• No he venido a abolir sino a dar cumplimiento

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    16 de febrero de 2014 – 6 Domingo Ordinario

    El debate existente en torno a diversas leyes nos alerta acerca de la necesidad de éstas y al mismo tiempo del peligro del legalismo. La fe, como encuentro personal con Jesús, hace que los cristianos tengamos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios y no simplemente con la ley. Ésta, sin duda, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

    El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con la ley natural, con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

    ¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

    Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

    La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús y su mensaje liberador como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.


  • Vosotros sois la luz del mundo

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    9 de febrero de 2014 – Quinto Domingo Ordinario

     

    La Iglesia ha querido ser siempre maestra de los hombres, a veces olvidándose de ser al mismo tiempo madre. Está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. A partir de la modernidad, el mundo ha reaccionado con escepticismo ante esta pretensión, pues la cultura moderna considera que todo lo anterior es un mundo de oscuridad y cadenas, de las que finalmente logró liberarse. La luz hoy día se busca ante todo en la ciencia. Ésta sin duda alguna nos permite dar respuesta a tantos problemas del día a día, pero desgraciadamente nos deja a oscuras respecto al sentido de la vida. Con la elección del papa Francisco, también muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad.

    Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

    El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

    Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

    No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

    Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

     


  • Luz para alumbrar a las naciones

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    2 de febrero de 2014 – La Presentación del Señor

    Poco a poco el pueblo judío va reconociendo a Jesús como a uno de los suyos. No lo consideran desde luego el Mesías ni uno de los profetas, pero van abandonando su hostilidad contra él, en la medida en que también los cristianos vamos tratando de superar nuestro antisemitismo. Jesús fue sin duda causa de división entre sus conciudadanos (Lc 2,22-40). Vivió sin duda como un judío más, aunque no respetara las minucias de algunos grupos judíos. Tampoco todos los judíos de su tiempo, sobre todo los que vivían en Galilea, las respetaban.

    Toda vida es un don de Dios. La de Jesús lo es de manera especial y María es consciente de ello. Cuando lo presenta en el templo, reconoce que ese niño le ha sido dado por Dios y hay que ofrecerlo a Dios. En esa ofrenda, María presenta a toda la humanidad, con la que Jesús se ha hecho solidario. Liberados del miedo de la muerte, podemos responder libremente al amor de Dios en Cristo Jesús (Heb 2,14-18).

    La importancia de ese momento, que cambiaba la forma del culto a Dios, al que no se le ofrecerán ya más palomas sino el único sacrificio de Cristo, fue percibida claramente por Simeón  Durante su larga vida había esperado la realización de las promesas de salvación y ahora las ve cumplidas. En Jesús Dios ha dado su “sí” amoroso incondicional a la humanidad y Simeón se siente en los brazos de Dios precisamente cuando toma al niño en sus brazos. Simeón intuye con claridad el destino de ese niño que es el Salvador de todos los pueblos. Su vida y su muerte van a ser signos de contradicción. Ante Él nadie puede quedarse indiferente sino que tiene que tomar una decisión. En ella nos va la vida o la ruina.

    La misión de Jesús desborda los límites de su pueblo y se abre a todas las naciones. Jesús es un hombre universal, patrimonio de toda la humanidad, uno de los mejores frutos de su pueblo, Israel, al que la humanidad debe tanto. Jesús es la luz de los pueblos, de todas y cada una de las personas que se encuentran con él, como Simeón y Ana. “Quien cree en él no camina en las tinieblas sino que tiene la luz de la vida”. Nosotros somos portadores de esa luz. No somos un sol capaces de disipar toda la oscuridad existente, pero al menos somos una pequeña lámpara que puede mostrar el camino a seguir.

    En Jesús se realiza la profecía del mensajero de Dios que viene a preparar su venida (Mal 3,1-4). Jesús es el enviado de Dios, el profeta definitivo, el mensajero de la alianza con Dios. En Cristo Dios se ha dado totalmente al hombre y éste ha dado la respuesta de amor que Dios esperaba de él.

    La misión del mensajero es presentada como una purificación de los ministros del culto en el que el hombre se une a Dios. Jesús será el sumo y eterno sacerdote que presentará al Padre la ofrenda de su vida, que Dios aceptará complacido, perdonando a los hombres. Hagamos nuestra la petición de Adela de Trenquelléon, fundadora de las Hijas de María Inmaculada y con el Beato Chaminade de toda la Familia Marianista: “Presenta, oh Madre, a tus hijos, junto con tu primogénito”.

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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