• Dios nos eligió en la persona de Cristo

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    5 de enero de 2020 – 2º Domingo después de Navidad

                

    El misterio de Navidad nos hace volver a lo esencial de nuestra fe, a aquello que no debemos olvidar nunca, a aquello que debe marcar nuestra vida y ayudarnos a situar las demás verdades de la fe que profesamos. Se trata del misterio de la cercanía de Dios, una cercanía amorosa, llena de ternura y de misericordia. El papa Francisco invita a la Iglesia a salir al encuentro del mundo, sobre todo de los pobres. Para ello ha indicado los pasos del camino de seguir, inspirándose en el actuar de Dios manifestado en Jesús.

    Dios se hace carne, asume nuestra fragilidad y pone su tienda entre nosotros (Jn 1,18). Así puede caminar con nosotros. También la Iglesia “camina” con el mundo. La Iglesia no sólo es la casa de Dios, sino que es también la tienda que se puede plantar y alzar para acompañar al mundo en su peregrinación. Caminando al compás del mundo, la Iglesia debe “fructificar”, dar los frutos del Espíritu de Dios. No puede ser una higuera estéril que merezca ser cortada porque ocupa un lugar inútilmente. Y cuando se produzcan y recojan los frutos hay que “festejar”, como hacemos en Navidad. Jesús es el fruto del Padre, pero también de la humanidad que lo acoge en María.

    La cercanía de la Iglesia a los hombres, sobre todo a los más pobres, manifiesta esa cercanía de Dios. Dios entrando en nuestro mundo no ha perdido su gloria, al contrario. La gloria de Dios se ha revelado en Jesús, lleno de gracia y de verdad. “La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo). Gracias a la encarnación, la Palabra de Dios se hace visible y podemos ver a Dios. Podemos ver a Dios en todas las criaturas y en la historia humana, que es historia de salvación. Dios mismo sigue haciendo la Historia  a través de nuestras pequeñas historias.

    Dios ha querido habitar con los hombres (Eclo 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo han podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano, sino al contrario de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

    El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. Cuando uno en el silencio y en la reverencia de lo sagrado entra en su santuario interior del corazón, descubre no sólo que allí está Dios sino que su ser de hombre está creado a imagen de Dios. Descubre que los deseos infinitos de felicidad que existen en su corazón sólo se pueden satisfacer con el encuentro personal con alguien que nos ama incondicionalmente desde toda la eternidad y por eso nos ha traído a la existencia. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho hijos suyos en el Hijo.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     


  • El Señor te conceda la paz

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    1 de enero de 2020 – Santa María Madre de Dios

     

    Os deseo a todos un Feliz Año 2020, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Acabamos de dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. El problema doloroso de los refugiados y emigrantes, los diversos conflictos armados, las revueltas sociales que se agudizaron los últimos meses en Hispano-América, la cumbre mundial sobre el clima en Madrid, siguen mostrando que queda mucho por hacer. Por eso el papa Francisco ha escrito un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”. Os invito a leerlo y os resumo algunos de sus puntos.

    Con realismo el Papa trata en primer lugar de la paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas. La esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables. La paz no puede basarse en el miedo de manera que  incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria. Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca.

    La paz supone un camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad. Las sobrevivientes a los bombardeos  atómicos Japón ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras. No se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común.

    El Papa abordará también los temas de “la paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna”; “la paz, camino de conversión ecológica”; “se alcanza tanto cuanto se espera”. Nosotros volvemos nuestra atención a la Palabra de Dios en esta solemnidad de la Madre de Dios.

    Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.

    María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. Que la celebración de la eucaristía haga de  nosotros educadores de justicia y  de paz. Feliz Año.

     


  • Por encima de todo, el amor

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    29 de diciembre de 2019 – La Sagrada Familia

     

    El papa Francisco en la exhortación postsinodal, “La alegría del amor”, ha marcado la nueva hoja de ruta de la pastoral familiar. Sin duda la Iglesia sigue manteniendo la doctrina evangélica del matrimonio cristiano de un hombre y una mujer que se comprometen a vivir en amor fiel toda su vida. Es ese ideal al que no debemos renunciar. Pero, ante las nuevas situaciones que van apareciendo, la Iglesia tiene que acercarse a ellas para acoger, acompañar, discernir, aconsejar y ayudar. Y todo con misericordia. Sin duda la esencia de la familia es el amor incondicional.

    Ese amor no es monopolio de los cristianos sino que todas las personas están abiertas al amor y cada tipo de familia trata de vivir ese amor en la medida en que las circunstancias y condicionamientos se lo permiten. En el centro de la pastoral familiar están las personas concretas a las que hay que respetar y no querer imponerles ningún tipo de ideología.

    La Sagrada Familia ilumina los valores de la familia humana y cristiana en la medida en que nos permite comprender la aventura humana de Jesús. Los padres no sólo traen los hijos al mundo sino que se desviven por ellos para ayudarles a ser personas adultas, que pueden asumir libremente su propio destino. Eso es lo que hicieron José y María con Jesús.

    No son los padres los que deciden el camino de los hijos. Eso es verdad sobre todo en el caso de Jesús, pero debiera también serlo en los demás casos. El niño es ya una persona que hay que respetar. El camino de Jesús está marcado por la intervención de Dios, que manifiesta su voluntad a través del ángel y de las circunstancias de la vida. José y María obedecen la voluntad de Dios respecto a ese niño. También los padres debieran ser capaces de descubrir y ayudar al niño a descubrir cuál es el proyecto que Dios tiene sobre él (Col 3, 12-21). Ese respeto al niño no debe llevar a una indiferencia respecto a la fe y a los auténticos valores humanos que hay que transmitir al niño. Tan sólo un ambiente familiar en el que se viven los verdaderos valores y se transmite el sentido de la vida es capaz de formar personas maduras y libres.

    En Jesús se concentra toda la historia del pueblo de Dios (Mat 2, 13-15. 19-23). En cierto sentido tiene que revivir todas las experiencias de este pueblo para poder salvar al pueblo concreto que lleva sobre sí el peso de su pasado. El pueblo de Dios vivió en la opresión y en la persecución y Jesús va a revivir en su carne esa persecución. Siempre existirá el Herodes de turno que oprime al hombre. Pero siempre habrá un Dios dispuesto a liberar a su hijo. Todo empezó con la llamada que Dios hizo a su pueblo a salir de Egipto. Entonces salió de la esclavitud para pasar al servicio de Dios. Es este servicio el que lo constituye como pueblo libre. Es la relación con Dios la que hace que una persona sea un ser libre. Responsabilidad de los padres es ir preparando a sus hijos para esta libertad.

    No es fácil vivir en libertad. Está siempre amenazada por los poderosos de este mundo. Abandonar Egipto no supone automáticamente encontrar la libertad. José tiene que hacer diversos tanteos para asegurar una existencia libre y en paz. De nuevo es Dios el que mueve los lazos de la historia de manera que se realice su proyecto. Para escapar del sucesor de Herodes que reinaba en Judea, José tiene que confinarse en los márgenes del país. Tiene que ir a la Galilea de los gentiles. Vivirá en Nazaret. Así Jesús puede incorporar a sí toda la historia marginal de todos los pueblos del imperio romano. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a construir una Iglesia cada vez más mariana, más femenina, más acogedora, más familiar.

     

     

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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