• Vosotros sois la sal de la tierra

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    9 de febrero de 2020 – Quinto Domingo Ordinario

     

    La Iglesia ha querido ser siempre y al mismo tiempo madre y maestra de los hombres. Estos la escuchan mejor cuando se muestra como madre que cuando pretende ser maestra. Sin duda la Iglesia está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. El papa Francisco ha adoptado una nueva manera de proponer la verdad haciéndola atractiva para todos a través de la escucha y el diálogo. También muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad. El papa Francisco no ha cambiado las verdades de fe,  pero las propone con amor y misericordia, sin rebajar en nada el ideal cristiano.

    Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

    El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

    Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

    No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

    Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

     


  • Luz de las naciones

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    2 de febrero de 2020 – La Presentación del Señor

    Poco a poco el pueblo judío va reconociendo a Jesús como a uno de los suyos. No lo consideran desde luego el Mesías ni uno de los profetas, pero van abandonando su hostilidad contra él, en la medida en que también los cristianos vamos tratando de superar nuestro tradicional antisemitismo. Jesús fue causa de división entre sus conciudadanos (Lc 2,22-40). Vivió, sin duda, como un judío de su tiempo, aunque no respetara las minucias de algunos grupos judíos. Tampoco todos los judíos de su tiempo, sobre todo los que vivían en Galilea, las respetaban.

    Toda vida es un don de Dios. La de Jesús lo es de manera especial y María es consciente de ello. Cuando lo presenta en el templo, reconoce que ese niño le ha sido dado por Dios y hay que ofrecerlo a Dios. En esa ofrenda, María presenta a toda la humanidad, con la que Jesús se ha hecho solidario. Liberados del miedo de la muerte, podemos responder libremente al amor de Dios en Cristo Jesús (Heb 2,14-18).

    La importancia de ese momento, que cambiaba la forma del culto a Dios, al que no se le ofrecerán ya más palomas sino el único sacrificio de Cristo, fue percibida claramente por Simeón.  Durante su larga vida había esperado la realización de las promesas de salvación y ahora las ve cumplidas. En Jesús Dios ha dado su “sí” amoroso incondicional a la humanidad y Simeón se siente en los brazos de Dios precisamente cuando toma al niño en sus brazos. Simeón intuye con claridad el destino de ese niño que es el Salvador de todos los pueblos. Su vida y su muerte van a ser signos de contradicción. Ante Él nadie puede quedarse indiferente sino que tiene que tomar una decisión. En ella nos va la vida o la ruina.

    La misión de Jesús desborda los límites de su pueblo y se abre a todas las naciones. Jesús es un hombre universal, patrimonio de toda la humanidad, uno de los mejores frutos de su pueblo, Israel, al que la humanidad debe tanto. Jesús es la luz de los pueblos, de todas y cada una de las personas que se encuentran con él, como Simeón y Ana. “Quien cree en él no camina en las tinieblas sino que tiene la luz de la vida”. Nosotros somos portadores de esa luz. No somos un sol capaz de disipar toda la oscuridad existente, pero al menos somos una pequeña lámpara que puede mostrar el camino a seguir.

    En Jesús se realiza la profecía del mensajero de Dios que viene a preparar su venida (Mal 3,1-4). Jesús es el enviado de Dios, el profeta definitivo, el mensajero de la alianza con Dios. En Cristo Dios se ha dado totalmente al hombre y éste ha dado la respuesta de amor que Dios esperaba de él.

    La misión del mensajero es presentada como una purificación de los ministros del culto en el que el hombre se une a Dios. Jesús será el sumo y eterno sacerdote que presentará al Padre la ofrenda de su vida, que Dios aceptará complacido, perdonando a los hombres. Hoy la Iglesia celebra la Jornada de la Vida Consagrada. Hagamos nuestra la petición de Adela de Trenquelléon, fundadora junto con el Beato Chaminade de la Familia Marianista: “Presenta, oh Madre, a tus hijos, junto con tu primogénito”.

     


  • Convertíos porque está cerca el Reino de Dios

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    26 de enero de 2020- Tercer Domingo Ordinario

     

    La Familia Marianista ha celebrado la fiesta de sus Fundadores, los Beatos Guillermo José (22 de enero), y Adela (10 enero). Ambos fueron personas apasionadas por Jesús y por el Reino. Ambos vieron cómo el régimen de cristiandad se hundía en Francia con la Revolución (1789) y dedicaron todos sus esfuerzos a reconstruir el tejido social de la Iglesia como instrumento al servicio del Reino.

    El Reino comporta una transformación de la realidad, un paso de las tinieblas a la luz: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3). Son precisamente los que viven en las tiniebla de la opresión y de la miseria los que experimentarán la luz del Reino. El Reino se hace presente en Jesús, en su persona, en sus palabras y en sus acciones. La persona de Jesús encarna el Reino. Dios se nos comunica en Cristo Jesús que comparte con nosotros su intimidad personal trinitaria. Esa vida es el Reino, vida que se hace presente ya ahora en la historia de los hombres que se convierten y cambian de vida. Uno cambia de vida cuando deja de pensar cómo ganar más dinero y se preocupa, en cambio, de hacer de todos los hombres la única familia de Dios. Cuando Dios reina, todos somos hermanos.

    El Reino se hace presente en la predicación de Jesús. Sus palabras son como un grande exorcismo que echa afuera los poderes que usurpan la soberanía de Dios. Sus palabras infunden una esperanza nueva en el corazón de los hombres. El evangelio es buena noticia de la cercanía y del amor de Dios. Son palabras de consuelo que curan los corazones afligidos que suspiran porque Dios haga justicia en el mundo. Las palabras de Jesús hablan de una nueva oportunidad para el pecador. Es posible rehacer la vida y empezar de nuevo en amistad con Dios.

    El Reino se hace presente en las obras de Jesús que muestran la transformación individual y social que trae el reino. Los diversos tipos de curaciones son el signo de que Dios actúa a favor de la felicidad del hombre. Dios no reina para sus propios intereses sino que busca el bien de sus hijos.

    El Reino se hace presente en la comunidad de los discípulos (Mt 4,12-23). La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.

    La Familia Marianista está convencida de que su carisma un don para el bien de toda la Iglesia y quiere ser fermento de unidad y de reconciliación en este mundo dividido (1 Cor 1,10-13.17). No quiere ser un grupo selecto aparte sino que quiere colaborar con todos a la renovación de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, necesita cambio, reforma. El Papa Francisco nos está indicando cuál es el camino concreto de ese cambio. Se trata de pasar de una Iglesia en la que la jerarquía lleva la voz cantante y los demás obedecen callados, a una Iglesia en la que todos somos miembros activos y corresponsables en la misión. Pidamos al Señor en la eucaristía que seamos testigos de su Reino saliendo al encuentro de nuestros hermanos los hombres.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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