• Pasó haciendo el bien

    Categoría:

    12 de enero de 2014 – El Bautismo de Jesús

     

    En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió la llamada de Dios, su vocación al servicio del Reino.  

    El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El sumergirse en el agua representa la muerte, el salir de ella la resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 3,13-17). Jesús aparece como el siervo de Yahvé. Dios mismo presenta a su  siervo con el que mantiene una relación especial de predilección y complacencia (Is 42,1-7). Por eso le ha dado su espíritu y le ha encomendado la misión de anunciar el derecho a las naciones, es decir, la verdadera religión, fuente de justicia y de paz. Realizará esa misión curiosamente de una manera muy discreta y suave, sin hacerse notar y sin violencia, desde la propia debilidad.

    El Señor que lo ha elegido es el creador y dueño de todo y por eso puede encomendarle una misión universal. Esa misión tiene que ver con la alianza de Dios con su pueblo y con la salvación de los paganos. La elección del siervo es una garantía de que el Señor mantendrá los compromisos asumidos en la alianza con su pueblo y al mismo tiempo los extenderá a todas las naciones. En último término se trata de una misión de liberación, en primer lugar de su pueblo, que está en el destierro, en segundo lugar, liberación de los paganos que yacen en sombra de muerte. Queda  ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza.

    Jesús rechazará los valores del mundo viejo y caduco, que todavía el diablo le propondrá en las tentaciones, y hará suyos los nuevos valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. San Pedro, al resumir  el ministerio de Jesús, que había empezado en el bautismo, dijo que “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hech 10,34-38). El bien se concreta en la curación de los oprimidos por el diablo. Jesús es el exorcista que expulsa al príncipe de este mundo que usurpa el poder de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar sobre el hombre. Jesús es el gran bienhechor de la humanidad. No sólo es el salvador sino la salvación misma, ya que en Él se nos hace presente y se nos comunica Dios mismo.

    La Iglesia continúa la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu, y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia. Esta situación nueva en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone un romper con mundo viejo, que continúa viviendo a nuestro alrededor y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas a las cuales Jesús opuso un no radical. Que la celebración de  esta eucaristía renueve en nosotros la gracia del bautismo y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios, haciendo el bien en nuestro mundo. 

     

     


  • Hemos visto salir su estrella

    Categoría:

    6 de enero de 2014 – La Epifanía del Señor

     

    Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de una desaparición de la religión, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. La religión vuelve en nuestros tiempos, a veces de forma agresiva y fanática, otras de una manera “líquida”, no organizada por las iglesias. El papa Francisco está despertando en muchos la nostalgia de Dios, el deseo de encontrarse de nuevo con Jesús. Como San Pablo, el papa ha intentado, con sus palabras y sus gestos, ayudarnos a descubrir el misterio (Ef 3,2-3.5-6). Su invitación se dirige también a la Iglesia. Es necesario salir, ponerse en camino hacia los más pobres. Fue lo que hicieron los magos cuando vieron la estrella. Dejaron su torre de observación y si pusieron a seguirla. También la Iglesia tiene que dejar sus torreones en los que se ha atrincherado muchas veces para salir a la intemperie.

    ¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos  profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. San Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.

    Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos (Mt 2,1-12). Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús; la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista.

    Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Pero necesitamos a alguien que nos interprete esa Palabra escrita hace más de dos siglos. Es verdad que el gran intérprete de la Escritura es el Espíritu Santo que todos hemos recibido en nuestro bautismo. Él es el maestro interior, pero se sirve de la Iglesia, Madre y Maestra, para ayudarnos en nuestra búsqueda de Dios. Con la Iglesia hoy estamos aprendiendo a leer la Biblia desde los pobres. A los ojos de Dios, una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade.

    Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.

    En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.


  • La Palabra puso su tienda entre nosotros

    Categoría:

    5 de enero de 2014 – 2º Domingo después de Navidad

     

    El misterio de Navidad nos hace volver a lo esencial de nuestra fe, a aquello que no debemos olvidar nunca, a aquello que debe marcar nuestra vida y ayudarnos a situar las demás verdades de la fe que profesamos. Se trata del misterio de la cercanía de Dios, una cercanía amorosa, llena de ternura y de misericordia. El papa Francisco invita a la Iglesia a salir al encuentro del mundo, sobre todo de los pobres. Para ello ha indicado los pasos del camino de seguir, inspirándose en el actuar de Dios manifestado en Jesús.

    Para describir el comienzo del camino el papa ha creado una palabra nueva, “primerear”. Se trata de dar el primero el paso: “Dios nos amó primero”. Después viene el “involucrarse”, el comprometerse, el mancharse las manos. Dios se hace carne, asume nuestra fragilidad y pone su tienda entre nosotros (Jn 1,18). Así puede caminar con nosotros. También la Iglesia “camina” con el mundo. La Iglesia no sólo es la casa de Dios, sino que es también la tienda que se puede plantar y alzar para acompañar al mundo en su peregrinación. Caminando al compás del mundo, la Iglesia debe “fructificar”, dar los frutos del Espíritu de Dios. No puede ser una higuera estéril que merezca ser cortada porque ocupa un lugar inútilmente. Y cuando se produzcan y recojan los frutos hay que “festejar”, como hacemos en Navidad. Jesús es el fruto del Padre, pero también de la humanidad que lo acoge en María.

    La cercanía de la Iglesia a los hombres, sobre todo a los más pobres, manifiesta esa cercanía de Dios. Dios entrando en nuestro mundo no ha perdido su gloria, al contrario. La gloria de Dios se ha revelado en Jesús, lleno de gracia y de verdad. “La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo). Gracias a la encarnación, la Palabra de Dios se hace visible y podemos ver a Dios. Podemos ver a Dios en todas las criaturas y en la historia humana, que es historia de salvación. Dios mismo sigue haciendo la Historia  a través de nuestras pequeñas historias.

    Dios ha querido habitar con los hombres (Eclo 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo han podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano, sino al contrario de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

    El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. Cuando uno en el silencio y en la reverencia de lo sagrado entra en su santuario interior del corazón, descubre no sólo que allí está Dios sino que su ser de hombre está creado a imagen de Dios. Descubre que los deseos infinitos de felicidad que existen en su corazón sólo se pueden satisfacer con el encuentro personal con alguien que nos ama incondicionalmente desde toda la eternidad y por eso nos ha traído a la existencia. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía demos gracias a Dios Padre que nos ha hecho hijos suyos en el Hijo.  

     

     

     

     

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo