• Jesús los fue enviando

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    11 de julio de 2021 – 15 Domingo Ordinario

    Una Iglesia en salida, es lo que el Papa Francisco nos está recordando para que no nos olvidemos de nuestros orígenes. Jesús envió a sus discípulos a las periferias sociales de su tiempo. Los envió a la intemperie para ser ese hospital de campaña en el que se atiende a todos los maltratados por la vida. A los poderes políticos les gustaría que la religión se mantuviera en  la esfera de la vida privada y que no intervenga en la vida pública del país, salvo que apoye las opciones políticas que representa el poder de turno.  Como argumento se suele esgrimir la laicidad del estado, indiferente en materia de religión. Es la antigua visión del liberalismo doctrinario que sigue vigente en nuestro mundo neoliberal. Como al profeta Amós, las autoridades repiten: “no vuelvas a profetizar” (Am 7,12-15), no te metas en  los asuntos sociales pues de eso sólo entendemos los gobernantes y sus asesores. El conflicto es tanto más llamativo en el caso del profeta, pues la prohibición viene del sacerdote encargado del santuario del palacio real. Está claro que en el santuario real tan sólo se deben oír palabras que halaguen a las autoridades, que hagan la alabanza de la política reinante.

    El profeta desgraciadamente suele poner en cuestión la situación política del momento porque suele ser profundamente injusta, sobre todo con los pobres y los marginados. El profeta se defiende mostrando que no son los propios intereses o los intereses del rey de Jerusalén los que él está defendiendo en el reino vecino de Samaria. No es profeta por decisión propia, sino profeta a su pesar. Ha sido el Señor el que le sacó de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos para destinarlo a confrontarse con las autoridades políticas y religiosas.

    Jesús envió a sus apóstoles a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta Buena Noticia no es una doctrina espiritual que afecta tan sólo a la salvación del alma en el otro mundo. Es una fuerza que pone en cuestión la realidad presente y abre el futuro de Dios que quiere la felicidad del hombre. Para ello es necesario organizar la sociedad de otra manera. Sin duda los apóstoles no hicieron política partidista sino que siguieron las orientaciones de Jesús que muestran todo un estilo de actuación alternativo al de los políticos y poderosos de este mundo.

    La fuerza de la Iglesia viene del Evangelio y no del despliegue de medios humanos (Mc 6,7-13). En este sentido Jesús envía a sus apóstoles a la buena de Dios, totalmente desguarnecidos ante las instancias humanas, confiando tan sólo en Dios y en la bondad de la gente. Jesús cree en las personas y, aunque sabe que no siempre acogerán a sus mensajeros, está convencido que donde una puerta se cierra otra se abre. Por eso les da un consejo muy sabio: no hay que empeñarse en regar el asfalto con la esperanza de que broten flores. Donde el evangelio no es acogido, lo mejor es marcharse a otro lugar donde estén más dispuestos a acoger al Señor. Han sido los rechazos y persecuciones los que han favorecido la difusión del cristianismo, que ha buscado siempre nuevos destinatarios de la misión.

    La Iglesia no está empeñada en el anuncio del evangelio por propio gusto o interés. Lo hace por mandato de Cristo. Lo hace convencida de que el anuncio de Cristo es buena noticia para todo hombre de buena voluntad que se abre al plan de Dios (Ef 1,3-14). Cristo no le quita nada al hombre sino que le ayuda a encontrar sus verdaderas dimensiones que lo introducen en la realidad misma de Dios, como hijos suyos. La Iglesia en su anuncio debe ser fiel a este evangelio que valora todo lo humano y lo lleva a cumplimiento. Desgraciadamente son muchos los que tienen la impresión de que, a veces, las intervenciones de la Iglesia no son Buena Noticia, sobre todo para los pobres y marginados. Más bien parecen malas noticias que quieren imponer leyes y cargas sobre las personas que están ya suficientemente agobiadas. Tan sólo si el evangelio es verdaderamente liberador y curativo será creíble. Que la celebración de la eucaristía haga de su Iglesia una comunidad que ha experimentado la liberación interior y la hace presente en nuestro mundo.


  • Nadie es profeta en su tierra

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    4 de julio de 2021 – 14 Domingo Ordinario

     El papa Francisco ha suscitado como ningún otro papa el interés de creyentes y no creyentes. Pero también ha provocado una oposición más o menos declarada de sectores eclesiales y eclesiásticos que no están de acuerdo con su línea. Se le acusa de cambiar la doctrina católica, sobre todo en lo tocante al matrimonio cristiano, cuando en realidad lo único que está haciendo es querer renovar la pastoral de la Iglesia. Al final será también signo de contradicción para unos y otros, aunque por diversos motivos. A unos les parecerá revolucionario y a otros inmovilista.

    También Jesús como los demás profetas experimentó la oposición de la gente (Ez 2,2-5). En general se piensa que los profetas son innecesarios. Cada uno puede saber lo que Dios quiere de él sin necesidad de intermediarios. Y, sin embargo, Dios a lo largo de toda la historia de la salvación ha elegido sus mediadores a través de los cuales ha hablado y actuado. Muchas veces esos intermediarios no eran mejores ni superiores a las personas a las que hablaban. Dios no los ha elegido por sus cualidades, sino por pura gracia.

    Los contemporáneos de Jesús tienen razón en señalar su origen modesto. No se ve por qué Dios se tenía que fijar en él (Mc 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2 Cor 12,7-10).

    Los profetas están condenados a predicar en el desierto, a confrontarse con la incredulidad de los contemporáneos, a verse desprestigiados, rechazados e incluso perseguidos y eliminados. El éxito no importa. Lo importante es que la Palabra de Dios resuene en el mundo. Se sabrá que hay profetas, que hay personas que hacen presente a Dios en este mundo unidimensional. El éxito de la palabra no depende del profeta sino del hecho de que es Palabra de Dios, es decir, una fuerza de salvación para el creyente. La Palabra realiza lo que anuncia. Por eso hay que seguir anunciando a Jesús, aunque tengamos la impresión de que predicamos en el desierto. La Palabra se abrirá camino en el corazón de los hombres.

    Hay que tener fe en la Palabra y creer también en el hombre. La incredulidad no es el patrimonio de unos pocos, como tampoco lo es la fe. Fe e incredulidad conviven en el corazón de cada uno. Tan sólo la escucha de la Palabra y la adhesión a Dios son capaces de ir transformando nuestro corazón y haciendo que seamos menos incrédulos. Toda la Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a ser profetas en nuestro mundo, a través de nuestras palabras, pero sobre todo a nuestras obras. Éstas deben ser como el sacramento que hace presente a Dios en nuestro mundo. No cabe duda que son las obras de misericordia las que mejor hablan de Dios y lo hacen presente.

    Ser profetas no significa tener la capacidad de adivinar el futuro. Significa más bien ser capaz de leer e interpretar los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está constantemente interpelando y provocando. Los creyentes sabemos que a través de todos los acontecimientos, buenos a malos, Dios nos quiere decir algo. El Espíritu del Señor, que habita en nosotros, nos ayuda a descifrar los signos del paso de Dios por nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestra adhesión al Señor Resucitado y nos haga testigos suyos.


  • Hija, tu fe te ha salvado

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    27 de junio de 2021 – 13 Domingo Ordinario

    Desgraciadamente la violencia machista sigue a la orden del día. No hace falta ser feminista para darse cuenta de que muchas normas sociales que todavía regulan la vida de la mujer, en la sociedad y sobre todo en la Iglesia, han perdido su vigencia social pues hablan de una realidad ya caduca.  La fe tiene que estar atenta a este hecho y el papa Francisco está intentando ir cambiando la situación, aunque a muchos les parecerá que los pasos dados son muy tímidos. Las estudiosas de la Biblia  nos han abierto una nueva visión de la realidad contemplada con ojos de mujer. Nos han mostrado cómo Jesús con las únicas personas con las que no tuvo problemas fue con las mujeres,  a las que siempre defendió y presentó como verdaderos modelos de fe y de actuación social. Es el caso del evangelio de hoy, que nos cuenta la curación de una mujer y la resurrección de una niña (Marc 5,21-43).

    La niña no tiene iniciativa propia por estar en las últimas y además ser menor. Morirá a los doce años, los que la mujer llevaba enferma, sin poder vivir en plenitud. La resurrección de la niña sirve para encuadrar la curación de la mujer con un flujo de sangre, que es el verdadero centro de interés del evangelio. Por supuesto es un hombre, Jairo, jefe de la sinagoga el que al principio lleva la voz cantante. Se destaca de la multitud para pedir a Jesús la curación de su hija. Pero pronto se sumerge en el grupo.

    El protagonismo lo asume entonces una mujer, de la cual no se nos dice el nombre. Se identifica prácticamente con su enfermedad, que traduce sin duda su incapacidad para actuar en la vida, no sólo en la pública sino también en la privada. Como mujer, tiene que permanecer anónima entre la multitud de los que siguen a Jesús y de ninguna manera puede ser ella la que se dirija a hablar a un hombre. El evangelio no ignora las circunstancias sociales de su tiempo pero muestra cómo se pueden ir cambiando.

    La mujer enferma no puede hacer nada exteriormente que le dé visibilidad, que le dé iniciativa social. El evangelio, sin embargo, mostrará que la verdadera actividad transformadora procede de la fe, que es igualmente accesible a hombres y mujeres. De hecho nuestros evangelios propondrán a María de Nazaret como modelo de fe y de dedicación a Dios y a los hombres. Pero no sólo a ella sino también a otras muchas mujeres, unas con nombres propios, otras que han permanecido en el anonimato como ésta.

    Esta mujer aparece no sólo como modelo de fe sino también como una mujer inteligente que sabe aprovechar las circunstancias para lograr lo que quiere. Frente a ella los discípulos son un tanto simplistas. Interpretan la realidad de una manera demasiado convencional. Creen que no tiene sentido el que Jesús se pregunte quién le ha tocado cuando va todo el tiempo apretado por la masa. Jesús, sin embargo, sabe distinguir entre toque y toque. Ha habido sólo una persona que ha sabido tocarlo, que ha sabido expresar a través del roce de su manto su fe en él. Era una mujer.

    La mujer pretendía sin duda pasar ignorada pues no tenía derecho a hacerse visible socialmente. Es Jesús  el que le da esa visibilidad social. Interpelada por Jesús, ella puede dar el paso adelante, sabiendo que no está invadiendo la esfera de los hombres, porque Jesús estaba precisamente abatiendo las barreras sociales. Lo que salva a la persona no es simplemente el roce físico sino el saber tocar con fe. Aprendamos a recibir con fe a Jesús en la eucaristía.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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