• Todos sois hermanos

    Categoría:

    5 de noviembre de 2017 – 31 Domingo Ordinario

     

    La encrucijada política en que nos encontramos ha sido creada por los políticos y son ellos los que tienen que solucionarla. Es verdad que la política es tan importante que no se puede dejar solo en manos de los políticos. La manipulación política de la religión está a la orden del día, y no sólo por parte de los terroristas yijadistas. Es verdad que es muy difícil que la religión y los creyentes puedan quedar al margen de los temas políticos que afectan a la convivencia social. La separación de la religión y de la política en el plano teórico está defendida por todos, por políticos y por gente de Iglesia pero, en la práctica, se producen confrontaciones y complicidades que afectan al funcionamiento de esa separación. Separación no significa oposición sino respeto de la diferencia de las diversas esferas sociales y colaboración entre ellas al servicio de la persona y el bien común.

    No cabe duda que la política, como ejercicio del poder, tiende a querer dominar todas las esferas de la sociedad, sobre todo la economía y la cultura. En realidad muchas veces los poderes económicos son los mismos que los poderes políticos. Por más que queramos presumir de independencia, la economía hoy día está globalizada y también la política. En cierto sentido la religión católica, a pesar de que  muchos creen que está sometida a Roma, deja a sus miembros mucha más libertad de opinión y de acción que los partidos políticos.

    Hasta ahora las intervenciones partidistas de la Iglesia a lo largo de la historia han sido juzgadas con severidad tanto por creyentes como no creyentes. Hay sin  duda una conciencia de que la Iglesia debe estar al servicio de todos y no sólo de un determinado grupo político que pretende representar a todo un pueblo.

    Jesús fustigó a las autoridades políticas, religiosas y doctrinales de su tiempo porque se aprovechaban del pueblo para sus propios intereses. Hacían incluso de la religión un medio para medrar en la sociedad, ganarse títulos y reverencias. Imponían fardos pesados a los demás y no estaban dispuestos a mover un dedo para ayudar a la pobre gente. Daban leyes y normas para los otros y ellos no las respetaban. Por eso Jesús recomendará: “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” (Mt 23,1-12).

    Jesús reunió en torno a sí una comunidad de discípulos que debía ser la alternativa a como estaba organizada la sociedad de su tiempo que consagraba la desigualdad. Es una comunidad en la que también tienen lugar las mujeres, con las que nunca un rabino habría perdido el tiempo en enseñarles la doctrina de Moisés. En esa comunidad, no es la ley o la tradición aprendida de memoria la que ocupa el centro. El centro es siempre la persona de Jesús, el único maestro. Los demás siempre seremos discípulos, y por eso todos iguales como hermanos.

    Ese ideal de igualdad y fraternidad venía ya, como lo muestra el profeta, de la vivencia de la alianza con Dios y de la realidad de la creación (Mal 1,14-2,2.8-10). Sólo hay un único creador que nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza, lo que excluye toda discriminación. En la alianza todos somos su pueblo y formamos una comunidad de hermanos, la familia de los hijos de Dios que es la Iglesia.

    El Vaticano II ha hecho un esfuerzo sincero por recuperar la imagen evangélica de la Iglesia. No una Iglesia- sociedad, copiada de los estados políticos, sino una Iglesia- comunión: comunión de los hombres con Dios y comunión entre sí. Se trata de una Iglesia-familia. El apóstol Pablo se presenta como una madre que cuida de sus hijos (1 Tes 2, 7-9.13). Debe buscar el bien de todos sus hijos sin partidismos. En este momento en que en nuestras sociedades experimentamos tanto discriminación social, e incluso legal, la Iglesia, como Jesús, debe estar siempre del lado de los marginados y excluidos.

    Jesús en la eucaristía nos invita a sentarnos a la misma mesa del mundo como hermanos para celebrar su banquete de fraternidad que anticipa la realidad del Reino. Salgamos de esta eucaristía decididos a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.

     

     

     

     


  • Un pueblo de santos

    Categoría:

    1 de noviembre de 2017 – Todos los Santos

     

    Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Por supuesto, tenían que ser poco numerosos y de otros tiempos en los que eran posibles esas hazañas. Gracias a Dios, en los últimos años hemos vivido la canonización o beatificación de personas muy cercanas al hombre de hoy y nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

     

     

     

     


  • Amar al prójimo como a uno mismo

    Categoría:

    29 de octubre de 2017 – 30 Domingo Ordinario

    El volumen de conocimientos de nuestro tiempo está en buena medida a disposición de todos en  Internet. En tiempo de Jesús, la Biblia era para el pueblo de Israel una buena enciclopedia de todos los saberes divinos y humanos. A la mayoría de los judíos debía parecerle ya demasiado compleja. Nada extraño que los doctores de la ley intentaran buscar un hilo conductor en ese inmenso laberinto. La pregunta sobre el mandamiento principal no es simplemente un intento de concentrar la moral bíblica en él, sino que en él se resume también toda la historia de la salvación.

    La respuesta de Jesús supone una reflexión e interpretación personal ya que  no corresponde al texto del llamado decálogo o diez mandamientos, sino que toma otros textos de la Escritura, en particular el “shema Israel”, confesión de fe tradicional entre los judíos del tiempo de Jesús. En ella se profesa la unicidad de Dios y la obligación de un amor total (Mt 22,34-40). Se supone sin duda que ese Dios es alguien con el que uno está familiarizado y es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo.

    Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto, que exige abandonar los ídolos (1 Tes 1, 5c-10). Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.

    Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita el mandamiento principal sino que menciona  dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).

    En esas relaciones de amor, no se excluye el amarse a sí mismo aunque sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo significa amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo