglesias vacías, salgamos de nuestras iglesias y vayamos al encuentro de los que se han ido y veamos cómo viven. A lo mejor descubrimos que no se lo pasan tan mal y que quizás también nosotros podríamos aprender de ellos cómo ir descubriendo a Dios en las realidades cotidianas.

    Por supuesto que no es una invitación a cerrar nuestras iglesias sino a descubrir que la acción de Dios en el corazón del hombre desborda los límites de nuestros templos, como abatía las barreras que trazaba el judaísmo del tiempo de Jesús. Zaqueo como cobrador de tributos al servicio de un imperio pagano era mal visto por la comunidad cumplidora (Lc 19,1-10). Sin duda era una persona que se había enriquecido explotando a los judíos, pero se sentía solo y despreciado, tan  pequeño que no alcanzaba a ver a Jesús entre la muchedumbre.

    Trataba de ver a Jesús porque sin duda habría oído hablar de él. Era alguien liberado de los prejuicios reinantes, con el que se podía hablar y confrontar su vida. Zaqueo se quedó de una pieza cuando, subido en el árbol, fue interpelado por su nombre. También Jesús estaba interesado en encontrarse largamente con Zaqueo. Las críticas de la gente bien pensante no se hicieron esperar y Zaqueo tuvo que sentirse abochornado pues él era el causante de esas críticas.

    Por primera vez, ante alguien que le había aceptado tal como era. Jesús había sabido poner en práctica una pedagogía verdaderamente divina, que imitaba el comportamiento del mismo Dios (Sabid 11,22-12,2). Dios corrige poco a poco, con amor y sin casi hacerles daño,  a los que caen. Les recuerda su pecado y los reprende, para que no se les embote la conciencia sino que se conviertan y crean en Él. Zaqueo se aprovechó de las críticas, que tantas veces le habrían dirigido, para convertir su vida. Su nueva vida se expresa en el gesto de dar la mitad de sus bienes a los pobres y reparar las injusticias cometidas de una manera mucho más generosa que lo que pedía la ley.

    Jesús no pudo menos que admirarse de las maravillas que había producido su simple presencia en aquella casa, que había recibido la salvación. Zaqueo era un miembro del Pueblo de Dios, al que las circunstancias de la vida lo habían llevado a embarcarse por el camino de la injusticia. A pesar de todo él continúa siendo un hijo de Abrahán. El pecador, a pesar de su pecado, continúa siendo objeto de la misericordia de Dios, con más motivo que el justo, porque la necesita más. El pecador es una persona en vías de perdición y el Hijo del hombre ha venido a salvar precisamente a los que están en el camino de la perdición. En vez de rasgarse las vestiduras escandalizados, habría que alegrarse de que alguien salve finalmente su vida.

    El drama de las personas que se consideran justas y critican a los pecadores y a los que se acercan a ellos consiste en creer que Dios está interesado sólo en la salvación de aquéllos que se la merecen por sus obras buenas. Olvidan que la salvación es un don, que sin duda hay que acoger en una vida digna de la gracia recibida.  Que la celebración de la eucaristía en la que Jesús nos invita a su banquete pascual nos lleve a cambiar nuestras vidas y a producir verdaderos frutos de conversión.


  • Los santos de la puerta de al lado

    Categoría:

    1 de noviembre de 2019 – Todos los Santos

    Estos últimos años hemos ido tomando cada vez más conciencia de que la Iglesia está formada por pecadores. Pero no debemos olvidar que también pertenecen a ella los santos. No sólo los que están ya en la casa del Padre sino también, como dice el Papa Francisco, los santos de la puerta de al lado. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista, quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudo: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo