• Piensas de manera humana

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    3 de septiembre de 2017 – 22 Domingo Ordinario

     

    Desde el principio la muerte de Jesús en la cruz fue la piedra de escándalo que echaba para atrás tanto a judíos como paganos. Anunciar a un crucificado era estar condenado al fracaso. Cuando Jesús anunció su pasión, Pedro se escandalizó y se opuso rotundamente (Mt 16,21-27). Mereció que Jesús le llamara nada menos que “Satanás”, es decir demonio tentador que se convierte en ocasión de tropiezo y escándalo. Poco antes Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. En su perspectiva puramente terrena era muy difícil de digerir el destino doloroso y escandaloso de un Mesías sufriente. Por eso Jesús ahora, en vez de llamarle, “Roca”, le llama piedra de tropiezo.

    Algunos testigos privilegiados de nuestra historia de salvación nos muestran cómo es posible transformar en fuente de vida el sufrimiento si lo vivimos con amor y nos abrimos al sufrimiento de los demás. Algunas veces no cabe más remedio que protestar ante Dios y quejarse de Él, dispuestos siempre a acoger su revelación y a descubrir que Él tiene la capacidad de transformar nuestras vidas aunque ello implique muchas veces el sufrir (Jeremías 20,7-9). Dios no quiere el sufrimiento y, sin embargo, no se lo evitó a su Hijo, al que tampoco le agradaba el pasarlo mal. La confianza amorosa en el Padre le daba la convicción de que Dios tenía la última palabra sobre la vida y la muerte y que esa palabra sería el amor. Eso le permite a San Pablo animarnos a ofrecer nuestras personas como una ofrenda viva (Rom 12,1-2)

    La locura de la cruz se manifestó, en efecto, como la gran sabiduría a través de la cual Dios salvó al mundo. Es posible que en nuestra historia la presencia del crucificado, al menos como espectáculo de Semana Santa, haya podido consolar a muchos y ayudarles a llevar su cruz. La cruz de Jesús ha transfigurado nuestras cruces pues ya no las llevamos solos sino que vamos en compañía de Jesús. Pero son muchos los que hoy sienten dificultad para cantar a ese Jesús del madero. Nuestra cultura esquiva la realidad del sufrimiento y de la muerte.

    La cruz, sin embargo, como resumen de todas nuestras debilidades, como el lado oscuro de nuestra existencia, nos acompaña constantemente. Todos queremos mostrar siempre a los demás el lado de luz de nuestras personas, nuestras capacidades y nuestros logros. Intentamos, en cambio, esconder nuestras sombras porque nos hacen vulnerables. El destino de Jesús, el pasar a través de la pasión para llegar a la resurrección, nos muestra el camino para transformar nuestras debilidades y fracasos, nuestras heridas e incluso pecados, en fuente de vida. La cruz de Jesús no puede ser nunca la justificación del dolor y de la opresión existentes en nuestro mundo. Al contrario, es la gran denuncia. Jesús asumió voluntariamente la cruz para que no haya ya más crucificados en nuestro mundo.

    Sólo perdiendo la vida, es decir, dándola, se llega a la verdadera vida. Cuando uno se empeña en perseguir la vida, en querer vivir a tope, muchas veces uno acaba echando a perder la vida. La vida está para darla. Es lo que experimentan sobre todo los esposos cristianos, pero también multitud de personas que tratan de vivir para los demás en vez de estar siempre centrados egoístamente en sí mismos. Que la participación en la eucaristía nos lleve a entregar la vida al servicio de los demás.

     

     


  • Tú eres el Hijo de Dios

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    27 de agosto de 2017 – 21 Domingo Ordinario

     

    La persona de Jesús sigue atrayendo el interés de nuestros contemporáneos, como lo prueban las repetidas películas. Pero este interés no pasa de ser anecdótico y representa una de tantas figuras famosas del pasado, como ya creían los contemporáneos de Jesús. Veían en Él una reencarnación de alguno de los grandes profetas como Jeremías o Juan Bautista. Por eso Jesús se encara con sus discípulos para que ellos den una respuesta personal y no simplemente aprendida en la historia o la catequesis.

    Fue Pedro el que entrevió y confesó el misterio de Jesús, el Hijo de Dios vivo. La respuesta de Pedro no era de las de manual sino inspirada directamente por el Padre. Aun así la continuación del evangelio mostrará que Pedro entendía el mesianismo de Jesús de una manera excesivamente política, como muchos de sus contemporáneos, que esperaban una liberación del poder de los romanos (Mt 16,13-20). Como ya el papa Benedicto insistía y el papa Francisco ha repetido nadie llega a ser cristiano porque ha leído el catecismo sino porque se ha encontrado personalmente con Cristo.  El que ha hecho esta experiencia se siente fascinado por Jesús, quiere vivir como él y está dispuesto a entregar su vida por él.

    Los creyentes necesitamos profesar comunitariamente nuestra fe, que nos une como Iglesia. Lo importante no son las fórmulas en sí sino la realidad a la que apuntan. Pedro dio una de esas confesiones de fe que presentan a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios. La fórmula tiene su sentido en el contexto del mundo judío y apunta a la especial vinculación de Jesús con Dios. De hecho las fórmulas cristológicas posteriores se irán concentrando en la filiación divina de Jesús. La respuesta de Pedro fue alabada por Jesús que la consideró una formulación directamente sugerida por Dios y no simplemente por la sabiduría del pescador de Galilea. Esta confesión de fe le valió a Pedro el ser la roca sobre la que Jesús construirá su Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. Este gesto fundacional coloca ya a Jesús en un puesto semejante al de Dios pues hace unas promesas sobre su comunidad que sólo Dios puede mantener.

    La fe de la Iglesia en Cristo Jesús ha mantenido siempre la realidad inseparable de su ser: verdadero Dios y verdadero hombre. La teología tradicional se preocupó sobre todo de la divinidad de Jesús, la investigación histórica más reciente ha ido descubriendo su realidad humana. Cada uno tendrá sus preferencias, pero siempre habrá que mantener ambos aspectos y sobre todo no querer condenar a los que dan formulaciones distintas a las mías, pero que quieren traducir esta doble dimensión del ser de Jesús. Es verdad que no todas las formulaciones son aceptables, pero debe ser el examen eclesial el que lo decida.

    No se entiende la realidad de Jesús si no se le reconoce como verdadero Dios. No basta decir que es un enviado de Dios o un mediador de salvación de parte de Dios. Jesús es la revelación definitiva de Dios al hombre, es decir la donación total de Dios al hombre. Jesús no sólo es el salvador sino que es la salvación. La salvación consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en la realidad de la vida divina. Por eso Jesús es objeto de nuestra fe. Y yo no puede creer en un simple hombre por más sublime que sea. Sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Si creo y pongo toda mi confianza en Jesús es porque Él es Dios. La celebración de la eucaristía actualiza la salvación en Cristo Jesús. Confesémoslo como nuestro Dios y nuestro Señor.


  • El pan de los hijos

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    20 de agosto de 2017 – 20 Domingo Ordinario

     

    Todavía hace cincuenta años el cristianismo era considerado como una religión occidental. La situación ha cambiado totalmente. Hoy día la mayoría de los cristianos viven en África y América Latina,  mientras que en occidente estamos en momentos bajos. Sin duda la Iglesia jerárquica sigue siendo mayoritariamente occidental y por el momento puede ser una garantía para la fe. La Iglesia no se rige por las normas de la representación democrática, pero está siendo cada vez más sensible a su presencia universal. La Iglesia es la institución más globalizada y con más experiencia de lo que sería una auténtica globalización de la compasión y no simplemente de la miseria.

    Hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos ( Mt 15,21-28). Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.

    La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. Los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros podían entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).

    El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que  hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.

    La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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