• Al servicio de la misión

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    22 de octubre de 2023 – 29 Domingo Ordinario

    En nuestro país hoy día la mayoría considera normal la separación de la Iglesia y el estado.  Es verdad que para algunos separación significa oposición y en último término imposición de uno de los dos. Pero en general se busca la colaboración al servicio de los ciudadanos, sobre todo de los más pobres. Más difícil es en el estado la separación entre el poder político y el económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final lo condenará a muerte.

    En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

    Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

    Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

    Hoy es el Día de las Misiones. En su mensaje «Corazones ardientes, pies en camino», el Papa comenta la escena de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Hoy como entonces, el Señor resucitado es cercano a sus discípulos misioneros y camina con ellos, especialmente cuando se sienten perdidos, desanimados, amedrentados ante el misterio de la iniquidad que los rodea y los quiere sofocar. El Señor es más grande que nuestros problemas, sobre todo cuando los encontramos al anunciar el Evangelio al mundo, porque esta misión, después de todo, es suya.

    Después de haber escuchado a los dos discípulos en el camino de Emaús, Jesús resucitado comenzó a explicarles las Escrituras que iluminan su misterio. Jesús, efectivamente, es la Palabra viviente, la única que puede abrasar, iluminar y trasformar el corazón.

    Alrededor de la mesa, los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron cuando Él partió el pan. El elemento decisivo que abre los ojos de los discípulos es la secuencia de las acciones realizadas por Jesús: tomar el pan, bendecirlo, partirlo y dárselo a ellos. Y, por eso, cada discípulo misionero está llamado a ser, como Jesús y en Él, gracias a la acción del Espíritu Santo, aquel que parte el pan y aquel que es pan partido para el mundo.

    «La imagen de los “pies que se ponen en camino” nos recuerda una vez más la validez perenne de la misión ad gentes, la misión que el Señor resucitado dio a la Iglesia de evangelizar a cada persona y a cada pueblo hasta los confines de la tierra. Hoy más que nunca la humanidad, herida por tantas injusticias, divisiones y guerras, necesita la Buena Noticia de la paz y de la salvación en Cristo».

    Apoyemos a las misiones y a los misioneros con nuestra oración y nuestros donativos. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría para testimoniar ante el mundo el Evangelio de Jesús.


  • Invitados a la boda

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    15 de octubre de 2023 – 28 Domingo Ordinario

    Una buena parte de nuestros contemporáneos está cayendo en el olvido espiritual. No tenemos nada contra Dios, contra lo profundo, contra el espíritu. Al contrario nos gustaría poder cultivar esas realidades, pero no tenemos tiempo. Estamos habitualmente demasiado ocupados para que esas realidades aparezcan en las pantallas de nuestro radar. Simplemente tenemos la atención acaparada por las películas de la tele, los deportes, las compras y las fantasías que todo ello produce.  

    A veces es una suerte ser invitado a determinado acontecimiento, otras veces lo consideramos aburrido, pero no hay más remedio que ir. También Dios, como el rey de la parábola, nos invita al banquete de la vida (Mt 22,1-14). Todos nos sentimos llamados a vivir, pero son pocos los que se sienten llamados y elegidos a vivir la vida misma de Dios, la vida del Reino. Los invitados de la parábola tienen negocios más importantes que ir a un banquete de boda.

    Jesús, en esta parábola, como en las de los anteriores domingos, interpreta la historia de Israel. Pero esta palabra es siempre viva y eficaz e interpreta también nuestra historia. Nuestro mundo actual pasa de la religión, al menos de la religión vivida en comunidad eclesial. Le resulta aburrida y encuentra mucho más atractivos sus negocios y diversiones. De esa manera nos centramos cada vez más en las cosas e instrumentos y olvidamos las relaciones personales. Cada vez nos cuesta más dedicar tiempo a las personas, aunque se trate de ir a una celebración festiva. Y desde luego, casi nunca tenemos tiempo para prestar atención a nuestra vida y situarla ante Dios. El encuentro con las personas nos desinstala y nos hace salir de nosotros mismos.

    Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad.  Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

    Cuando uno ha decidido aceptar la invitación a las bodas del Reino, uno tiene que asumir la responsabilidad y las exigencias que comporta. No se puede vivir de cualquiera manera. No se puede presentar uno sin el traje de bodas. Es ahí donde el evangelio pone el dedo en la llaga. La mayoría de nosotros hemos aceptado esa invitación en nuestro bautismo y tratamos de ser coherentes con lo que significa. Pero nos damos cuenta de que no estamos a la altura de las circunstancias y de que tenemos necesidad de una conversión continua.

    Estamos llamados a trabajar al servicio de la vida, de toda vida, sobre todo de aquella que se ve más amenazada y excluida. El mundo actual está montado sobre la exclusión de la mitad de la humanidad. Hagamos en torno al banquete de Jesús una gran mesa a la que puedan sentarse todos nuestros hermanos para poder celebrar la salvación de nuestro Dios. Respondamos con generosidad a la invitación que el Señor nos hace a volver a nuestros orígenes y experimentar un nuevo nacimiento.


  • La herencia cristiana

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    4 de octubre de 2020 – 27 Domingo Ordinario

    El hombre moderno se ha adueñado del planeta y ejerce sobre él un dominio despótico, habiendo interpretado mal el mandamiento de Dios de dominar la tierra. Dios en realidad encarga al hombre el cuidado de la tierra. El papa Francisco no se cansa de recordarlo y de nuevo lo acaba de hacer en la encíclica Laudate Deum, recién publicada. En ella prolonga sus reflexiones sobre la ecología integral, abordada ya en Laudato Si’ (2015).

    La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado también a él. Nuestro mundo en cierto sentido ha llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).

    El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Jesús. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Nuestra cultura y convivencia democrática se basa en una serie de valores compartidos que tienen un indudable origen cristiano, aunque lo hayamos olvidado. El olvido de la historia nos puede llevar a repetir los mismos errores del pasado. San Pablo recuerda esos valores: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).

    ¿Pero pueden esos valores seguir floreciendo desarraigados de la tierra en que crecieron? ¿Podemos quedarnos con la herencia del cristianismo sin querer ser y vivir como cristianos? La historia está mostrando cómo al perderse el sentido de Dios se pierde también el sentido del hombre. Querer organizar la sociedad como si Dios no existiera lleva a organizarla como si el hombre no existiera. La vida social y económica entonces ya no está al servicio del hombre, de todos los hombres, sino al servicio del lucro y ganancia de unos pocos.

    ¿Por qué tiene miedo el mundo a Cristo? Algunos ven en Él una amenaza para la libertad del hombre. Es verdad que muchas veces en nombre de la fe cristiana la Iglesia se ha opuesto a las verdaderas libertades. Es necesario pedir perdón por ello y evitar que se repitan esas situaciones. Jesús es sin duda el heredero del Padre, pero no es un heredero egoísta sino que ha hecho de todos nosotros, sus hermanos, coherederos del Reino. El no nos quita nada, sino que al contrario nos da todo lo que tiene. No tengamos, pues, miedo. Abramos las puertas al Redentor. Abramos también las puertas a todos los hombres. No tengamos miedo  pensando que pueden quitarnos la herencia del bienestar que hemos construido con nuestros sudores.

    Celebrar la eucaristía significa sentarse todos a la misma mesa en torno a Jesús, modelo de la humanidad nueva y redimida, que nos libera de todo lo que de inhumano hay en el mundo y en la historia. Colaboremos con él para implantar ese Reino nuevo centrado en el hombre, como hijos de Dios y hermanos en Cristo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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