• Escuchar la Palabra

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    17 de julio de 2016 – 16 Domingo Ordinario

     Nuestra cultura de la de la diversión acapara todo nuestro tiempo libre y al final no tenemos tiempo para prestar atención a las personas y a escucharlas. En medio de las multitudes y tantas distracciones el hombre moderno necesita, sin embargo,  muchas veces desahogarse y decir lo que piensa y siente a alguien que lo acoja con interés y afecto. Marta, María y Lázaro eran tres amigos entrañables de Jesús con los que pasaba sus buenos momentos. Las dos hermanas aparecen en el evangelio de hoy realizando acciones distintas.

    Aunque la tradición cristiana ha visto en ellas algunas veces la representación de la vida activa y de la vida contemplativa, parece que más bien encarnan dos dimensiones de la vida, que todos debemos cultivar. En la vida recibimos y damos, damos para recibir. Ante todo queremos recibir amor para dar amor. Ese amor uno lo experimenta cuando presta atención a la fuente del amor. Dios nos ha amado primero.

    Escucha y servicio, contemplación y acción son en realidad dos aspectos inseparables de lo que significa la “palabra” en hebreo.  La “palabra” es siempre creadora. La “palabra” es al mismo tiempo realidad y acción y no sólo meras palabras. El que escucha la palabra, encuentra a Dios y a Cristo en la vida. Así  experimenta una transformación interior que se traducirá en su manera de vivir y en sus acciones. Es lo que uno vive en la oración cuando ésta es auténtica, cuando uno se expone a la presencia de Dios. Dios está siempre actuando y ponerse en su presencia es entrar en su acción de salvar el mundo.

    Marta sirve al maestro, María lo escucha. Marta pretende que María abandone su propio ministerio de escucha de la palabra a favor del servicio (Lc 10,38-42). Jesús no sólo la defiende sino que indica que la escucha de la palabra  es lo único necesario y al mismo tiempo es lo mejor. Que sea lo único necesario no excluye la existencia de otros ministerios. La vida eclesial no se rige por la ley de la necesidad sino por la riqueza de dones del Espíritu.

    Jesús alaba a María porque ha sabido centrarse en su vida, buscando lo único necesario y escogiendo la parte mejor. No siempre la parte necesaria es la mejor. Pero en este caso sí. Escuchar la palabra del Señor es lo único necesario y lo mejor que uno puede hacer. Es el mejor servicio que uno puede prestar. Ciertamente el servicio práctico tiene también su valor, pero es un valor relativo.

    Probablemente el error de Marta es querer reducir todo unilateralmente al servicio práctico y pretender que es lo único que uno debe hacer y no perder el tiempo como su hermana. Probablemente es eso lo que le pierde a Marta. Quiere imponer su punto de vista a su hermana y para ello busca el apoyo de Jesús. Jesús no se lo da. María, en cambio, respeta lo que Marta está haciendo y no le pide dejar de moverse y venir a sentarse a los pies de Jesús para escucharlo.

    El ejemplo de Abrahán (Gn 18,1-10) es muy elocuente. Da hospitalidad al Señor bajo la forma de los tres mensajeros. Los acoge en su tienda, les dedica tiempo y prepara todo lo necesario para servirlos. Da órdenes, pero también él se mueve y pone manos a la obra. Más tarde tendrá un sabroso coloquio con ellos. Ha sabido integrar la atención a las personas y el servicio concreto a su necesidad de comer.

    En la celebración de la eucaristía se integran la escucha de la palabra de Dios, la participación en el banquete que el Señor prepara para nosotros, y el envío a hacer presente el amor de Dios que hemos experimentado. Así vivimos en plenitud toda la riqueza de vida eclesial.

     


  • Haz tú lo mismo

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    10 de julio de 2016 – 15 Domingo Ordinario

     

     La crisis de los refugiados ha dejado a muchos un mal sabor de boca. Ha puesto de manifiesto que los europeos alardean de unos valores que en realidad ya no practican.  No se les puede echar la culpa  a los gobiernos. Si los gobernantes han preferido dar dinero para mantenerlos lejos en vez de acogerlos es porque los ciudadanos europeos no los quieren aquí. Y los gobernantes miran no tanto a los valores sino a los votos. Probablemente la Iglesia y los cristianos han reaccionado de la misma manera. De poco ha servido el gesto del papa de traerse algunos consigo. Hoy más que nunca necesitamos una Iglesia samaritana, que sepa acercarse a las víctimas de nuestro mundo. Es momento de actuar, de hacerse próximo y cercano a todos los que yacen maltrechos. Es un mandamiento sencillo de cumplir. Basta querer ponerlo en práctica (Dt 30,10-14). No se nos pide ir al fin del mundo sino simplemente de hacernos cargo de nuestra realidad circundante.

    La Iglesia ha sido especialista a lo largo de la historia en ver las necesidades y crear respuestas adecuadas en formas de instituciones. Las necesidades hoy día son tan grandes que superan la capacidad de acción de los creyentes. Por eso debemos estar dispuestos a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, que sienten compasión y están dispuestos a mancharse las manos para hacerse cargo de las personas heridas y sangrantes. Es necesario seguir impulsando el voluntariado como la manera concreta de realizar hoy día las obras de misericordia, que están en el centro del programa evangélico.

    El maestro de la Ley del que habla el evangelio estaba interesado en saber qué tenía que hacer, y de la mano de Jesús va a encontrar la respuesta concreta (Lc 10,25-37). Al final experimenta  una invitación a salir de los estrechos moldes de la fe judía para acercarse a todo hombre sufriente y doliente. Jesús, mediante una historia inventada, va a poner patas arriba todos los planteamientos anteriores. En la Ley estaba muy claro quién era el prójimo. Era el perteneciente al pueblo de Israel. Es posible que algunos se abrieran tímidamente a los de fuera.

    Lo genial de Jesús es que define la proximidad no como un dato objetivo, que está ahí presente ante uno. Ser prójimo depende no del otro sino de mí mismo. Si soy capaz de acercarme al otro, existe el prójimo. Si estoy cerrado en mí mismo y en mis propios intereses, el prójimo no existe. Es lo que  nos puede ocurrir hoy día en Europa. Antes los africanos estaban relativamente lejos, y no digamos los hispanoamericanos,  y no nos inquietaban como prójimos. Hoy día viven entre nosotros, pero es muy difícil reconocerlos como prójimos porque no queremos acercarnos a ellos

    Los representantes de la religión judía, el sacerdote y el levita, ven al hombre en necesidad, uno de su propio pueblo, pero dan un rodeo y pasan de largo. No son capaces de hacerse prójimos, de acercarse y quedarse al lado del herido. En contraste con ellos, Jesús describe la conducta del samaritano, del extraño, del extranjero, como el modelo de cercanía a la realidad del hombre. El acercamiento a las personas viene de la capacidad de sentir compasión ante los males del otro. Es el corazón el que impulsa a acercarse a las personas y a hacer por ellas todo lo que está en nuestra mano. Los sentimientos de compasión del samaritano no se quedan en meros sentimientos sino que le llevan a tomar diversas medidas prácticas a favor del herido.

    Tan sólo una persona como Jesús, que siendo imagen de Dios invisible, ha sido capaz de acercarse al hombre malherido por el pecado (Col 1,15-20). Jesús es verdaderamente el Buen Samaritano en el que Dios se nos ha hecho cercano. Siguiendo sus huellas también la Iglesia hoy día, quiere ser  una Iglesia samaritana para tantos hombres que siguen cayendo en mano de los bandidos. Que la celebración de esta eucaristía haga de nosotros ministros de la compasión, capaces de curar las heridas de nuestro mundo.

     

     

     

     

     


  • Está cerca el Reino de Dios

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    3 de julio de 2016 – 14 Domingo Ordinario

     

     Hace ya más de veinticinco años que el Papa Juan Pablo II lanzó la llamada “nueva evangelización”. Hoy día la evangelización de los países tradicionalmente cristianos, no sólo no ha progresado sino que está francamente en retroceso. El papa Francisco ha querido abordar el tema en “La alegría del evangelio” en una perspectiva nueva. Hasta ahora se había insistido mucho, y con razón, en los cambios culturales de nuestro tiempo y en el nuevo tipo de persona a evangelizar. Pero últimamente estamos descubriendo que  el problema no está sólo en el hombre a evangelizar sino en la Iglesia que evangeliza. Por eso el papa Francisco ha esbozado todo un proyecto pastoral para toda la Iglesia. Se trata de renovar todas las estructuras para que estén al servicio de la evangelización. Sólo el que se ha encontrado personalmente con Cristo y ha experimentado la alegría de ver su vida transformada es capaz de no guardarse para él esa gran noticia sino que necesita comunicarla.

    La Iglesia sólo puede continuar la obra de la evangelización, iniciada por Jesús y sus apóstoles, en la medida en que es fiel al Evangelio recibido. Tan sólo la presencia de testigos creíbles puede hacer actual la Buena Noticia de Jesús. En cada época de la historia es el mismo Jesús el que sigue enviando a sus discípulos (Lc 10,1-12.17-20). Éstos deben asumir la misión de Jesús y no inventarse otro estilo de vida. Cada vez más estamos descubriendo que la Iglesia ha seguido muchas lógicas humanas y no las orientaciones de Jesús, reafirmadas en el Vaticano II.

    El contenido del anuncio evangélico es siempre el mismo: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Ésta es la buena noticia que porta la consolación a todos los oprimidos y afligidos (Is 66,10-14). La cercanía de Dios anuncia el final del sufrimiento y de la opresión. Dios va a intervenir a favor de su pueblo y a traerle la paz y la abundancia de bienes.

    La manera de realizar la misión repite las enseñanzas que Jesús había dado a los doce y muestran el estilo propio de la misión de Jesús. Como Pablo, cada uno puede decir: “Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6,14-18). Van de dos en dos para ser testigos creíbles de la experiencia que anuncian. La misión es siempre difícil pues uno se encuentra siempre indefenso como ovejas en medio de lobos. No se le permite al discípulo proveerse de los medios más necesarios para subsistir. Debe confiar en la Providencia y en la buena acogida de las personas a las que anuncian el Reino, que hacen presente mediante las curaciones. Pero no deben hacerse ilusiones, muchas veces serán rechazados.

    Los discípulos volvieron muy contentos de aquella misión porque hicieron grandes prodigios en el nombre de Jesús. El anuncio del evangelio significa, según Jesús, la ruina de Satanás. Pero la alegría del discípulo no debe basarse en los milagros que realizará sino porque le espera una gran recompensa en el cielo. Participar en la misión de Jesús significa también tener parte en su destino glorioso junto al Padre.

    La Iglesia se construye en torno a la Eucaristía como Iglesia misionera porque en ella pedimos al Padre que reúna a todos los hombres por medio de su Espíritu. En cada Eucaristía experimentamos que el Reino de Dios está cerca y que el Señor Jesús está viniendo a nuestro encuentro.

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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