• La Palabra se hizo carne

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    25 de diciembre 2025 – Natividad del Señor, Misa del Día

    La música popular de los villancicos nos ha acompañado esta noche para celebrar el nacimiento de Jesús. La alegría era tal que no nos ha dejado tiempo para reflexionar y contemplar el misterio de un Dios hecho hombre. La eucaristía del día transcurre mucho más tranquila con una Palabra de Dios que muestra la densidad del misterio de la encarnación. Nos introduce ya no sólo en la intimidad de una pareja, María y José, sino en la intimidad de nuestro Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Será precisamente Jesús el que con sus palabras y con su manera de actuar nos revele el misterio profundo de ese Dios comunión de amor. Un amor tan grande que se desborda fuera de la Trinidad y se derrama en la creación y sobre todo en la encarnación.

    Nuestro Dios no es un Dios solitario y sombrío sumergido en su silencio. Es un Dios que habla con el hombre a través de sus enviados los profetas (Hb 1,1-6). Son ellos los que fueron revelando la intimidad de Dio y su proyecto de salvación para el hombre en diversas circunstancias de la historia. Ese diálogo se ha ido intensificando progresivamente y ha llegado a su cima en esta etapa final de la historia en la que estamos viviendo.

    Ese salto cualitativo en la historia se debe a que el diálogo de Dios con el hombre no tiene lugar a través de otros hombres, los profetas, sino que interviene directamente el Hijo de Dios, es decir Dios mismo. Como Hijo, es el heredero de todo, al que Dios ha dado todo. El Padre da todo al Hijo y el Hijo lo devuelve todo al Padre. El Hijo ha estado interviniendo constantemente en la historia a través de todos sus períodos. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo. Dios ha estado constantemente presente en la historia a través del Verbo, de su Palabra creadora que ilumina la vida de los hombres. Al hacerse el Verbo carne, la historia humana ha alcanzado su meta definitiva (Jn 1,1-18).

    Jesús es la Palabra definitiva del Padre, que no tiene ya nada más que comunicarnos (San Juan de la Cruz). Todo nos lo ha dicho y nos lo ha dado y senos ha dado en Cristo Jesús. Es a Jesús al que ahora los hombres tenemos que escuchar pues no hay más Dios que el de Jesucristo.

    El Hijo es Dios. Los títulos que recibe, tomados del lenguaje bíblico y de la cultura griega, expresan esa igualdad. Es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Tenemos aquí las primeras aproximaciones conceptuales a la divinidad de Jesús, orientado totalmente hacia Dios. Como Dios, tiene una función en la creación y en la conservación del mundo, que fue creado por la palabra de Dios.

    Pero sobre todo el Hijo ha realizado la obra de la redención mediante el perdón de los pecados. Se evoca así la aventura humana de Jesús que culmina en la muerte y la resurrección, mediante las cuales hemos sido salvados. Jesús ahora está glorioso, sentado a la derecha del Padre. Terminado el curso de su vida mortal vive como Dios, pues ese es el nombre con el que lo invocamos, con el nombre del Señor, que se le daba a Dios en el pueblo de Israel.

    Jesús es el mediador definitivo de la alianza con Dios y está muy por encima de los ángeles pues mantiene una relación de intimidad con Dios, de Hijo con el Padre, que es exclusiva suya, aunque nosotros participemos de ella. Los ángeles pueden ser todo lo espirituales que queramos pero, como nosotros, son adoradores del Hijo. Es lo que hicieron la noche de la Navidad y es lo que nosotros hacemos hoy en la celebración de la eucaristía. Que tengan una Feliz Navidad.


  • Hoy os ha nacido un Salvador

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    25 de Diciembre de 2025 – Natividad del Señor, Misa de Medianoche

    En nuestro mundo preocupado por la crisis y las guerras, irrumpe la gracia salvadora de Dios (Tit 2,11-14). Por un tiempo podemos olvidar este mundo en el que todo se compra y todo se vende y en el que por todo hay que pagar dinero. Con la Navidad penetra de nuevo en nuestra tierra el mundo de la gratuidad, el mundo de Dios. Dios se manifiesta y se nos comunica en la persona de Jesús niño. Entró en nuestro mundo sin que apenas nadie lo advirtiera. Tan sólo José y María y un grupo de pastores (Lc 2,1-20).

    Todo parece desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.

    Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que les contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.

    La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

    El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.


  • Jesús salvará a su pueblo

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    21 de diciembre de 2025 – Cuarto Domingo de Adviento

    Los progresos de la ciencia parecen confirmar la ilusión de que el hombre es el dueño de la vida y que puede fabricarla. Conocemos hoy día los mecanismos de la transmisión de la vida, pero no por eso la vida debiera deja de ser un misterio que nos maravilla y que nos desborda y, en último término, es un don de Dios, el primero de sus regalos. Las familias cristiana se abren a la vida, la acogen con amor, la cuidan y acompañan hasta que la persona llegue a su madurez e incluso hasta el final de la vida. Si Dios es el origen de la vida, tampoco podemos disponer de la vida a nuestro antojo, ni al principio ni al final de la vida.

    José y María formaban una pareja de prometidos, que todavía no vivían juntos. Sin duda, como todas las parejas de aquel tiempo, soñaban con poder finalmente vivir como esposos y tener hijos. Pero de pronto Dios irrumpió en la vida de María a la que eligió para ser su madre por obra del Espíritu Santo. José de pronto se da cuenta de que María está encinta pero, en un primer momento, no conoce el misterio de la concepción virginal de Jesús (Mt 1,18-24).

    José experimenta una crisis profunda pues no sabe por dónde tirar. Su obligación era denunciarla y quedar libre de todo compromiso, pero esto choca con su manera de ser, un hombre justo, un hombre de Dios. Denunciar a María habría sido hacer recaer sobre ella el peso de la Ley y causarle sin duda alguna un gran mal. Probablemente José intuye que María es inocente y experimenta ante ella un temor reverencial, pero no sabe el significado de lo ocurrido.

    En su discernimiento llega a la conclusión de que lo mejor es repudiarla o abandonarla en secreto, sin tener que enfrentarse con ella ni causarle ningún mal. Cuando ha tomado esta decisión se le revela el misterio de la concepción virginal de Jesús. María ha concebido por obra del Espíritu Santo y no por obra de varón. Respecto a ese niño, ante la gente, él será el padre y deberá ponerle por nombre Jesús, porque es el Salvador.  José es introducido en el misterio y también nosotros, lectores, recibimos el significado de ese misterio. Se trata del cumplimiento de la profecía del Emmanuel que anuncia que una virgen dará a luz. Es Jesús, y no el hijo del antiguo rey, el verdadero Emmanuel, el Dios- con- nosotros (Is 7,10-14).

    Para el creyente, el misterio tan sólo se nos desvela en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios. Es el anuncio de esa palabra el que invita a la fe. La fe nos permite ver las cosas como Dios las ve y descubrir que para Dios nada es imposible. La Palabra de Dios, el Evangelio, nos revela el misterio de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. Pablo ha sido elegido apóstol de Cristo para anunciar esa Buena Noticia referente a Jesús (Rm 1,1-7). También José y María fueron los primeros destinatarios de ese Evangelio: Jesús es el Salvador. La salvación es obra de Dios y el hombre no puede fabricarla con sus recursos. La concepción virginal muestra de manera palpable ese misterio. Jesús no ha sido concebido por obra de varón sino que ha sido recibido y acogido virginalmente por María. Es el Espíritu de Dios el que ha hecho surgir en su seno la vida como una nueva creación. Tampoco el primer hombre nació por obra de varón sino que salió de las manos de Dios.

    Ante el gran misterio de la venida de Dios, José debió experimentar el temor sagrado y la fascinación. ¿Quién está a la altura de poder vivir al lado del Hijo de Dios y de su Madre? Fiándose de la palabra de Dios, José se dejó llevar, sin embargo, de la fascinación de la cercanía de Dios y de ver a Dios. Éste es sin duda el deseo más profundo del hombre. Ahora José ya no duda ni un momento. Como creyente hace lo que Dios le pide y pone su vida al servicio de la obra de la redención. Acojamos también nosotros en esta eucaristía con fe al Señor que viene y pongamos nuestras vidas a su disposición para que Él pueda continuar haciéndose presente en nuestro mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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