• Perdonar al hermano

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    13 de septiembre de 2020 – 24 Domingo Ordinario

    La situación política de España se va volviendo cada vez más difícil a causa de la lucha por el poder. En vez de buscar  el bien común, sobre todo de los más pobres, en esta situación tan dificil que nos toca vivir, . El coronavirus no ha hecho más que tensar la realidad y se ha convertido en un arma arrojadiza. Fácilmente se califica de enemigo al que no piensa igual que yo. Al final consideramos enemigos a los que no son de los nuestros, de nuestra cultura, nuestra raza o religión.

    Parece que es de justicia el dar a cada uno lo suyo. Si me han hecho el bien, debo devolver el bien. Si me han hecho el mal, debo pagar con la misma moneda. Así se justifica nuestro sistema penitenciario para que los criminales paguen lo que han hecho. En la lógica humana, el que me la ha hecho me la debe pagar, de lo contrario parece que queda por encima de mí y que yo soy el que sale perdiendo. Y, en el plano económico, sería así si no se pagasen las deudas. El que  perdonara se quedaría sin su dinero.

    Por el contrario, en la lógica de Jesús y del evangelio, siempre se ofrece el perdón, no sólo de las ofensas sino también de las deudas. Jesús, desde luego no valía para contable. Con su manera de administrar el dinero llevaría a la bancarrota a cualquier banco. Él perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o una millonada. El fundamento del perdón es siempre el amor de Dios, que nos ha perdonado primero una deuda que supera toda posibilidad de ser pagada. Algo así había intuido ya el autor del Libro del Eclesiástico: No se puede ser implacable con el prójimo y querer luego que Dios nos perdone  (27,33-28,9). Desgraciadamente el siervo malvado, que había sido perdonado, no es capaz de hacer lo mismo con su compañero (Mt 18,21-35).

    Jesús nos invita a superar la cadena de acción y reacción. Es una ilusión el creer que se va a vencer el mal con el mal. Constatamos, en cambio, que la violencia engendra siempre violencia. El evangelio nos invita, en cambio, a vencer el mal a fuerza de bien, al estilo de Dios que hizo que donde abundó el pecado sobreabundase la gracia.

    Claro está que todo esto sólo es posible en la perspectiva cristiana del amor a los enemigos. Somos nosotros los que fabricamos los enemigos para poder justificar nuestras tendencias destructoras. El amor cristiano sabe distinguir entre la persona y sus actos, entre el pecador y su pecado. Dios condenó el pecado en Cristo Jesús, para salvar a los pecadores. La persona humana, a pesar de sus yerros y crímenes, sigue siendo objeto del amor de Dios y sujeto de dignidad humana. Por eso Dios nos da siempre una nueva oportunidad, como pidió el siervo malvado. Lo llamativo es cómo nosotros, a la primera de cambio, tachamos de la lista al que nos ha hecho algo que no nos ha gustado.

    En el fondo, tenemos que decir como Jesús en la cruz: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Si el hombre comete el mal, no es porque sea  malo o porque le satisfaga hacer el mal. En realidad hace el mal, creyendo que hace un bien que le puede proporcionar una cierta felicidad, aunque sea pasajera. A veces será simplemente el placer de la venganza. Pero está en el error y no sabe lo que hace. Lo hace porque es un desgraciado y un infeliz. En esta eucaristía acojamos el perdón de Dios en Cristo Jesús y salgamos dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos y a todos los que nos hayan ofendido.

     

     


  • Civilización del amor

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    6 de septiembre 2020 – 23 Domingo Ordinario

    Hoy día, en nombre de una tolerancia mal entendida, no queremos que nadie se meta en nuestras vidas ni nosotros queremos meternos en la vida de los demás. Se cree ingenuamente que las acciones individuales no tienen consecuencias para la comunidad. La pandemia nos ha hecho experimentar que todo está conectado y que los hombres no somos islas. Dios nos ha hecho responsable de la vida de los demás (Ez 33,7-9).

    La Iglesia a lo largo de los siglos ha querido ser madre y maestra de la humanidad y ha señalado los fallos de los demás. El Papa Francisco ha puesto la lupa también sobre los fallos de la Iglesia para ayudar a corregirnos y hacer que la Iglesia sea más creíble. Solo así podrá proponer una alternativa al estilo de vida de consumo que estamos viviendo y que deja a la mayoría de la humanidad en la miseria.

    Muchas veces es posible que la persona haga el mal sin saber que lo está haciendo. La actitud cristiana, basada en el amor, es la de la corrección fraterna. El amor cristiano no sólo implica no hacer mal al otro, sino que pide de nosotros el buscar el bien de los demás (Rm 18,15-20). Cuando uno ve que una persona no vive de acuerdo con las exigencias cristianas que ha abrazado, con toda humildad, se le debe corregir (Mt 18,15-20).

    En este momento las familias están desorientadas pues se ha producido una brecha generacional. Los mayores siguen más o menos vinculados a la moral cristiana mientras las generaciones más jóvenes se han desmarcado totalmente de toda orientación moral tradicional y cada uno se fabrica un traje a su medida. Por la paz en la familia se guarda silencio sobre todos estos temas; no pocas veces también se sufre en silencio.

    Uno de los problemas actuales candentes es la llamada emergencia educativa. Todavía no sabemos cómo se desarrollará este curso. El confinamiento hizo que los niños estuvieran más acompañados por los padres y profesores.  Las escuelas estuvieron colaborando con las familias para educar integralmente a los niños y jóvenes no quedándose en lo meramente académico. Si la familia y la escuela dimiten de sus responsabilidades, se corre el peligro de que grandes grupos de personas estén totalmente desorientadas en la vida.

    En nombre del amor cristiano, debemos intervenir en la vida pública y contribuir a crear una cultura que posibilite una civilización del amor. Nuestra condición de profetas, que han hecho la experiencia de Dios, nos lleva a ser centinelas que advierten de los peligros que amenazan a nuestros contemporáneos. El evangelio denuncia las falsas salvaciones que nos fabricamos los hombres buscando nuestros intereses. Al mismo tiempo el evangelio hace presente en nuestro mundo la salvación de Dios.

    La crisis que estamos viviendo no es simplemente económica. Es una crisis moral, una crisis de valores. Están desapareciendo de la escena pública los valores que han dado sentido a la democracia. Los cristianos no podemos quedarnos cruzados de brazos ante esta realidad. Debemos infundir espíritu y esperanza de manera que se pueda construir una auténtica civilización del amor. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a trabajar por esa nueva civilización del amor.

     


  • Entregar la vida

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    30 de agosto – 22 Domingo Ordinario

    La pandemia actual nos  ha llevado, sin duda, a todos a preguntarnos por qué nos  está pasando esto a toda la humanidad. Para muchos será la prueba irrefutable de que no hay un Dios que se ocupe de nosotros: la existencia del mal es la roca firme del ateísmo. Para algunos, sin embargo, será la oportunidad de preguntarse qué nos quiere decir Dios a través de esta prueba. Fue lo que ocurrió en los inicios de la fe cristiana. La muerte de Jesús en la cruz fue la piedra de escándalo que echaba para atrás tanto a judíos como paganos. Anunciar a un crucificado era estar condenado al fracaso.

    Cuando Jesús anunció su pasión, Pedro se escandalizó y se opuso rotundamente (Mt 16,21-27). Mereció que Jesús le llamara nada menos que “Satanás”, es decir demonio tentador que se convierte en ocasión de tropiezo y escándalo. Poco antes Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. En su perspectiva puramente terrena era muy difícil de digerir el destino doloroso y escandaloso de un Mesías sufriente. Por eso Jesús ahora, en vez de llamarle, “Roca”, le llama piedra de tropiezo.

    Algunos testigos privilegiados de nuestra historia de salvación nos muestran cómo es posible transformar en fuente de vida el sufrimiento si lo vivimos con amor y nos abrimos al sufrimiento de los demás. Algunas veces no cabe más remedio que protestar ante Dios y quejarse de Él, dispuestos siempre a acoger su revelación y a descubrir que Él tiene la capacidad de transformar nuestras vidas aunque ello implique muchas veces el sufrir (Jeremías 20,7-9). Dios no quiere el sufrimiento y, sin embargo, no se lo evitó a su Hijo, al que tampoco le agradaba el sufrir. La confianza amorosa en el Padre le daba la convicción de que Dios tenía la última palabra sobre la vida y la muerte y que esa palabra sería el amor. Eso le permite a San Pablo animarnos a ofrecer nuestras personas como una ofrenda viva (Rom 12,1-2)

    La locura de la cruz se manifestó, en efecto, como la gran sabiduría a través de la cual Dios salvó al mundo. Es posible que en nuestra historia la presencia del crucificado, al menos como espectáculo de Semana Santa, haya podido consolar a muchos y ayudarles a llevar su cruz. La cruz de Jesús ha transfigurado nuestras cruces pues ya no las llevamos solos sino que vamos en compañía de Jesús. Pero son muchos los que hoy sienten dificultad para cantar a ese Jesús del madero. Nuestra cultura esquiva la realidad del sufrimiento y de la muerte.

    La cruz, sin embargo, como resumen de todas nuestras debilidades, como el lado oscuro de nuestra existencia, nos acompaña constantemente. Todos queremos mostrar siempre a los demás el lado de luz de nuestras personas, nuestras capacidades y nuestros logros. Intentamos, en cambio, esconder nuestras sombras porque nos hacen vulnerables. El destino de Jesús, el pasar a través de la pasión para llegar a la resurrección, nos muestra el camino para transformar nuestras debilidades y fracasos, nuestras heridas e incluso pecados, en fuente de vida. La cruz de Jesús no puede ser nunca la justificación del dolor y de la opresión existentes en  nuestro mundo. Al contrario, es la gran denuncia. Jesús asumió voluntariamente la cruz para que no haya ya más crucificados en nuestro mundo.

    Sólo perdiendo la vida, es decir, dándola, se llega a la verdadera vida. Cuando uno se empeña en perseguir la vida, en querer vivir a tope, muchas veces uno acaba echando a perder la vida. La vida está para darla. Es lo que experimentan sobre todo los esposos, pero también multitud de personas que tratan de vivir para los demás en vez de estar siempre centrados egoístamente en sí mismos. Que la participación en la eucaristía nos lleve a entregar la vida al servicio de los demás.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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