• Al tercer día lo encontraron

    Categoría:

    29 de diciembre de 2024 – La Sagrada Familia

    El Papa Francisco ha abierto el Jubileo 2025 con el rito de Apertura de la Puerta Santa de la Basílica Papal de San Pedro. El tema de este jubileo es «Peregrinos de la Esperanza», pues será un año de esperanza para todo el mundo, que sufre el azote de las guerras, los efectos persistentes de la pandemia de COVID-19 y la crisis del cambio climático. Nuestro obispo lo inaugura hoy en la catedral de la Almudena. A pesar de tantos problemas, la familia es un signo de esperanza en este mundo atormentado. La familia no es monopolio de los cristianos. Ella es la célula de la sociedad donde se acoge la vida y se forma a las personas. La Iglesia ofrece hoy diversas posibilidades de lecturas. Aquí yo he escogido unas concretas de entre  las propuestas.

    Cada vez se experimentan mayores dificultades en la educación de los hijos. La culpa se le echa muchas veces a los padres acusándoles de que les consienten todo. Otras veces se dice que la escuela ha dimitido de su misión. En general estamos tentados de educar a los niños en los mismos valores que nosotros consideramos ahora importantes, pero los niños vivirán en otro mundo distinto al de ahora. Es verdad que los grandes valores no pasan nunca, pero la manera de vivirlos está cambiando constantemente.

    A José y María se les confió la educación de Jesús. No debió ser fácil precisamente porque se trataba de un niño especial, aunque las cosas parecían desarrollarse con toda normalidad. Se sirvieron de sus pequeñas luces de personas religiosas no estudiadas pero que tenían una cierta familiaridad con la Palabra de Dios escuchada en la sinagoga y meditada en el corazón. José y María sabían que ese niño venía de Dios, pero todo parecía tan normal que casi lo olvidan. Cuando Jesús a los doce años se queda en el templo y se justifica diciendo que debe ocuparse de las cosas del Padre, no entienden lo que les quiere decir (Lc 2,41-52). Pero respetan la decisión del muchacho y no reaccionan violentamente.

    Los padres aprenden a ser padres poco a poco. Al principio es difícil adaptarse a ese nuevo miembro que ha irrumpido en la familia y que solicita toda la atención de los padres. Normalmente los padres jóvenes solicitan el consejo de sus padres. José y María debieron aprender de la tradición de su pueblo a ser padres. El ejemplo de Ana, que nos propone la primera lectura, es elocuente (1 Sam 1,20-22.24-28). Ella reconoce que su hijo es un don de Dios y por eso pertenece a Dios. Los padres hoy día no debieran olvidar esa verdad. Los hijos no les pertenecen totalmente. Son los padres los que pertenecen a los hijos, sobre todo hasta que lleguen a poder desenvolver la propia vida. No se debe utilizar a los hijos para realizar aquello que nosotros no hemos podido hacer. Debemos prepararlos para que puedan realizar el plan de Dios sobre ellos.

    Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, el misterio del hombre, el misterio del amor. Por eso ha empezado experimentando el amor en el seno de una familia. Se ha sentido deseado, amado y acogido ya antes de nacer. María y José dejaron sus planes personales para acogerlo a él como el gran don del Padre. Ese amor incondicional de sus padres le marcó para toda su vida y le preparó para poder hablar de Dios desde la experiencia vivida. Tan sólo con el paso de los años comprendemos lo que han sido nuestros padres para nosotros. Saber lo que significa ser hijo de Dios, tan sólo lo experimentaremos en plenitud cuando lleguemos a la casa del Padre (1 Jn 3,1-2.21-24).

    Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, nuestras familias humanas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino. Que la celebración de esta eucaristía sea ante todo una celebración agradecida a Dios por el regalo de nuestras familias.


  • Hoy os ha nacido el Salvador

    Categoría:

    25 de Diciembre de 2024 – Natividad del Señor, Misa de Medianoche

    Desgraciadamente tampoco este año la Navidad trae al mundo la Paz anunciada por los ángeles a los pastores. Sin duda en los países ricos sin guerra la seguiremos celebrando con fiestas y juergas. La primera Navidad sucedió en la pobreza, que en aquellos tiempos era la tónica dominante (Lc 2,1-20). Todo parecía desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. Pero ese acontecimiento pertenece a la historia mundial del imperio romano donde los poderosos hacen y deshacen a su antojo, y por supuesto a su favor. No les importa que los pobres tengan que pagar las consecuencias y salir de la tranquilidad de sus hogares. Tampoco la celebración de Navidad de este año va a cambiar la vida de tantas personas que han caído en la pobreza por falta de trabajo y se han visto desahuciadas y han tenido que buscar cobijo donde han podido. El drama de la Sagrada Familia buscando posada sigue todavía en nuestro mundo.

    El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones casi infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada. Pero todos comprendemos que gracias a esa pobreza Jesús pudo solidarizarse con todos los hombres de la tierra, la mayoría de los cuales vive en pobreza.

    Por eso el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia, pero la pobreza nos hace a todos hermanos. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que les contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.

    La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

    El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.


  • Dichosa Tú, que has creído

    Categoría:

    22 de diciembre de 2024 – Cuarto Domingo de Adviento

    Estamos queriendo poner en práctica las propuesta del Sínodo sobre la Sinodalidad de la Iglesia: caminar juntos. Queremos caminar juntos con nuestros pastores, pero también con todos los hombres de nuestro mundo. También María se puso en camino para visitar a su prima. María personifica esa Iglesia en salida, hacia las periferias de nuestro mundo. Los hombres no solo viajamos hacia los lugares turísticos sino que vamos también muchas veces hacia nuestro pequeño pueblo de origen. Pueblos anónimos como el que habitaba su prima Isabel. Pueblos poco conocidos como el de María de Nazaret, o en el que nació Jesús.  La aldea de Belén había salido del anonimato gracias a que en ella nació el rey David. Pero aún así continuaba siendo una aldea pequeña al decir del profeta (Miq 5,1-4). A pesar de todo, allí iba a nacer el Mesías de Israel. Eso cambiará la suerte de esa aldea y pasará a ser conocida de todos en la historia cristiana. También Jesús hizo su salida del seno de la Trinidad para venir a la periferia de nuestro mundo, en el seno de una familia pobre y desconocida. No es uno de esos héroes que vemos desfilar en nuestros libros de historia, donde sólo cuentan los grandes. Jesús, naciendo en un rincón perdido de la geografía del imperio, ha hecho suya la historia de los pobres y sencillos.

    Los pobres se echan una mano entre los familiares, porque no pueden permitirse el lujo de tener criados. Los pobres y sencillos saben percibir la grandeza de los gestos más pequeños. Isabel descubre inmediatamente que su prima María lleva en su seno a alguien que es más importante. Esa prima es ahora la Madre de mi Señor.  La visita de María a Isabel pone de relieve el gran amor de María que, ya encinta, emprende un largo camino para ayudar a su prima, que está ya en los meses finales de la espera de un hijo (Lc 1,39-45). Pero el gran regalo que María hace a Isabel es la presencia de Dios en su seno, presencia reconocida inmediatamente por Juan y por su madre. No hay que extrañarse pues de los saltos de gozo de Juan en el vientre de su madre. Isabel reconoce inmediatamente la fe de María, que ha sido la causa de toda la alegría que ha irrumpido en el mundo con la encarnación de Dios. La fe de María ha sido la acogida y la respuesta al amor de Dios que ha querido tomar carne en su seno.

    Ese amor de Dios es lo que ha movido al Hijo de Dios a encarnarse. En ese momento el Hijo de Dios dice: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-10). Toda la historia del pueblo de Dios, ritmada por los sacrificios y ofrendas no acababa de enderezarse y entrar en el camino que Dios quería. Es necesario que Dios mismo venga en la persona del Hijo para arreglar esa historia. Ya no se trata de ofrecer cosas al Señor, sino de ofrecerse a sí mismo. Por eso Jesús ha tomado un cuerpo mortal, para poder hacer libre y amorosamente la ofrenda de su vida al Padre, a favor de sus hermanos los hombres. Este gesto de amor que se ofrece al Padre y a sus hermanos es verdaderamente redentor y salvador.

    La disposición con la que Jesús entra en el mundo es la de hacer la voluntad del Padre. Esa voluntad expresa ante todo el designio amoroso que Dios tenía respecto al hombre desde el momento de la creación. El hombre, creado a su imagen y semejanza,está llamado a entrar en la intimidad de Dios. Pero no será una hazaña sobrehumana la que le lleva a escalar los cielos para poder estar allí. Será Dios el que desciende al lugar del hombre, lo tomará en sus brazos y lo hará partícipe de su vida. Dio se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

    El hombre, como María, tiene que acoger a Dios con fe en su vida. La historia de la salvación es una historia de fe. Es la historia de unos hombres y mujeres que intentan seguir el ejemplo de Abrahán y el ejemplo de María. Abrahán, fiado de la promesa de Dios, abandonará su patria y su familia y se pondrá en camino. También María, habiendo acogido la promesa de Dios, se pondrá en camino. Cuando uno ha experimentado una gran alegría no se la puede guardar para sí sino que corre a comunicarla a los familiares y amigos. Que María nos ayuda  a acoger con fe a Jesús en esta eucaristía y nos prepare al encuentro con Él en la Navidad


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo