• Haced lo que Él diga

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    20 de enero de 2013 – 2 Domingo del Tiempo Ordinario

    La crisis económica ha hecho que para muchos se acabó la fiesta. Otros, a juzgar por lo que se ha visto en Navidades, siguen como si no estuviera pasando nada. Sin duda que la Virgen María, al contemplar nuestro mundo le seguirá diciendo a Jesús: no tienen vino, no tienen casa, no tienen para pagar tal y tal factura, no tienen para llegar a final de mes (Jn 2,1-12).

    María presenta la necesidad a Jesús, que en un primer momento parece desentenderse del caso. En realidad quiere que María se sitúe en la verdadera perspectiva del Reino, cosa que sin duda ella hace. En efecto ella orienta la atención de los servidores hacia la persona de Jesús. Tendrán que estar atentos a lo que Él diga y luego hacerlo. Es todo un reto saber qué es lo que Jesús quiere hoy de nosotros ante la situación de nuestro mundo tan necesitado. Hay que saber leer los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está hablando e interpelando.

    El Beato Chaminade ha meditado detenidamente este evangelio y ha descubierto en él la misión de la Familia Marianista. Se trata de hacer lo que Él diga.  «Haced todo cuanto él os diga (Jn 2,5); es decir, Haced cua­lquier cosa que os mande, aunque parezca extraña a la ra­zón. Es como si María les dijera: Tened fe en El. Pues bien, tales son también las palabras que nos dirige la Virgen a nosotros que somos sus hijos: haced todo cuanto mi Hijo os diga. Pero ¿cómo nos hablará Jesucristo? Por la fe: escuchemos lo que nos dice la fe, recurramos a la fe y pongamos en práctica lo que ella nos enseña; así haremos lo que Jesús nos dice. El espíritu de la Familia Marianista es un espíritu de fe; hay que ir a Dios por la fe».

    En este Año de la Fe, las palabras del Beato Chaminade resuenan muy oportunas. La tragedia del cristianismo actual es la separación de la fe y la vida. Chaminade nos invita a actuar y vivir de acuerdo con nuestra fe. Una vez que uno ha descubierto lo que hay que hacer, hay que moverse. La tentación de contemplar las necesidades de nuestro mundo como un espectáculo televisivo, que nos impresiona y nos inquieta pero que nos deja cómodamente en nuestra butaca, es muy grande.

    Jesús aparentemente no hizo nada. Tan sólo dio órdenes a los servidores que las ejecutaron con exactitud. No había vino y Jesús les mandó llenar de agua las tinajas. No somos nosotros los que damos el vino del Reino. Nosotros sólo disponemos del agua de las abluciones rituales de la antigua alianza. Pero Jesús tiene esa capacidad de transformar lo viejo en nuevo. La fe y la obediencia a Cristo hace milagros. Jesús se manifiesta como el verdadero esposo que asume el protagonismo en la celebración mientras que el llamado esposo aparece como una figura desdibujada. Es Cristo verdaderamente el que inaugura el Reino. La presencia de María fue providencial para orientar la atención de los servidores hacia Jesús y que éste se pusiera a actuar.

    Este vino bueno que ofrece es el don del Espíritu anunciado para los tiempos mesiánicos, que Jesús inaugura. Ese Espíritu ha renovado  completamente aquella comunidad abandonada y estéril (Is 62,1-5). Ha hecho de la Iglesia una comunidad, toda ella carismática y ministerial. Esa comunidad se construye con la aportación de los diversos carismas y ministerios (1 Cor 12,4-11). Cuada uno tiene su puesto en la Iglesia según los dones que ha recibido. La celebración de la eucaristía hará que nuestra fe no se quede sólo en lo ritual sino que saldremos de ella dispuestos a hacer lo que Jesús nos haya dicho.


  • Bajó el Espíritu Santo sobre Él

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    13 de enero de 2013 – El Bautismo del Señor

    El año de la fe es una invitación a volver a nuestras raíces, a profundizar nuestro bautismo. La fe y el bautismo nos permiten encontrarnos personalmente con Cristo. La fe y el bautismo se hallan íntimamente compenetrados.  El bautismo que recibían los adultos era una respuesta creyente a la predicación.  Y en esta respuesta expresaban su fe en forma de respuestas a preguntas de la Iglesia. El bautismo, como iluminación, nos da el don de la fe, que es siempre regalo de la Trinidad que quiere comunicarse con nosotros.  La fe es respuesta creyente del bautizado a ese don divino.

    Fe y bautismo forman un todo.  En la fe recibimos al Cristo presente y actuante en el Sacramento mediante su fuerza salvífica.  Cristo recibe al creyente en la Iglesia, por medio de este sacramento de la fe.  El bautismo es una iluminación externa por la predicación y enseñanza de la Iglesia pero, sobre todo, es una iluminación interna que comunica y refuerza el núcleo de la fe, el gozo de la fe para que podamos vivirla.  La fe se supone antes, durante y después del bautismo.

    El bautismo es un sacramento, un gesto profético, que expresa una realidad de gracia divina. Hoy día desgraciadamente el signo bautismal ha quedado reducido a echar un poco de agua sobre la cabeza del niño y no se ve claramente lo que queremos expresar. El bautismo de Jesús en el Jordán o el de los adultos en la Iglesia primitiva en una especie de piscina manifestaban claramente su contenido. El sumergirse en el agua significaba el morir con Cristo, el salir del agua, el resucitar. Jesús en su bautismo anticipó su misterio pascual y por eso es proclamado ya Hijo de Dios. Con la inmersión en el río, Jesús hacía suyo un gesto de algunos grupos judíos y en especial de Juan Bautista. Se trataba de un gesto de conversión, y por tanto, de ruptura con el pasado. En las aguas del río quedaba sepultada una manera de vivir. Del agua salía una persona nueva (Lc 3,15-22). Todos los que habían experimentado esa transformación formaban la comunidad de los que deseaban la salvación.

    La venida del Espíritu Santo sobre Jesús inaugura la llegada de los tiempos definitivos y hace de Jesús el profeta de esa nueva era, marcada por la venida del Reino de Dios. Jesús se hace el mensajero de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que anunciaban ya de antiguo los profetas (Is 40,1-5.9-11). Se realiza así la promesa de la irrupción de Dios en la historia. El Señor viene con poder a ejercer su realeza, su dominio sobre Israel y sobre todos los pueblos. Él va a instaurar la justicia y el derecho. Jesús, ungido con el Espíritu, tendrá una fuerza especial para poner su vida al servicio de la causa del Reino (Hech 10,34-38).

    También el bautismo cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. En el bautismo lo expresamos mediante las tres renuncias, formulados de manera tradicional como el mundo, el demonio y la carne. Renunciamos a todo lo que es opuesto al Reino de Dios. Pero sobre todo el bautismo nos hace experimentar la resurrección de Jesús. Al salir del agua somos una criatura nueva, ungida con el óleo del Espíritu Santo que hace de nosotros miembros de un pueblo de sacerdotes y reyes. Se nos  vistió un vestido blanco para significar esa vida nueva, la vida misma de Jesús, la vida de Dios. Hicimos la profesión de fe, a través de la cual, acogíamos a Dios en nuestras vidas. En esta eucaristía renovemos con gozo nuestras promesas bautismales, que comportan un compromiso a favor del Reino de Dios y una lucha contra todo lo que se opone a él.


  • ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?

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    6 de enero de 2013 – Epifanía del Señor

    A pesar de las dificultades que estamos experimentando en la transmisión de la fe y de los escasos resultados obtenidos, estamos convencidos de que Dios ama a los hombres y se les sigue manifestando.  Como los Magos del evangelio (Mt 2,1-12), el hombre de hoy, de vez en cuando ve aparecer una estrella en el horizonte de su vida que lo guía, aunque sea de manera confusa, hacia Dios. Son esas experiencias de plenitud y de sentido que nos confirman que no estamos solos, que nuestra vida está abrazada por el misterio del amor.

    Esas experiencias apuntan en dirección al misterio de Dios, pero no nos permiten adueñarnos de Él. Más bien nos indican los pasos a dar para poder algún día encontrarlo. Ante todo hay que ponerse en camino, dispuestos a cruzar fronteras. El encuentro con Dios nos desinstala constantemente y nos constituye en eternos buscadores de Dios. En vez de apagar nuestro deseo, como ocurre con los deseos humanos una vez satisfechos, el encuentro con Dios provoca de nuevo el deseo de buscarlo y encontrarlo.

    Pero hay que estar bien atentos en esta búsqueda para no dejarse desorientar por los signos de la presencia misteriosa del Señor. Los Magos pensaron ingenuamente que el Rey de los judíos habría nacido en la capital, en el palacio del Rey. Por eso se fueron directamente a Jerusalén a ver a Herodes. Esto pudo costarles caro. No es de extrañarse que la estrella no vuelva a salir hasta se pusieron de nuevo en camino, marchándose de Jerusalén.

    Nuestra búsqueda de Dios se mueve en la ambigüedad de la existencia. Fácilmente nos dejamos engañar por las respuestas fáciles porque queremos ver saciado inmediatamente nuestro deseo. Para poder discernir los signos de su presencia, el Señor nos ha dejado su Palabra, que es como una lámpara que alumbra nuestro camino. Es la Palabra de Dios la que nos da la verdadera perspectiva sobre la realidad y los acontecimientos, y la que llevó al evangelista a reinterpretar una profecía antigua y le lleva a exclamar: “Belén no es ni mucho menos la última de las ciudades de Judá”. Aunque no sea la capital, es en ella donde ha nacido el Rey de los judíos.

    Al P. Chaminade le gustaba repetir que “vieron al Niño con María, su madre”. Dios está donde está María. La Familia Marianista quiere ser una realidad eclesial mariana en la que sea fácil encontrar a Dios, porque en ella se viven las actitudes que agradan a Dios y hacen que Él se encuentre a gusto: la cordialidad, la hospitalidad, la acogida, la fe que asume riesgos, la cercanía a los pobres y necesitados. La Familia Marianista será un signo de la presencia del Señor si cambia nuestras vidas.

    Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.

    En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús. En esta eucaristía presentemos al Señor nuestras vidas como el mejor regalo que podemos ofrecerle, para que Él las transforme y nos haga testigos de su presencia en el mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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