• Destruid este templo

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    8 de marzo de 2015 – Tercer Domingo de Cuaresma

     

    La religión ha sido en el pasado parte integrante de la política. La política, en particular la autoridad, necesitaba siempre una legitimación religiosa. Los antiguos reyes tenían todos los poderes y delegaban en los sacerdotes sus funciones sacerdotales. El templo era siempre el santuario del rey. Fueron los profetas los que lucharon por la liberación de la religión del yugo político, pero sin lograrlo. A la religión le interesaba la tutela del poder político. A veces las mismas autoridades religiosas eran las autoridades políticas. Eso daba un pragmatismo realista muy lejano de las utopías proféticas. A pesar de todo Jesús intentó liberar la religión de la política, con el gesto profético de la purificación del templo, convertido en la Banca Nacional. Por ello fue condenado a muerte (Jn 2,13-25).

    No es fácil liberar la religión del poder político, de la búsqueda de poder. Algunos creen ilusoriamente que la política actual es totalmente laica. Al contrario, la política está ocupando el puesto de la religión. Como la religión, la política necesita también de su Absoluto, de la voluntad popular, realidad tan invisible como Dios, pero que se manifiesta en los nuevos templos de los parlamentos, mediante las elecciones y las personas a las que se les concede la autoridad para dar leyes obligatorias. Sin esa religión política, la política no funciona.

    Lo que le preocupaba a los profetas y a Jesús es que el sistema político-religioso ocupe el puesto de Dios. La relación concreta con Dios se torna abstracta. Se absolutizan así los lugares, las personas, las acciones de ciertos personajes. Al final todo se convierte en un mercado y se olvida que todo, también la religión y la política, debe estar al servicio del hombre concreto. Por eso los profetas recordarán las exigencias del Decálogo, sobre todo en lo que toca a las relaciones con el prójimo y la tutela de los derechos fundamentales: la vida, la verdad, el amor, la propiedad (Ex 1,22-25).

    La propuesta de Jesús es destruir el sistema y edificar otro nuevo. Se trata de construir un nuevo modelo de religión no centrado en el templo y la dependencia política sino en adorar a Dios en espíritu y verdad. Esto es posible gracias a su propia persona resucitada por el Padre. Es en Jesús donde el Padre se hace presente y actuante. La desaparición del templo y del sacerdocio hizo que el judaísmo y el cristianismo pusieran en el centro la Palabra de Dios y la vida familiar. Sin duda en el cristianismo el centro es Jesús, Palabra encarnada, que se hace presente en la comunidad de los creyentes a través de su Espíritu. Esta comunidad es una comunidad de fe y no una comunidad política. Es una comunidad que se constituye como tal cuando se reúne como iglesia para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la eucaristía. El lugar de reunión al principio fueron las propias casas.

    Con el tiempo también el cristianismo reconstruyó sus templos y sus ministros se convirtieron en sacerdotes. Pero nunca debemos olvidar que sólo los nombres se parecen a lo que era el culto antiguo. Bueno, desgraciadamente, a veces volvemos al culto antiguo. Por eso es necesario avivar el espíritu profético de Jesús en nuestras comunidades para que huyan de la tentación del poder y sean manifestaciones de la debilidad de Dios. La salvación está en la cruz y no en el poder (1 Cor 1,22-25). Que la celebración de la eucaristía avive en nosotros el espíritu profético, para ser testigos de las exigencias de Dios en nuestro mundo.


  • Éste es mi Hijo amado; escuchadlo

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    1 de marzo de 2015 – Segundo Domingo de Cuaresma

     

    La vida comporta continuos cambios, en nuestro desarrollo corporal y espiritual. El cambio espiritual tiene lugar porque cambiamos nuestra manera de pensar y de ver la vida. Ese cambio interior no es el fruto simplemente de la observación de sí misma sino que es el resultado de una confrontación de nuestra conciencia con otras conciencias, especialmente con la figura de Jesús. La cuaresma nos ofrece todo un camino de transformación en diálogo con Cristo. ¿Cómo me sitúo ante Cristo? ¿Cómo se situó Cristo ante Dios?

    El evangelio muestra que Jesús desde su bautismo se considera el Hijo amado del Padre. Es esa convicción el que lo lanza a la vida misionera. En ella va a encontrar una gran oposición que probablemente le suscitaría sus dudas e interrogantes. También los discípulos que lo acompañaban se vieron desorientados ante lo que decía y hacía. Empezaron a experimentar el escándalo de la cruz.

    El escándalo de la cruz radica en el hecho de que el cristiano profesa que Dios ha salvado al mundo entregando su Hijo a la muerte por nosotros pecadores (Rom 8,31-34). El hecho de la muerte salvadora de Jesús se expresa en su resurrección, con la que el Padre legitima toda la aventura histórica de Jesús, sobre todo su obediencia filial hasta la muerte. Jesús fue siempre el Hijo amado del Padre y no un blasfemo.

    La transfiguración de Jesús nos ayuda a seguir caminando en nuestra cuaresma con Jesús hacia Jerusalén para participar en su muerte y resurrección (Mc 9,1-9). No tiene nada de extraño que los discípulos no comprendieran su sentido y se preguntaran qué significaba “resucitar de entre los muertos”. Estaba claro que no se trataba de una resurrección de un muerto como las que se cuentan en el Antiguo Testamento o las que realizó Jesús. En ellas, más que resurrección se trataba de una vuelta temporal a la vida para después volver a morir. La resurrección de Jesús, en cambio, significa la intervención definitiva de Dios para salvar a la humanidad. Jesús resucitado vive para siempre, para nunca más morir, y se ha convertido en causa de vida para todos los que creen en Él.

    Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén a confrontarse con las autoridades, sabía a lo que se exponía. Los discípulos creían ingenuamente que iba a hacerse con el poder. Jesús previendo el escándalo de su fracaso quiso manifestarles que aquel fracaso era precisamente el camino para el triunfo de la resurrección. La maldad humana no puede hacer fracasar el plan de amor de Dios Padre respecto al mundo. Ese amor Dios manifestado en la entrega de su Hijo es causa de vida y de resurrección.

    Esa fe en la resurrección está ya anticipada en la fe de Abrahán. Por eso toda fe significa creer que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y que con Él resucitaremos todos. Abrahán venció el miedo a la muerte, cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo (Gn 22,1-18). Lo que cuenta es su obediencia de fe. Él estaba dispuesto a entregar a su hijo. Su acto anticipaba el acto mismo del Padre que sí que entregó a su Hijo a la muerte por nosotros. Abrahán no sólo recuperó a su hijo Isaac sino la promesa de toda una descendencia. La obediencia de Abrahán engendra vida. También el Padre rescató a su Hijo de la muerte y con Él toda una muchedumbre de hermanos, hijos en el Hijo.

    La obediencia de Abrahán y de Isaac anticipan la obediencia filial de Cristo y su solidaridad con sus hermanos. A causa de esa obediencia amorosa, Jesús es la persona a la que debemos escuchar, a la que debemos obedecer, porque es Él el que nos enseña a abrirnos al Padre y a los demás. Nuestra vida cristiana se sitúa en ese contexto de alianza en el que se vive el amor de Dios manifestado de manera concreta en la entrega de su Hijo.

    Nuestra respuesta es siempre una respuesta de obediencia filial. Se trata de escuchar, es decir de obedecer a Jesús en el que el Padre se nos hace presente. Esa fe se vive en el seguimiento de Jesús, caminando con Él hacia Jerusalén, compartiendo su estilo de vida y misión, que resultará siempre conflictivo para los poderosos de este mundo. Nuestra vida así se va transformando, se va transfigurando. Que la celebración de esta eucaristía continúe realizando nuestra conversión cuaresmal, nuestra transformación profunda a imagen de Jesús.


  • El Espíritu empujó a Jesús al desierto

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    22 de febrero de 2015 – 1 Domingo de Cuaresma

     

    La mayor parte de nuestra vida pasa como si no ocurriera nada. Por eso nos acordamos de pocos acontecimientos de nuestra vida. A veces, sin embargo, hay experiencias profundas, positivas o negativas, que parecen contener toda una vida. El tiempo se concentra y se vuelve denso. La cuaresma es un momento privilegiado para vivir en poco tiempo todo el misterio de Cristo, sobre todo el de su misión. Ésta empieza con su bautismo y culmina con su muerte y resurrección. En el primer domingo de cuaresma actualizamos los inicios de su vida pública: su bautismo, las tentaciones en el desierto y el anuncio del Reino de Dios (Mc 1, 12-15).

    Después de la experiencia tremenda que supuso el diluvio, el hombre necesitaba una garantía de que Dios no iba a destruir de nuevo la humanidad (Gn 9,8-15). Dios, con toda magnanimidad, y por propia iniciativa, sin exigir nada a cambio, se compromete a respetar su creación. Como signo que dé seguridad al hombre, elegirá el arco iris. Noé, salvado de las aguas, va a ser imagen de la salvación que Dios promete a su pueblo. Las nuevas aguas del bautismo destruirán el pecado pero regenerarán al hombre (1 Ped 3,18-22).

    Jesús, al comienzo de su vida pública, tendrá que hacer una opción fundamental. Por eso se nos presenta sometido a la tentación. En ella se resume la historia de la humanidad pecadora que se atrajo el diluvio, y todos los pecados de infidelidad del pueblo a la alianza. Si Jesús quiere renovar la humanidad y conducirla hacia Dios, tendrá que indicar el camino de retorno. En realidad Él es el camino.

    Jesús pronuncia un no rotundo a las fuerzas del mal y se compromete, en cambio, al servicio del Evangelio, de la Buena Noticia del Reino. Dedicará toda su vida y energías a anunciar ese Reino y sus exigencias como camino de retorno al Padre. Jesús en su intervención inaugural resume en dos palabras esas exigencias: conversión y fe.

    La conversión supone la necesidad del cambio interior y de conducta, reconocer que uno anda extraviado y que debe reorientar la vida. Eso se descubre en diálogo profundo con Jesús en quien se nos hace presente Dios mismo. Hay que abandonar los ídolos, que Satanás presenta en las tentaciones en los otros evangelistas, como los dioses del tener, del poder, del placer.

    Pero sobre todo hay que creer en Dios, poner a Dios como fundamento firme de nuestra existencia. Construir nuestra vida sobre Dios y no sobre nosotros mismos. Una humanidad que da las espaldas a Dios está repitiendo la historia de los hombres inmediatamente antes del diluvio. Menos mal que Dios se ha comprometido a no destruirnos. Pidamos en esta eucaristía empezar con fe y ánimos decididos esta cuaresma en seguimiento de Cristo que camina hacia Jerusalén.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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