• Una muchedumbre de santos

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    1 de noviembre de 2018 – Todos los Santos

    Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. El Papa Francisco nos ha sorprendido al hablar de los santos de la puerta de al lado. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

     

     

     

     


  • Tu fe te ha salvado

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    28 octubre de 2018 -30 Domingo Ordinario

     

    Termina este domingo el Sínodo sobre “Los Jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, del cual se han tenido pocas noticias, sin duda para que los participantes pudieran trabajar sin verse condicionados por los medios de comunicación. Se ha sabido que el documento final tendrá como inspiración el episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) que ilustra el camino hacia la fe en el Señor Resucitado. Se quiere, en efecto que el Sínodo no sea el punto de llegada sino el punto de  partida para caminar con los jóvenes, abrir los ojos e irse sin demora.

    También Bartimeo, el ciego del que nos habla hoy el evangelio (Mc 10, 46-52) empezó a ver cuando creyó en Jesús: “Tu fe te ha salvado”. Creer es tener confianza en Jesús, en que él está vivo y actuando en nuestro mundo. Su amor misericordioso es capaz de llenar de sentido y de vida a toda persona que le abra el corazón y lo acoja.

    Se trata de encontrarnos con Cristo como Bartimeo, que se reconoce ciego y pide a Jesús que tenga compasión de él y le dé la vista (Mc 10,46-52). Él no puede ver  a Jesús, pero sabe descubrir su misterio. Jesús es el Hijo de David, el Mesías anunciado, que debe establecer una época de paz y felicidad, en la que el hombre se vea libre de las enfermedades que no le permiten realizar en plenitud su vocación humana. Jesús, al ver su fe, lo cura. Jesús hace presente la salvación para el pueblo afligido por tantos males, que le impiden ser feliz (Jer 31,7-9). Jesús puede comprender a los ignorantes y extraviados porque él mismo está envuelto en debilidades (Heb 5,1-6). Nuestro Salvador no es un superman, ajeno a nuestros problemas, sino que él los ha vivido en su propia carne. Por eso sólo en el misterio de Jesús se desvela totalmente el misterio del hombre.

    Ese misterio escapa al conocimiento puramente pragmático de la realidad que impera hoy tanto entre los jóvenes como entre los adultos. El problema, como ha señalado a veces el Papa, reside en el uso que hacemos de nuestra facultad intelectual, de nuestra capacidad de ver, de nuestra razón. Algunas culturas se han echado en brazos del irracionalismo que les impide discernir el verdadero bien y los peligros que nos amenazan. La tentación de la violencia para solucionar los problemas es la consecuencia de esa falta de racionalidad en la manera de abordar las situaciones difíciles. Al no creer en la razón, se niegan al diálogo como método para superar los conflictos.

    En el otro extremo, la cultura occidental ha caído en una especie de racionalismo estrecho que reduce la razón a su funcionamiento científico y tecnológico y le niega toda validez en los otros campos de la vida humana. La razón débil sumerge al hombre en el escepticismo y relativismo respecto a las grandes cuestiones de la vida individual y colectiva. Al no poder alcanzar la verdad, es muy difícil llegar a tener unos valores compartidos. Cada uno se orienta por su interés inmediato que identifica fácilmente con lo razonable. De esa manera se dificulta también el funcionamiento  de la democracia, que implica la búsqueda del bien común, sobre todo de los más desfavorecidos, la renuncia a la violencia, y la solución de los conflictos mediante el diálogo. Éste supone siempre unos valores compartidos.

    Necesitamos una razón abierta a la fe e iluminada por ella, que no dimite de su responsabilidad, pero que tampoco se erige en árbitro absoluto de la realidad, sino que se deja enseñar por ella. Abierta al misterio, como Bartimeo, también la razón alcanzará su curación y dejará de ser una razón débil, sin transformarse en razón fuerte, sino siendo sencillamente lo que es: apertura a la realidad total para acogerla con respeto. Que la celebración de la eucaristía, misterio de la fe, ilumine nuestras vidas y nos dé el gozo de ser creyentes.


  • Dar la vida por los demás

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    21 de octubre de 2018 – 29 Domingo Ordinario

    Este domingo es la Jornada de las Misiones. El papa Francisco en su mensaje “Junto a los jóvenes, llevemos el evangelio a todos”, nos anima a cambiar el mundo. Queda todavía una semana de “Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Es el momento de tomar decisiones. Sin duda la vocación comporta una misión. La fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía. En la convivencia entre los hombres de distintas edades, la misión de la Iglesia construye puentes entre las generaciones, en los cuales la fe en Dios y el amor al prójimo constituyen factores de unión profunda.

    La propagación de la fe se realiza por atracción. Eso exige corazones abiertos, dilatados por el amor.  El papa insiste en salir hacia las periferias. La periferia más desolada de la humanidad necesitada de Cristo es la indiferencia hacia la fe o incluso el odio contra la plenitud divina de la vida. Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas es siempre consecuencia del rechazo a Dios y a su amor.

    Los apóstoles vivieron con la ilusión de que Jesús era el Mesías político esperado por Israel y lógicamente algunos fueron tomando posiciones de cara al futuro reino. Santiago y Juan no tienen empacho en manifestar sus ambiciones a Jesús delante del grupo de los apóstoles (Mc 10,35-45). Piden los primeros puestos. No es de extrañarse que los demás discípulos se indignaran contra ellos, pues en el fondo tenían las mismas secretas esperanzas, que podían esfumarse si Jesús accedía a su petición.

    Jesús en un primer momento parece seguirles la corriente y les hace un pequeño examen sobre sus capacidades. Se trata ante todo de la fidelidad a su persona, de ser capaz de compartir su suerte, que va a ser un destino doloroso. Santiago y Juan ya no pueden dar marcha atrás y se declaran dispuestos a ir con Jesús hasta el fin. Jesús acepta esa promesa, pero les hace ver que en el Reino de Dios las cosas son muy diferentes de las de aquí.

    Con gran realismo Jesús describe la dinámica del poder. Por más que se insista en que es un servicio, el poderoso tiraniza y oprime a los súbditos, utilizándolos según sus intereses. Los tratados de filosofía y teología formulan el ideal la autoridad como un servicio del bien común, pero la realidad desmiente muchas veces esa ideología. Tan sólo Jesús, que es el verdadero servidor que da la vida en rescate por todos, ejerce una autoridad que no oprime sino que libera. La entrega de su vida le permite solidarizarse con todos los que sufren, con todos los oprimidos. Así puede compadecerse de nuestras debilidades (Hb 4,14-16), porque las ha experimentado en su propia carne. Jesús es uno como nosotros. No ha vivido una existencia idílica sin problemas, sino que, por el contrario, ha hecho suyos los problemas de los demás. Así ha tocado el fondo de la condición humana sufriente y doliente. Por eso puede echarnos una mano. Es capaz de descender hasta el abismo de nuestro pecado, sin abandonar su fidelidad a Dios.

    Esta solidaridad con los que sufren es redentora (Is 53,10-11). No se trata de que Dios quiera el sufrimiento de sus hijos o que el hecho de sufrir sea en sí mismo redentor. Más bien hay que entender la palabra del profeta en el sentido de que Dios ha aceptado el sufrimiento de su siervo, o mejor ha acogido con amor a su siervo sufriente, figura de Jesús. Lo ha acogido con amor porque ha visto el amor solidario que existía en el corazón del siervo, en el corazón de Jesús. Es ese amor el que nos salva y nos redime.

    Tan sólo una Iglesia solidaria con los pobres y con los que sufren será una Iglesia creíble. En la celebración de la eucaristía Jesús actualiza su entrega en rescate por todos. Que cada uno de nosotros sea capaz de ir hacia los últimos, hacia las víctimas del poder en nuestras sociedades para darles la liberación de Jesús.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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