• Los pobres son de los nuestros

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    14 de diciembre de 2025 – Tercer Domingo de Adviento

    El Papa León nos ha hecho un gran regalo con la Exhortación Apostólica Dilexi te (Yo te he amado) sobre el amor a los pobres, que había empezado a escribir el Papa Francisco. En tiempos de crisis, los hombres esperan un salvador político que pueda transformar mágicamente la situación desastrosa de un país. Los populismos más o menos extremos son una tentación permanente, no sólo para los que viven bien sino también para los que lo están pasando mal: los pobres.  No es de extrañarse que los judíos sometidos a la opresión romana, contra la que nada podían, anhelasen la venida del Mesías triunfador. Jesús no tuvo más remedio que confrontarse con la situación de su pueblo. Decididamente tomó partido a favor de los pobres y oprimidos. Anunciaba el Reino a los pobres y veía en ello una señal de que Dios empezaba a reinar y a hacer justicia  (Mt 11,2-11).

    Juan Bautista, ya en la cárcel, oyó hablar de los milagros de Jesús y esto le hace pensar en que probablemente Jesús era el Mesías que tenía que venir. Para saber a qué atenerse, pues se estaba jugando la vida, decidió enviar unos discípulos a preguntarle directamente a Jesús. Jesús prefiere dar una respuesta indirecta, invitando a los enviados a contemplar las acciones liberadoras que estaban aconteciendo a través de la actividad de Jesús. Correspondían efectivamente a los milagros anunciados por los profetas para los tiempos mesiánicos (Is 35, 1-6a. 10). Jesús es pues el Mesías, o con otro título el que tenía que venir. No es necesario esperar ya a otro. Ha llegado el momento de la salvación de Dios. Juan puede estar tranquilo en la cárcel y si es necesario entregar su vida pues estamos en el tiempo de la salvación de Dios. La última palabra no la tienen ya los poderosos sino Dios que ha empezado a instaurar el Reino. Frente a los diferentes mesianismos que aparecerán en la historia, sobre todo de tipo político, los cristianos permaneceremos tranquilos. El Mesías, el Cristo, es Jesús. Eso nos lleva a desconfiar de las soluciones fáciles en una historia que vemos muy compleja. Cualquier solución humana será siempre provisional y a lo más la penúltima. La solución definitiva viene de Dios y pasa a través de la conversión del corazón del hombre.

    Jesús no indicó tan sólo sus acciones milagrosas sino que dio como señal de la venida del Reino el hecho de que a los pobres se les anuncia el evangelio. La Iglesia, a través del anuncio del evangelio, continúa a hacer presente la salvación de Dios en su Mesías, Jesús. La venida del Reino es una Buena Noticia sobre todo para los pobres. Para los ricos y los poderosos constituye a menudo una amenaza porque el Reino de Dios pone en cuestión la manera en que los poderosos organizan la sociedad humana, basada en la opresión y la pobreza de las masas. El anuncio del evangelio denuncia las situaciones de injusticia de nuestro mundo. El valor para desafiar a los poderosos viene del mismo Dios que está implantando su Reino, derribando del trono a los poderosos y colmando de bienes a los pobres.

    Pero Jesús añade una  inquietante bienaventuranza: “¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. La actividad de Jesús es signo de contradicción. Provoca la fe y el escándalo. Son muchos, creyentes y no creyentes los que se rasgan las vestiduras ante el recuerdo de los pobres de nuestro mundo. Son ellos los que afean ese mundo fascinante que presenta la televisión. Son ellos los que nos recuerdan que este sistema no funciona, que es tremendamente injusto. Los economistas dirán que no hay otras alternativas, pero la fe nos dice que tiene que haberlas, que Dios no puede querer un mundo como el que hemos organizado.  Los pobres están teniendo mucha paciencia (Sant 5,7-10), porque saben que nadie les puede robar la esperanza de ser los preferidos de Dios. Que la celebración de la eucaristía nos lleva a poner a los pobres en el centro de la atención espiritual de la Iglesia.


  • El fruto que pide la conversión

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    7 de diciembre de 2025 – Segundo Domingo de Adviento

    Estamos viviendo tiempos de crisis que nos tienen desorientados. No sabemos cómo abordar el tema de la guerra y de la paz, de la violencia y el terrorismo. A pesar de los progresos tecnológicos, ahí siguen las epidemias, el hambre y la polarización social. No se ve cómo resolver el problema de la emigración sentida como una amenaza. Esta civilización del bienestar no ha cumplido sus promesas. Necesitamos un cambio que nos lleve a una civilización del amor. Como los dos últimos papas han insistido, se trata de una crisis de valores, eminentemente religiosa. En efecto tiene que ver con el sentido de la vida y del trabajo. Un sistema montado en beneficio de unos pocos no puede funcionar. Está ya agotado.

    Tanto Juan el Bautista como Jesús vivieron también en un tiempo de crisis más aguda que la nuestra y suscitaron grandes esperanzas en el pueblo. Juan es el último de los profetas del Antiguo Testamento que anuncia la presencia del Profeta Definitivo de Dios, Jesús. Es en Jesús en quien Dios mismo se hace presente y nos trae la salvación definitiva. Juan aparece en el desierto porque es allí donde se hace sentir más agudamente la necesidad de la salvación (Mt 3,1-12). El pueblo de Dios en su travesía del desierto, después de salir de Egipto, se dio cuenta de que su vida dependía totalmente de Dios. Tan sólo orientándose hacia Él podían vivir en un desierto inhabitable.

    Al contrario de los políticos, Juan el Bautista proclama la verdad y hace ver a sus oyentes la parte de responsabilidad que tienen en la crisis en que están viviendo. Les hace sentir a sus contemporáneos cómo sus vidas se parecen a un desierto, a pesar de estar viviendo en la tierra que Dios dio a Abrahán. El simple hecho de pertenecer al pueblo de Dios no es garantía de que las personas estén produciendo los frutos de conversión que Dios pide de ellas. Ante el juicio de Dios, que se avecina en la persona de Jesús, la amenaza del castigo debe sacudir las conciencias.

    Juan invita a cambiar de vida y a sellar el comienzo de ese cambio con un gesto profético, el bautismo. A través de él, uno se reconoce pecador y necesitado de la salvación de Dios. Es el primer paso para poder ser salvado. Si uno se considera ya bueno por el hecho de ser cristiano, no se ve la necesidad de cambiar. Aceptar lavar el propio cuerpo expresa la disponibilidad a purificar la propia vida, situándola en el horizonte de la voluntad de Dios. Juan no se hace ilusiones sobre la eficacia de ese gesto. Su bautismo expresa tan sólo la voluntad de convertirse, pero la conversión es un proceso que dura toda la vida. Tan sólo la conducta concreta, los frutos que se van produciendo, dirán la verdad de ese gesto.

    Pero al mismo tiempo Juan anuncia otro tipo de bautismo, el bautismo que realizará Jesús mediante el Espíritu y el fuego. El fuego es capaz de consumir todos nuestros pecados, pero es el Espíritu el que crea en nosotros una realidad nueva, configurándonos con la muerte y la resurrección de Cristo. El bautismo y la fe hacen de nosotros una nueva criatura, que responde verdaderamente al plan original de Dios sobre el hombre. Pero tampoco aquí caben las ilusiones. El bautismo cristiano no es un rito mágico. Comporta la fe y la apertura a la acción del Espíritu, que inaugura una vida nueva.

    Esa vida nueva nos sitúa en el horizonte de los tiempos mesiánicos anunciados por el profeta Is 11,1-10). La venida del Mesías, de Cristo Jesús, comporta una efusión del Espíritu, no sólo sobre su persona, sino sobre toda la humanidad y toda la creación que vuelve a su estado original en el paraíso. Allí el hombre vivía pacíficamente con los animales y éstos no se hacían daño los unos a los otros. Era un reino de justicia en el que se respetaban todas las manifestaciones de la vida. Que la celebración de la eucaristía avive nuestro deseo de la venida de Jesús para que vivamos en ese mundo nuevo que Él ha inaugurado.


  • La paz es posible

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    30 de noviembre de 2025 – Primer Domingo de Adviento

    Como todos los hombres de buena voluntad, la Iglesia está preocupada por el destino de los hombres y los pueblos en guerra. Las guerras de Ucrania y de Palestina han sido un duro golpe para nuestras esperanzas. Como creyentes seguimos, soñando que otro mundo es posible, que no hay que resignarse a la guerra, que hay que emprender políticas de paz. La paz es fruto de la justicia y del desarrollo humano, del buen empleo de los recursos, no en armas sino en instrumentos al servicio del progreso material de los pueblos.

    Empezamos una vez más el Año Litúrgico con el Adviento. La Iglesia comparte con muchos pueblos y culturas el año civil, pero tiene también su manera propia de ver el tiempo y la historia como el despliegue del misterio de Cristo. Nos acompañará el Evangelio de San Mateo que muestra la Iglesia como una comunidad en la que sigue vivo el Señor. Esa comunidad tiene como misión transformar el mundo en la gran familia de los hijos de Dios.

    Esa esperanza lo que proclama el profeta, no en forma de utopía que nunca vemos realizada, sino como invitación a crear “otros lugares” donde se vive la esa paz desarmada y desarmante que propone el Papa León (Is 2,1-5). Se trata de construir esa paz que nos parece imposible, pero sin la cual no podemos vivir. Como decía el Papa, no nos dejemos robar nuestra esperanza cristiana. Esa esperanza tiene que movilizar todas nuestras energías y ayudarnos a abrir caminos que lleven a la paz. El único camino es el diálogo.

    La Palabra de Dios, que nos anuncia la salvación de Dios en Cristo, continúa a abrir para nosotros el futuro de Dios, un futuro de esperanza.  Es esta esperanza la que va a animar todo nuestro Adviento. El Reino de Dios no viene de manera espectacular sino que está viniendo en el vivir cotidiano. Dios irrumpe constantemente en la historia, de improviso, sin anunciarse ni pedir permiso (Mt 24,37-44). Hay que estar atentos a los signos de los tiempos para descubrir qué es lo que el Espíritu está diciendo a su Iglesia.

    En los tiempos anteriores al diluvio, tan sólo Noé y su familia supieron discernir lo que se les venía encima. Los demás siguieron su vida tranquila que les llevó a la perdición. Lo mismo va a pasar con la segunda venida de Cristo, como Juez definitivo de la historia. Su juicio hará una separación entre los que lo han reconocido y los que se han cerrado a su gracia. Jesús vendrá y se llevará a los suyos, mientras dejará a los otros a su suerte, es decir, ir a la perdición.

    San Pablo nos recuerda que ya es hora de despertarnos del sueño porque ya está amaneciendo la salvación (Rm 13,11-14). Hemos dormido suficientemente y no se puede seguir adormilados. Durante el sueño y la noche uno baja la guardia. Se sumerge uno agradablemente en el alcohol y la diversión, que luego da resaca al despertar. No cabe duda que la cultura actual necesita este tipo de hombre adormilado e inconsciente, que es mucho más fácil de manejar que la persona lúcida y crítica.

    Necesitamos un programa de vida, como Iglesia y cada uno de nosotros. El papa lo ha propuesto desde el principio y lo ha desarrollado en sus documentos. Se trata de sentirnos y vivir caminando juntos, como una Iglesia en salida que es un hospital de campaña para todos los hombres heridos que se encuentran por la vida.  Es toda la humanidad la que está en camino y tratando de abrir nuevos caminos que no desemboquen en el desastre. Entre todos tenemos que construir la paz, que es siempre obra de la justicia. Para nosotros creyentes, ese impulso nos viene de nuestra fe en Cristo. Él es el Príncipe de la paz.  Que la celebración de la Eucaristía mantenga vivo en nosotros el deseo de la venida y del encuentro con Jesús, que celebraremos en la Navidad.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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