• Mi sangre derramada por todos

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    2 de junio de 2024 – Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

    Jesús, como buen judío, vivió en una cultura en la que no estaban permitidas las imágenes ni de personas ni de animales. La religión cristiana tardó años en representar su figura, inspirándose para ello en las imágenes del imperio romano. Gracias a Dios, Jesús tuvo la genialidad de autoretratarse en una escena, en un gesto profético que resumía su vida y su muerte: la Última Cena. Este signo será un memorial perpetuo que, no sólo nos recordará, sino que hará presente la vida y la muerte de Jesús. Su muerte no será una condena sino más bien el don de su vida a favor de los demás (Mc 14,12-26). Así se realizaba lo que Dios y el pueblo estuvieron anhelando a través de la historia, la alianza perpetua y definitiva.

    A través de la alianza se entra en una comunión amorosa y familiar con Dios. La manera privilegiada en el Antiguo Testamento para entrar en comunión era el ofrecer un sacrificio de comunión. A través de los sacrificios y ofrendas, el creyente expresaba su deseo y disponibilidad a entrar en la alianza que Dios le ofrecía. Esa comunión quedaba sellada con un banquete en el que Dios mismo participaba, pues Dios es el origen de la vida y del alimento que mantiene esta vida (Ex 24,3-8). También Jesús estaba celebrando la cena pascual cuando instituyó la eucaristía. La vida viene representada por la sangre, que es el principio vital, con la que se realiza la aspersión del pueblo. El pueblo tiene vida entrando en la alianza con Dios. El cristiano tiene vida participando en la eucaristía porque en ella Jesús se nos da como alimento.

    No se trata de un simple ritual que crea automáticamente la comunión con Dios. Tan sólo el amor es capaz de unir. Ese amor se expresa en el don de la vida. Los sacrificios del Antiguo Testamento apuntaban al don de la propia persona. Desgraciadamente los hombres prometemos ese amor pero fallamos en su realización. Tan sólo Jesús ha sido capaz de ser totalmente fiel al amor del Padre y de responder totalmente con amor. Su fidelidad le llevó a una obediencia filial al Padre hasta la muerte.

    El sacrificio de Cristo, que nosotros actualizamos en la eucaristía, nos lleva al culto del Dios vivo (Hebreos 9,11-15) y establece la comunión definitiva con el Padre en virtud del Espíritu. Esa comunión supone el perdón de los pecados que ha tenido lugar en el sacrificio de Cristo de una vez para siempre. Nosotros ya no ofrecemos sacrificios de animales para entrar en comunión con Dios. Jesús con su único sacrificio ha realizado esa unión definitiva entre Dios y el hombre. Nosotros celebramos la eucaristía como memorial del sacrificio de Cristo para no olvidarnos de Él y para hacer actual para cada uno de nosotros su sacrificio redentor.

    Esta fiesta del Corpus celebra de manera especial la presencia real de Jesús en la Eucaristía. No se trata de un simple hacer memoria o recordar sino de actualizar la vida y la muerte de Jesús para sumergirnos nosotros en ella. El amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, se vuelca hacia los pequeños, haciéndose pequeño. Es la fuerza de este amor la que sostiene a los creyentes en el camino de la vida y nos compromete a vivir como Jesús, a dar nuestra vida a favor de los demás. Por eso el cristiano no entra en comunión con Dios sólo a través de los actos de culto sino sobre todo mediante el servicio a los más pobres. La Iglesia celebra hoy el día de la caridad. Nos invita a sostener Caritas que es su mejor carta de presentación. El lenguaje de la caridad lo entienden todos. La caridad abarca a todos los hombres y a todo el hombre.

    Reavivemos nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía. Hagamos de ella el centro de nuestra semana, si fuera posible, de cada día. A través de ella estamos dejando que la vida de Dios en Cristo Jesús irrumpa en nuestras vidas y éstas se transformen en Cristo


  • En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

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    26 de mayo de 2024 – La Santísima Trinidad

    El misterio de la Trinidad seguirá siendo para muchos el ejemplo por excelencia del absurdo del cristianismo, una especie de cuadratura del círculo, totalmente irracional, tres personas y un único Dios. El racionalismo, en nombre de una cierta idea de Dios y siguiendo una lógica natural, quiere dictar a Dios cómo debe ser y cómo debe actuar. Se olvida así que Dios tiene como característica esencial su libertad y caemos en la tentación de hacer con Él lo que con las personas. Las encasillamos en nuestras ideas preconcebidas y no estamos dispuestos a descubrir su misterio. Nos negamos a admitir la novedad que representa cada libertad, incluso una libertad limitada como la del hombre. Para conocer a Dios y poder hablar de Él, hay que ponerse a la escucha de Jesús, su Enviado.

    Para los cristianos, la Trinidad es el misterio central que ilumina toda la realidad de la existencia. Aunque suele oponerse el Dios del Nuevo al del Antiguo Testamento, los cristianos confesamos que se trata del mismo y único Dios que se ha revelado plenamente en el envío del Hijo y del Espíritu.

    Dios es libertad. Dios es amor. Dios no es un ser absoluto y aislado. Dios es en sí mismo relación amorosa. Sólo se le conoce cuando uno entra en una relación amorosa con Él. Dios es libre para entrar en la historia humana, para elegirse un pueblo, para hacerse hombre, y sigue siendo libre para recrear constantemente la historia (Deut 4,32-40). Por el bautismo entramos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu y esa comunión nos abre a la comunión con los demás en la Iglesia, familia de Dios (Mt 28,16-20). Dios es familia, la Iglesia es familia y el mundo está llamado a ser una gran familia en la que se mantienen lazos de solidaridad y de amor.

    Para los primeros cristianos la experiencia del Espíritu era tan evidente y cotidiana que era el punto de partida de toda su vivencia de fe. Era esa experiencia del Espíritu la que los introducía en la intimidad con el Padre y con el Hijo. La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la de ser hijos de Dios (Rom 8,14-17). Se trataba de una experiencia revolucionaria en un mundo dominado más bien por unos dioses, preocupados tan sólo de sus intereses y a los que había que tener contentos para que no castigaran con desgracias.  La experiencia cristiana nos pone en relación con un Dios Padre y Madre a la vez, fuente y origen de la vida, del amor y de la felicidad. En contacto con Dios nuestro Padre descubrimos que nuestra vida es un don, que somos frutos del amor.

    Los cristianos interpretaron esta experiencia a la luz de la vida de Jesús. Fue Jesús el que se dirigía a Dios Padre con el nombre cariñoso e infantil de Abbá, papá. Es Jesús el que nos ha enseñado a perder el miedo a Dios y a considerarlo como la realidad más cercana y amorosa. Contemplando la vida de Jesús, vemos cómo se deja guiar por el Espíritu. Es tan grande su confianza en Él que puede dejarle tranquilamente las riendas de su vida. Es en la vida de Jesús donde descubrimos su familiaridad con el Padre y con el Espíritu. Nos damos cuenta que Dios no es un ser misterioso y extraño, encerrado en sí mismo, sino una comunidad de amor de personas. Es una realidad familiar.

    La Trinidad actúa de manera particular en la eucaristía. Dios Padre entrega a Jesús por nosotros. La acción del Espíritu lo hace presente en los signos del pan y del vino. Acojamos el amor que viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu, y seamos testigos de ese amor entre los hombres.


  • La fuerza del Espíritu

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    19 de mayo de 2024 – Pentecostés

    Aunque parezca que la Iglesia sigue estancada, este período entre la primera sesión de la Asamblea Sinodal de octubre pasado y la nueva sesión del próximo octubre, ha sido un tiempo de fermentación y germinación. La Iglesia es reunión de los convocados por el Espíritu de Dios que supera las barreras artificiales establecidas por los hombres y nos invita a salir de nuestros confinamientos. Mucho antes de que llegara la actual globalización, la Iglesia era ya católica, es decir, universal, siempre en salida hacia los más pobres. Esa es su vocación y la pandemia ha acentuado la necesidad de su misión en este mundo enfermo. Sin duda que el Espíritu sopla también fuera de la Iglesia y pone en el corazón de todas las personas de buena voluntad el deseo de la fraternidad, de la solidaridad y de la reconciliación. De esa manera  nuevos gestos evangélicos actualizan la vida de Jesús de Nazaret.

    En la fiesta de Pentecostés celebramos el cumpleaños de la Iglesia que nació un día como hoy hace casi dos mil años. A pesar de tantos años, la Iglesia se mantiene joven gracias al Espíritu que recibió y le dio vida en aquel Pentecostés. La Iglesia nació precisamente cuando los discípulos tuvieron el valor de ser una comunidad en salida de la sala donde estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas. El Espíritu dio fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús (Hech 2,1-11). Todos somos, como dice el papa, discípulos misioneros.

    Y es que la Iglesia no existe en sí misma y luego sale a evangelizar. La Iglesia es convocación de gentes. Sólo existe proclamando el evangelio que reúne a los pueblos para preparar la llegada del Reino. Es el Espíritu el que abre el corazón y los oídos de las personas para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos (1 Cor 12,3-7.12-13). Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz. Por eso la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.

    La Iglesia está redescubriendo su misión de sacramento de perdón (Jn 20,19-23). Es mucho más que el sacramento de la confesión. El papa Francisco ha insistido en la necesidad de la ternura en la manera de caminar con el hombre moderno. Dios no condena sino que perdona e invita a todos los hombres a reconciliarse con él y entre ellos. Los cristianos tenemos que testimoniar que hemos sido perdonados y salvados y queremos colaborar con los demás hombres a salvar el mundo.

    El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. Aunque tiene su morada en ella, su acción se ejerce en todos, en el mundo y en la historia. Es el Espíritu el que mantiene la historia en movimiento y en la insatisfacción para buscar siempre nuevas metas para los hombres. La realidad, en que vivimos, continúa siendo insatisfactoria. El Espíritu aviva en nosotros la esperanza de que las cosas pueden cambiar si colaboramos todos a que ese cambio se realice. El Espíritu tiene el poder de tocar el corazón de los hombres para que estos cambien y se abran a los verdaderos valores del evangelio que pueden ayudar a la construcción de una civilización del amor. La búsqueda de una cultura del consumo lleva a situaciones sin salidas. Tan sólo un grupo de privilegiados puede gozar de la abundancia mientras la mitad de la población, incluso de los países considerados ricos, tiene que contentarse con las rebajas y los saldos.

    El Espíritu es el gran protagonista en la celebración de la eucaristía. Es Él el que con su fuerza transforma nuestras pobres ofrendas del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Dejémosle actuar en nuestras vidas para que seamos transformados en Cristo y así podamos hacerlo presente en nuestro mundo


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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