• Diálogo con todos

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    29 de septiembre de 2024 – 26 Domingo Ordinario

    El papa Francisco, desde el primer momento, quiso recuperar el clima de diálogo que reinó en el Vaticano II. Diálogo dentro de la Iglesia y diálogo con el mundo. El Papa ha pedido que todos opinen con libertad y está estableciendo los cauces para caminar hacia una Iglesia sinodal en la que somos compañeros de camino con el mundo, pues todos estamos en la misma nave. Ese clima ha favorecido la aparición de nuevos fanáticos defensores de la verdad de siempre que creen amenazada por el Papa actual. No se dan cuenta de que no hay ningún cambio doctrinal sino tan solo una forma nueva de  pastoral al abordar las situaciones cambiantes de los tiempos y lugares.

    También entre los servidores de Moisés o los seguidores de Jesús existían esos fanáticos, de los cuales se distanciaron tanto Moisés como Jesús. Tan sólo el convencimiento de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere y como quiere puede llevarnos a presentarnos desarmados ante los demás.

    Es lo que hizo Moisés cuando reconoció la acción del Espíritu en aquellos dos ancianos que estaban en la lista, pero no habían ido a la tienda del encuentro sino que se habían quedado en el campamento (Nm 11,25-29). Para ello necesitamos tener ese espíritu profético, que nos ayuda a discernir la acción de Dios en nuestro mundo a través de la lectura de los signos de los tiempos. El deseo de Moisés de que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor se hizo realidad en Pentecostés. La comunidad eclesial es toda ella carismática y ministerial. Todos somos protagonistas en la construcción de la Iglesia al servicio del mundo.

    Los diversos fanatismos existentes en nuestro mundo se basan en la teoría de la exclusión: el que no está con nosotros está contra nosotros; los que no son como nosotros son enemigos nuestros. Jesús, en cambio, formula el principio de inclusión: el que no está contra nosotros está a favor nuestro (Marc 9,37-47). Más que mirar a qué grupo pertenecen las personas, debemos ver cuál es su conducta, si su conducta es liberadora porque hace el bien, o si por el contrario están causando sufrimiento a los demás.

    Como ninguna religión tiene el monopolio de la verdad y sus miembros son pecadores, todos podemos dar y recibir de los demás. Eso supone que debemos dejarnos interrogar por los demás. No sólo por las religiones sino también por la razón. Las religiones no pueden atrincherarse en sus fórmulas reveladas y llevarlas al extremo del irracionalismo destructor. La historia europea muestra cuánto hubiera podido aprender la Iglesia del pensamiento moderno y cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si no se hubiera opuesto a la libertad de las personas. Hemos tenido que esperar al Vaticano II para ver reconocidas todas esas libertades.

    Curiosamente ese talante ecuménico y universal de Jesús aparece antes de formular toda una serie de exigencias para sus discípulos. Para no caer en el mal y no dar escándalo, es decir no hacer caer a los demás, hay que estar dispuesto a extirpar el mal de raíz en la propia persona, por más que eso pueda parecer absurdo. Sin duda que no se trata de cortarse el pie o la mano o sacarse uno ojo. Se trata de no firmar compromisos con el mal. Es al mal, que tiene sus cómplices dentro de nosotros mismos, al que hay que declararle la guerra, y no tanto a las personas buenas que son distintas de nosotros. Debemos aliarnos con todos los hombres de buena voluntad que buscan la verdad, la bondad, la justicia y el amor. El apóstol Santiago pone el dedo en la llaga cuando denuncia el egoísmo de los ricos, sea de la religión que sean, en este caso la cristiana, que construyen un mundo injusto explotando a los pobres (Sant 5,1-6).

    En torno a la eucaristía construyamos esa comunidad abierta al mundo, que celebra la acción liberadora del Espíritu, y abramos nuestros corazones para acoger la gran diversidad de dones que el Señor nos está dando a través de la variedad de razas, religiones y culturas.


  • Acoger a los indefensos

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    22 de septiembre de 2024- 25 Domingo Ordinario

    La realidad de los refugiados y la situación de los emigrantes interpela a la conciencia cristiana, como símbolos de las personas cuyos derechos  muchas veces no son reconocidos ni respetados. Europa puede presumir lo que quiera de ser defensora de los derechos humanos pero, en la práctica, ante estos problemas mira para otro lado. Prefiere dar dinero para que otros países mantengan a los refugiados lejos de aquí pues afean nuestra foto.

    Jesús nació en un país sin importancia del imperio romano, en una aldea que estaba también entre las  últimas de Galilea y sus padres eran gente corriente de esa aldea. Ser de los últimos, de los poco importantes, significa que uno no cuenta nada, que tiene poca o nula influencia, que no se tiene quien le eche a uno una mano, que hay que trabajar duramente para salir adelante. Normalmente se trata de trabajos manuales en los que uno se juega la salud y el tipo. Nada extraño que Jesús reclutase sus amigos y colaboradores entre los rudos pescadores y que mostrase siempre una predilección por los pobres, por los últimos.

    Jesús en el evangelio de hoy se identifica con el niño (Mc 9,29-36). Todos recordamos nuestra infancia. Éramos pobres pero confiábamos totalmente en nuestros padres. Vivíamos en el presente y todo era don gratuito. Experimentábamos que el mundo está bien hecho. Al hablar del niño, Jesús pensaba sobre todo en la persona que necesita ser defendida y protegida porque no cuenta, porque todavía no tiene derecho a voto. Aunque en nuestra cultura los  niños están cada vez más protegidos, en los países del tercer mundo muchas veces son las víctimas de la violencia, del trabajo explotado y de la explotación sexual.

    Jesús se identifica con todas las personas indefensas que no pueden defender sus derechos. En su vida, aunque fue llamado “maestro”, nunca rehuyó el trabajo del servidor, los trabajos serviles. Dejó de lado sus vestidos  de señor y se ciñó el mandil para lavar los pies de sus discípulos y nos invitó a todos a hacer lo mismo (Jn 13).

    Acoger a una persona indefensa, como los que en este momento piden asilo en Europa,  es acoger al mismo Jesús; acoger a Jesús es acoger al mismo Dios. Porque Dios mismo curiosamente no es el primero de todos sino el que ocupa el último lugar en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Eso no le impide el seguir manos a la obra intentando que este mundo que creó no se le vaya de las manos, sino que esté siempre al servicio del hombre. Para ello cuenta con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad que no tienen miedo a mancharse las manos metiéndose hasta al fondo en los subterráneos de nuestro mundo.

    Así Dios hace avanzar el mundo con la ayuda de todas las víctimas y todos los descontentos del sistema actual. De los que siempre quieren ser los primeros no se  puede uno fiar mucho pues se puede estar seguro que nos usarán para sus fines y sus intereses. Los que ocupan los primeros puestos no están interesados en que el mundo avance y cambie pues ven sus puestos en peligro. La codicia y la ambición corrompen la vida de los hombres ( Sant 3,16-4,3). En este contexto de corrupción social, querer ser honrado suena a tonto, y no ya a ingenuo y honesto (Sab 2,17-20). Pero precisamente, gracias a estas personas buenas y justas, el mundo  sigue adelante sin hundirse en la maldad. Con esa esperanza y con el compromiso de estar al servicio de los demás, celebramos juntos la eucaristía este domingo.


  • Seguir a Jesús

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    15 de septiembre de 2024 – 24 Domingo Ordinario

    La Santa Madre Iglesia lleva unos años de purificación y penitencia por los pecados de sus ministros. No nos ha venido mal, al contrario. Estamos aprendiendo a no poner la fe en los hombres sino únicamente en Jesús. Desgraciadamente el lado humano, demasiado humano de la Iglesia es la que impide muchas veces acercarnos a Jesús. Queremos, sin embargo, a la Iglesia porque es nuestra Madre y la acogemos tal y como es: al mismo tiempo santa y pecadora.  Es a través de ella como hemos llegado al encuentro con Jesús. Sólo Jesús, tiene la capacidad de transformar la vida del creyente, cuando éste se toma en serio el seguimiento de Jesús. Creer en Jesús no es simplemente repetir fórmulas dogmáticas impecables sino que es una adhesión total a su persona, estando dispuestos a compartir su vida y destino.

    La Iglesia debe huir de todo triunfalismo mesiánico y aceptar de corazón la realidad del Crucificado (Mc 8,27-35). Eso no le hizo ninguna gracia a Pedro ni tampoco nos gusta a nosotros que, como nuestros contemporáneos, queremos un cristianismo vistoso y atractivo, que cada uno define a la carta. Jesús vio ya al peligro de convertirse en un Mesías populachero que atraía las multitudes y las hubiera podido manipular según sus intereses. Desde el principio, sin embargo, interpretó su destino a través de la figura enigmática del Servidor de Dios que aparece en el libro del profeta Isaías (50,5-10).

    Fueron los profetas los que denunciaron las falsas salvaciones que los hombres buscan a través de las políticas de alianzas, de poder, de imperialismo. Jesús, en su tiempo, tuvo también que confrontarse con las autoridades políticas y religiosas que mantenían al pueblo en la miseria. Como todo profeta, huyó de soluciones simplistas de tipo revolucionario y confió que Dios traería su Reino. Tan sólo Dios es capaz de cambiar de raíz la situación del hombre y de los pueblos.

    Esta fe en la intervención de Dios no nos lleva a cruzarnos de brazos. La fe, sin obras, está muerta por dentro, nos recuerda con gran realismo el apóstol Santiago (Sant 2,14-18). La fe cristiana a lo largo de la historia ha sabido dar respuesta a los interrogantes humanos y soluciones a los problemas concretos. Ha desplegado el dinamismo de la caridad al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Hoy día parece que el estado ha ocupado el lugar que tenía la Iglesia y ésta se siente incómoda sin encontrar su puesto en la sociedad. Debemos alegrarnos de que los estados modernos se hayan hecho responsables de muchas de las necesidades de los ciudadanos. La crisis actual, sin embargo, sigue mostrando que quedan muchos campos a los que no llega el estado. De hecho cada día vemos surgir nuevas necesidades que interpelan nuestra fe.  Hay que exigirle al estado que, en vez de hacerle la concurrencia a lo que ya funciona en la sociedad civil, se preocupe de los problemas que todavía no somos capaces de resolver los grupos sociales.

    La cultura del éxito  de nuestro tiempo no logra, sin embargo, eliminar la figura del Crucificado. A pesar de todos los esfuerzos por transformar el mundo, los crucificados siguen estando presentes ante nuestros ojos. Pueden ir con su cruz a cuestas o sin carné en una patera. El Crucificado murió precisamente para que no hubiera más crucificados. Por eso el creyente que se ha adherido a Cristo, experimenta en sí la fuerza del Resucitado que tiene poder para cambiar nuestro mundo. Pero para ello tenemos que movilizarnos y estar dispuestos a dar la vida, porque “el que pierda la vida por el Evangelio, la salvará”.  Ahora que estamos celebrando la eucaristía, renovemos nuestra adhesión al Señor muerto y resucitado y salgamos decididos a infundir vida en nuestro mundo


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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