• Anda, haz tú lo mismo

    Categoría:

    14 de julio de 2013 – 15 Domingo Ordinario

    La crisis económica ha despojado a tantos de los bienes más necesarios, ante todo del trabajo, y va dejando a muchos tirados en el borde del camino. La tentación de los que no han sido afectados en serio por la crisis es siempre la de mirar para el otro lado y pasar de largo. Hoy más que nunca necesitamos una Iglesia samaritana, que sepa acercarse a las víctimas de nuestro mundo. Es momento de actuar, de hacerse próximo y cercano a todos los que yacen maltrechos. Es un mandamiento sencillo de cumplir. Basta querer ponerlo en práctica (Dt 30,10-14). No se nos pide ir al fin del mundo sino simplemente de hacernos cargo de nuestra realidad circundante.

    La Iglesia ha sido especialista a lo largo de la historia en ver las necesidades y crear respuestas adecuadas en formas de instituciones. Las necesidades hoy día son tan grandes que superan la capacidad de acción de los creyentes. Por eso debemos estar dispuestos a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, que sienten compasión y están dispuestos a mancharse las manos para hacerse cargo de las personas heridas y sangrantes. Es necesario seguir impulsando el voluntariado como la manera concreta de realizar hoy día las obras de misericordia, que están en el centro del programa evangélico.

    El maestro de la Ley del que habla el evangelio estaba interesado en saber qué tenía que hacer, y de la mano de Jesús va a encontrar la respuesta concreta (Lc 10,25-37). Al final experimenta  una invitación a salir de los estrechos moldes de la fe judía para acercarse a todo hombre sufriente y doliente. Jesús, mediante una historia inventada, va a poner patas arriba todos los planteamientos anteriores. En la Ley estaba muy claro quién era el prójimo. Era el perteneciente al pueblo de Israel. Es posible que algunos se abrieran tímidamente a los de fuera.

    Lo genial de Jesús es que define la proximidad no como un dato objetivo, que está ahí presente ante uno. Ser prójimo depende no del otro sino de mí mismo. Si soy capaz de acercarme al otro, existe el prójimo. Si estoy cerrado en mí mismo y en mis propios intereses, el prójimo no existe. Es lo que  nos puede ocurrir hoy día en Europa. Antes los africanos estaban relativamente lejos, y no digamos los hispanoamericanos,  y no nos inquietaban como prójimos. Hoy día viven entre nosotros, pero es muy difícil reconocerlos como prójimos porque no queremos acercarnos a ellos.

    Los representantes de la religión judía, el sacerdote y el levita, ven al hombre en necesidad, uno de su propio pueblo, pero dan un rodeo y pasan de largo. No son capaces de hacerse prójimos, de acercarse y quedarse al lado del herido. En contraste con ellos, Jesús describe la conducta del samaritano, del extraño, del extranjero, como el modelo de cercanía a la realidad del hombre. El acercamiento a las personas viene de la capacidad de sentir compasión ante los males del otro. Es el corazón el que impulsa a acercarse a las personas y a hacer por ellas todo lo que está en nuestra mano. Los sentimientos de compasión del samaritano no se quedan en meros sentimientos sino que le llevan a tomar diversas medidas prácticas a favor del herido.

    Tan sólo una persona como Jesús, que siendo imagen de Dios invisible, ha sido capaz de acercarse al hombre malherido por el pecado (Col 1,15-20). Jesús es verdaderamente el Buen Samaritano en el que Dios se nos ha hecho cercano. Siguiendo sus huellas también la Iglesia hoy día, quiere ser  una Iglesia samaritana para tantos hombres que siguen cayendo en mano de los bandidos. Que la celebración de esta eucaristía haga de nosotros ministros de la compasión, capaces de curar las heridas de nuestro mundo.

     

     

     

     

     


  • Está cerca de vosotros el Reino de Dios

    Categoría:

    7 de julio de 2013 – 14 Domingo Ordinario

     

    Después de casi un año del Sínodo de la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe, no parece que se haya avanzado mucho. Sin embargo la renuncia de Benedicto XVI y la elección del papa Francisco han despertado el interés por la fe cristiana tanto de creyentes como no creyentes.  Probablemente en el tema de la evangelización no acertamos en el diagnóstico de lo que está pasando y por eso no somos capaces de encontrar la respuesta adecuada.

    Se ha insistido mucho, con razón, en los cambios culturales de nuestro tiempo y en el nuevo tipo de persona a evangelizar. Incluso se ha puesto en duda de que se pueda transmitir la fe como se transmiten los conocimientos. La fe no es simplemente una doctrina sino un encuentro personal con Cristo. Pero últimamente estamos descubriendo que  el problema no está sólo en el hombre a evangelizar sino en la Iglesia que evangeliza. Necesitamos no tanto maestros como testigos creíbles de la fe cristiana. En ese sentido el papa Francisco con su nuevo estilo está suscitando la posibilidad del encuentro personal con Cristo.

    La Iglesia sólo puede continuar la obra de la evangelización, iniciada por Jesús y sus apóstoles, en la medida en que es fiel al Evangelio recibido. Tan sólo la presencia de testigos creíbles puede hacer actual la Buena Noticia de Jesús. En cada época de la historia es el mismo Jesús el que sigue enviando a sus discípulos (Lc 10,1-12. 17-20). Éstos deben asumir la misión de Jesús y no inventarse otro estilo de vida. Cada vez más estamos descubriendo que la Iglesia ha seguido lógicas humanas y no las orientaciones de Jesús, reafirmadas en el Vaticano II.

    La manera de realizar la misión repite las enseñanzas que Jesús había dado a los doce y muestran el estilo propio de la misión de Jesús. Como Pablo, cada uno puede decir: “Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6,14-18). Van de dos en dos para ser testigos creíbles de la experiencia que anuncian. La misión es siempre difícil pues uno se encuentra siempre indefenso como ovejas en medio de lobos. No se le permite al discípulo proveerse de los medios más necesarios para subsistir. Debe confiar en la Providencia y en la buena acogida de las personas a las que anuncian el Reino, que hacen presente mediante las curaciones. Pero no deben hacerse ilusiones, muchas veces serán rechazados.           

    Los discípulos volvieron muy contentos de aquella misión porque hicieron grandes prodigios en el nombre de Jesús. El anuncio del evangelio significa, según Jesús, la ruina de Satanás. Pero la alegría del discípulo no debe basarse en los milagros que realizará sino porque le espera una gran recompensa en el cielo. Participar en la misión de Jesús significa también tener parte en su destino glorioso junto al Padre.

    La Iglesia se construye en torno a la Eucaristía como Iglesia misionera porque en ella pedimos al Padre que reúna a todos los hombres por medio de su Espíritu. En cada Eucaristía experimentamos que el Reino de Dios está cerca y que el Señor Jesús está viniendo a nuestro encuentro.

     

     

     


  • Vete a anunciar el Reino de Dios

    Categoría:

    30 de junio de 2013 – 13 Domingo del Tiempo Ordinario

     

    Hace treinta años era todavía relativamente fácil encontrar el trabajo para el que uno se había preparado porque le gustaba. Entonces la profesión era una especie de vocación. Hoy día cada vez más hay que aceptar trabajos que no le acaban de satisfacer a uno. Es muy difícil poder tener la iniciativa y elegir. En la misión de Jesús, es Él el que llama e invita a seguirlo. No es pues un puro proyecto humano en el que uno pueda tener la iniciativa. Ser elegido es un signo de la predilección y del amor de Jesús. Las cualidades y la preparación cuentan poco. Jesús llama y no deja poner condiciones. Éstas no tienen tanto que ver con el trabajo a realizar sino con la forma de vida que hay que seguir. Ser discípulo de Jesús no es tanto hacer cosas sino una manera de ser, de vivir, de actuar, de ver el mundo. En el fondo se trata de hacer presente el Reino mediante el amor cristiano. Todos los otros métodos pueden resultar destructivos ( Gal 4,31-5,13-18).

    Los discípulos pueden pensar que se trata ante todo de establecer el Reino y la justicia de Dios a cualquier precio, incluso con el fuego de Dios. Jesús no tiene más remedio que reprender a Santiago y Juan, personas por lo demás ambiciosas, que tienen pocos escrúpulos a la hora de buscar los medios y los métodos. Jesús no acepta tampoco por las buenas a todos los que se ofrecen espontáneamente a seguirle (Lc 9,51-61). A estas personas generosas y bien intencionadas, que vienen ya con su proyecto propio, Jesús les hace ver que es Él el que puede poner condiciones y no los que quieren seguirle. Para que nadie se haga ilusiones de que el seguimiento de Jesús le va a traer ventajas materiales, Jesús pone delante de la persona las condiciones extremas en las que vive el grupo. Es una vida itinerante a la intemperie. No hay un refugio permanente, cosa que hasta los animales tienen.

    El seguimiento de Jesús parece saltarse a la torera las obligaciones más sagradas, como el enterrar a los padres. Jesús trae una novedad tal, sitúa a la persona en el Reino de la vida, de manera que no puede uno seguir ocupándose de los muertos. Ya habrá otros que se ocupen de ellos. El discípulo está llamado a anunciar el Reino y no puede perder el tiempo en otras actividades, por más sagradas que parezcan.

    La venida del Reino trae la relativización de todos los valores, incluso de los más divinos. Jesús y los primeros cristianos saben bien que esas realidades, como la familia, que tanto sacralizamos, pueden ser un obstáculo para la fe y para su seguimiento. Pensar aunque nada más sea en despedirse de la familia para quedar bien con ella es seguir mirando hacia atrás, hacia el pasado. Ese tipo de persona no vale para el Reino de Dios. El creyente mira hacia el futuro del Reino que viene y no se preocupa de lo que queda atrás.

    Todo esto parece exagerado, pero es la única manera de no convertir el Reino de Dios en una “gracia barata”, que se puede adquirir sin renuncia. Hay que hacer como Eliseo, obedecer prontamente, sacrificar lo que uno tiene y celebrar un banquete con motivo de la lotería que a uno le ha tocado: ser llamado al servicio del Reino ( 1 Re 19, 16-21). Que la celebración de la eucaristía nos confirme en el seguimiento de Cristo y nos abra hacia el futuro de Dios de manera que no volvamos la vista atrás.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo