• Tiene mucho amor

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    12 de junio de 2016 – 11 Domingo Ordinario

     El tema de los desahucios ha puesto de manifiesto que el sistema económico funciona de manera implacable, sin tomar en consideración la situación de las personas cuando son pobres y no tienen ni voz ni voto en la organización del sistema social.  Muchas veces los gobiernos hacen pagar a la colectividad las deudas generadas por personas particulares que han llevado a la ruina a determinadas instituciones bancarias. En el Reino del que habla Jesús se sigue una contabilidad muy especial, que sin duda provocaría la ruina de las instituciones bancarias.  No es que los bancos que han quebrado o tienen dificultades hayan seguido el sistema de Jesús o las recomendaciones de la doctrina social de la Iglesia. Es más bien la especulación y el afán de lucro los que han provocado los problemas. En el mundo de Jesús se perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o varios millones. Por eso en el Reino, que anuncia Jesús, se habla tanto del perdón, y se hace realidad en la vida de muchas personas (Lc 7,36-8,3).

    Los ejemplos de las lecturas de hoy son bien significativos. David se considera a sí mismo como una persona justa que, por eso, puede dictar justicia. En realidad su conciencia estaba un tanto aletargada. Veía claramente el pecado de los demás y no reconocía las barbaridades que él había cometido. David recibe el perdón cuando él mismo ha sentenciado que el crimen que ha hecho merece la muerte. Basta reconocer el pecado y obtendrá el perdón (2 Sam 12,7-13).

    De la pecadora del evangelio no conocemos muchos detalles pero no cabe duda de que era una persona considerada pecadora pública por parte de la gente bien. El hecho de que para acercarse a Jesús haya sido capaz de entrar en casa de un fariseo y que no la hayan echado a patadas habla de la confianza que tenía en Jesús y del respeto que tenían por Jesús  los fariseos.

    La pecadora muestra su amor por Jesús y su arrepentimiento a través de las lágrimas. Su gesto constituye una especie de sacramento de reconciliación, que purifica totalmente su vida y la salva. Jesús confirma ese perdón y declara que es la fe la que la ha salvado. Es la fe como adhesión amorosa a la persona de Jesús la que ha hecho que esa persona reconstruya su vida. Esa fe y esos gestos brotaban del amor que es lo que purifica y salva. Jesús dice que se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. Pero concluye de manera sorprendente: al que poco se le perdona poco ama.

    Las personas buenas, como los fariseos, aman poco porque no han experimentado el perdón en sus vidas. No lo han experimentado porque se creen buenos, sin pecados, y no necesitan el perdón. Así se pierden la gran oportunidad en la vida de encontrarse con el Dios que perdona. Hoy día casi todos somos fariseos. Nos cuesta reconocernos pecadores ante Dios. Nos consideramos personas buenas, sobre todo en comparación a lo que hay por el mundo.

    Pablo, en cambio, antiguo fariseo, quedó profundamente conmovido por la experiencia no sólo de haber sido perdonado por Cristo sino también por haber sido llamado a ser apóstol suyo. Experimentó en su propia carne que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús (Gal 2,16-21). La religión no es un hacer cosas sino un creer y amar a una persona, la persona de Jesús como revelación del amor del Padre. Este amor se ha mostrado, ante todo, como perdón. Éramos enemigos de Dios que, sin embargo, nos ha tendido su mano y nos ha hecho hijos suyos.

    En cada eucaristía experimentamos el perdón de Dios nuestro Padre que pedimos al comienzo de la celebración y que se hace realidad en el encuentro amoroso con Jesús sacramentado. Que nuestra vida sea testimonio agradecido del perdón recibido.

     

     


  • Jesús se lo entregó a su madre

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    5 de junio de 2016 – 10 Domingo Ordinario

     

    Las muertes prematuras causan en nosotros una impresión de una injusticia irreparable. A pesar de los avances de la medicina, somos impotentes ante la realidad de la muerte, que sigue llevándose muchas personas antes de tiempo. En nuestro corazón hay el deseo, sin duda puesto por Dios, de vivir para siempre. Todos creemos que hemos sido hechos para la vida y no para la muerte. El Señor sostiene nuestra débil esperanza a través de las intervenciones milagrosas que muestran su poder sobre la vida y la muerte.

    Dios actúa sobre todo a través de sus enviados, de manera especial de sus profetas. Hoy escuchamos cómo Elías resucitó al hijo único de la viuda que lo había acogido en su casa (1 Re 17, 17-24). El profeta cuenta a Dios lo contradictorio que sería que su visita y cercanía a aquella pobre mujer se hubiera convertido en causa de desgracia y no de bendición. Sería una ingratitud imperdonable. Dios, a través de Elías, resucita al muerto.

    En el evangelio Jesús aparece como el nuevo Elías, como el profeta definitivo de los tiempos mesiánicos. En su persona reviven los antiguos prodigios que Dios realizaba a favor de su pueblo, visitándolo con su favor (Lc 7, 11-17). De nuevo tenemos la resurrección del hijo único de una viuda. En este caso, Jesús no los conocía de antemano, pero es capaz de hacerse cercano a las personas que sufren. Le basta ver la escena del entierro del difunto para captar la situación. Es la de una pobre madre, cuyo porvenir reposaba tan sólo en este hijo y que ha sido truncado con su muerte. Jesús siente lástima de ella. Los que contemplan el milagro se dan cuenta de lo que ha ocurrido: Dios ha visitado a su pueblo. Dios no se ha desentendido de su pueblo, de lo que éste sufre, sino que está siempre atento, informándose a través de sus visitas y trayendo con ellas la salvación.

    El papa Francisco nos está ayudando a todos a redescubrir esa dimensión fundamental del evangelio: la compasión. No es una realidad puramente sentimental sino que es una característica de Dios que le permitirá decir al mismo evangelista: “sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36). Para Dios, ser misericordioso no se queda en buenos sentimientos sino que se traduce en que hace el bien a todos, a los buenos y a los malos. La Iglesia, sobre todo a través de Cáritas, está intentando hacer el bien a todos, sin distinción de religiones, sin pedir un certificado de buena conducta.

    En el fondo, es ese amor misericordioso de Dios lo que experimentó San Pablo y le llevó a cambiar totalmente de conducta. De perseguidor de los cristianos pasará a ser el más entusiasta propagador de Cristo y su evangelio (Gal 1, 11-19). Pablo quedó totalmente marcado por la confianza que Jesús depositó en él, sin esperar a que diera pruebas de que se lo merecía. La Iglesia siente como suyas las alegrías y las penas de todos los que sufren, sobre todo de los pobres, y cree y confía que ellos son los destinatarios privilegiados del la Buena Noticia. Ellos son los que pueden cambiar la Iglesia y el mundo, haciendo que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres. En la eucaristía experimentamos ese amor compasivo y misericordioso de Dios que abre para nosotros caminos de vida.


  • Dadles vosotros de comer

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    29 de mayo de 2016 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

     

    Frente a los que creen que la Iglesia debe ocuparse sólo de lo religioso y no entrar en el campo de lo social, hay que recordar que ella a lo largo de la historia se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para captar las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

    El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

    La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

    Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva. Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

    Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna.

    El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

    Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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