• No seas incrédulo

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    23 de abril de 2017 – Segundo Domingo de Pascua

     

    La experiencia de la crisis actual nos hace ver  que la fe cristiana es un elemento fundamental en la construcción de la sociedad. A pesar de los repetidos casos de corrupción, necesitamos seguir creyendo en los demás, necesitamos seguir creyendo que Dios quiere el bien de los hombres y que no nos deja a merced de los poderosos. Se necesitan comunidades cristianas en las que se experimente el perdón y se descubra al Espíritu, que nos urge a la misión para transformar nuestro mundo.

    Tan sólo en comunidad se puede hacer la experiencia del Señor resucitado, superando la tentación de escepticismo que amenaza a los individuos inermes ante las realidades sociales. También los discípulos tuvieron miedo a ser víctimas de ilusiones y cuentos. El Apóstol Tomás, en nombre de todos, pidió un encuentro personal con el Resucitado, sin fiarse de lo que los demás le contaban (Jn 20,19-31). Jesús se dejó encontrar personalmente por Tomás y quiere que también cada uno de nosotros lo experimentemos vivo en nuestras vidas. El que Jesús proclame felices a aquellos que han creído sin haber visto no significa que la fe no sea una verdadera experiencia religiosa. En la vida hay muchas experiencias que no se reducen a ver y tocar. ¿De qué tipo de experiencia estamos hablando?

    La experiencia del Resucitado tiene tres dimensiones, una objetiva, otra subjetiva y otra comunitaria. No se pueden separar una de otra. Es una experiencia objetiva en el sentido de que no la fabrico yo sino que me es dada. Es el Señor el que se hace encontrar y nos da la fe para reconocerlo. Mediante la fe acontece un encuentro verdaderamente personal que pone en juego toda mi persona. Este elemento personal ha sido unilateralmente separado por la cultura moderna, que reduce todo a una experiencia subjetiva individualista. Cada uno trata de encontrar ante todo consuelo en el encuentro con Jesús y solución para sus problemas. De esa manera hemos vivido un cristianismo demasiado intimista que no incide en la transformación del mundo.

    La transformación del mundo es obra no de una persona sino de la comunidad humana. Tenemos que recuperar para nuestra fe la dimensión comunitaria, que tuvo al principio, y que hizo que las comunidades cristianas cambiaran la historia humana o al menos indicaran en la dirección en que debe ser cambiada. Los primeros cristianos crearon unas comunidades alternativas a las existentes en el imperio romano. Lo que más llamó la atención es que “ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech 4,32-35). Los cristianos, siguiendo a Jesús, cuestionaron uno de los pilares del mundo antiguo: la propiedad privada. Las propiedades no están simplemente para transmitirlas a los hijos sino que están al servicio de los necesitados.

    Hoy día necesitamos comunidades creíbles en las que sea posible el encuentro con el Resucitado. Tomás sólo se encontró con Jesús cuando se integró en la comunidad. El Beato Chaminade quería ofrecer al mundo “el espectáculo de un pueblo de santos”, pues hoy día no basta la santidad individual. Son necesarias numerosas comunidades que hagan presentes el amor de Dios en el mundo (1 Jn 5,1-6). Que la celebración de la eucaristía nos lleve a construir comunidades cristianas en las que se pueda hacer la experiencia del Señor Resucitado.


  • Se han llevado del sepulcro al Señor

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    16 de abril de 2017 – Domingo de Pascua de Resurrección

    Los cambios acelerados que ha vivido nuestro país han cogido de sorpresa a muchos, que no han tenido casi ni tiempo para reaccionar. También la Iglesia está desorientada. Se ha producido una verdadera revolución silenciosa y cuando nos hemos querido dar cuenta estábamos en un mundo que nos parece extraño y no lo reconocemos. Ha desaparecido una especie de mundo familiar e idílico, que quizás no era tanto, en el que la fe y los valores cristianos aparecían constantemente en el escenario que contemplábamos complacidos. Hoy día tenemos la sensación de que se han llevado ese mundo, nos lo han robado y no sabemos dónde ha ido a parar.

    Si la sorpresa de la crucifixión fue grande, no menor fue la que experimentaron los discípulos ante la resurrección, ante la desaparición del cuerpo de Jesús. Encargados de verificar la verdad de lo que dicen las mujeres, y en particular María Magdalena, son Pedro y el Discípulo Amado. Ellos sí que pueden dar un testimonio válido. Tanto María como los dos discípulos ven el sepulcro vacío y las vendas y el sudario con el que habían amortajado a Jesús. Es difícil concluir de ahí nada. De hecho ambos discípulos no parecen sacar las mismas conclusiones.

    Pedro parece un inspector de policía que toma nota de cómo están las cosas. La descripción parece sugerir que no se trata del robo del cadáver sino que ha debido suceder algo distinto, pues todo está demasiado en orden. El discípulo Amado concluye también su inspección pero creyendo en la resurrección. ¿Cómo llega a esta conclusión? Al comprender de pronto las Escrituras que anunciaban que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Antes de la resurrección no había manera de entender esos anuncios. Ahora todo parece claro y creen en lo que anunciaban las Escrituras.

    ¿Qué es lo que creen? Ante todo que Jesús está vivo. El Señor Resucitado es el mismo que ellos conocieron, al que prestaron fe y siguieron, con el que convivieron durante su vida pública, convencidos de que Él era el Mesías de Israel, la revelación definitiva de Dios. Eso supone que sin duda se encontraron con el Señor Resucitado. Los evangelios hablan de las apariciones de Jesús a sus discípulos. No son las apariciones las que fundan la fe de los discípulos. El fundamento de su fe es la persona misma del Resucitado experimentado como vivo y presente en la comunidad mediante su Espíritu.

    En ese sentido la fe de los apóstoles tiene el mismo fundamento que la nuestra. No es la aparición del resucitado, sino su presencia activa que interviene en nuestra vida, llevando siempre la iniciativa. Nosotros tenemos conciencia de haber muerto y haber resucitado con Cristo porque  experimentamos en nosotros el deseo del resucitado, el deseo de Dios. Aspiramos a los bienes definitivos a través del uso de los bienes de esta tierra. Mientras estamos en este mundo todavía no se manifiesta del todo claramente la realidad de la resurrección presente ya en nuestras vidas. Cuando Jesús vuelva glorioso, entonces también nosotros apareceremos triunfantes con Él.

    ¿Qué ha pasado con nuestra fe? Quizás estaba ligada a un mundo exterior de formas, símbolos, valores, que se sostenían por la presión social sin que hubiera una verdadera experiencia del resucitado que diera sentido a todas esas formas exteriores. Quizás nuestra fe se ha vuelto demasiado lánguida y ya no es capaz de generar valores que sean percibidos como tales por todos los conciudadanos. Quizás esto no sea hoy día posible. Vivimos en un continuo conflicto de interpretaciones y de valores. No por eso debemos desanimarnos y abandonar nuestra fe. Al contrario, cuanto más viva sea más atractiva resultará. Por eso tratamos de nutrirla en el sacramento de la eucaristía, en el encuentro con el resucitado para que se fortalezca ante los desafíos del presente.

     

     

     

     


  • Va por delante de vosotros a Galilea

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    16 de abril de 2017 – Vigilia Pascual de la Resurrección

     Hay reuniones de familia en las que hacemos memoria de la historia familiar. Esta noche leemos algunos momentos más significativos de esa historia del amor de Dios a favor de su pueblo. Todo empezó con la creación, inicio de esa historia y momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

    Ninguno de los evangelios narra propiamente lo que pasó en el momento de la resurrección. Todos utilizan un lenguaje eminentemente simbólico, el único que puede unir el tiempo y la eternidad. Mateo es el único que aparentemente intenta una explicación del hecho (Mt 28,1-10). Lo presenta como una intervención de Dios en la historia mediante la figura de un ángel, que provoca una especie de terremoto al correr la piedra de la entrada del sepulcro.

    Ante la acción divina, tanto los guardias como las mujeres quedan presos de pánico. El ángel trata de tranquilizar tan sólo a las mujeres, que son las destinatarias del mensaje celeste. Se proclama el mensaje cristiano: el crucificado, que buscan las mujeres, no está allí sino que ha resucitado, según lo había anunciado. Es, por tanto, un hecho que no debiera sorprenderlas. Ellas mismas pueden constatar que no está en el sitio donde yacía.

    El ángel confía a las mujeres el anuncio de la resurrección a los discípulos. Éste contiene no sólo el hecho de la resurrección sino también su interpretación. Jesús tiene de nuevo la iniciativa. El resucitado, presente en la historia, les da cita en Galilea para encontrarse con ellos allí. También las mujeres deben recordar a los discípulos que todo esto había sido ya anunciado por Jesús y, por tanto, es la confirmación de sus palabras.

    Las mujeres, impresionadas y llenas de alegría, corrieron a dar la buena noticia a los discípulos. Para ellas había sido suficiente el escuchar el anuncio de la boca del ángel. Pero, de pronto, van a tener la confirmación al ver a Jesús que vino a su encuentro. Su saludo es una invitación a la alegría, como en otras apariciones es un deseo de paz. Paz y alegría es el saludo cristiano, fruto de la buena noticia de la resurrección del Señor.

    Las mujeres, postrándose ante Él y abrazándole los pies, muestran su temor reverencial ante su persona. Por eso Jesús tiene que tranquilizarlas. Les da el mismo encargo que el ángel para sus discípulos, aquí llamados “hermanos”; les cita en Galilea. ¿Por qué en Galilea? Jesús había empezado su ministerio en Galilea. Allí había llamado a sus discípulos. La muerte había interrumpido aparentemente su misión. Ahora les va a mostrar que la misión continúa, porque Jesús sigue vivo. Jesús está vivo y eso es lo que hace que su Evangelio siga siendo una fuerza de salvación para el que cree en él, en Jesús. Que en la celebración de la eucaristía experimentemos la presencia del Señor resucitado que nos envía a anunciar esta Buena Noticia.

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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