• Dios hará justicia sin tardar

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    20 de octubre de 2013 – 29 domingo ordinario

     

    La búsqueda de una sociedad más justa y fraterna, en la que reine la verdadera libertad y sean reconocidos los derechos humanos, ha sido en buena medida el motor de la historia en la época moderna. Los cristianos han participado en esa aventura y han considerado que una sociedad es justa y humana en la medida en que se preocupa por los más débiles y desfavorecidos. 

    El papa Francisco ha denunciado que el tipo de sociedad que hemos creado está eliminando a los jóvenes y a los ancianos.  Los cristianos no debemos dejarnos robar la esperanza de que otro mundo es posible. Hay que mantenerla a través de la oración. Los cristianos han rezado y seguimos rezando para que venga el Reino y Dios haga justicia a sus elegidos. A algunos ese mundo injusto les parece el argumento más concluyente contra la existencia de Dios y creen que esas oraciones son una pérdida de tiempo, otros, sin embargo, seguirán viendo en ellas un arma poderosa no violenta contra los injustos.

    Nuestra fe confiesa que la historia del mundo está en las manos de Dios y tiene un sentido. No es un simple sucederse de acontecimientos en el que el pez grande se come al chico, o como decía Unamuno, “que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Para Dios nada es imposible y Él se preocupa del bien de los suyos (Ex 17,8-13). La parábola de hoy pone un ejemplo tomado de la vida social (Lc 18,1-8). Desgraciadamente es siempre actual. Muchas personas se sienten frustradas en su búsqueda de justicia. Recorren a todas las instancias y le viene siempre denegada. Pocos, sin embargo, piensan en apelar a Dios y en encomendarle a Él su causa. La viuda del evangelio traduce bien la impotencia de los débiles ante el cinismo de los fuertes. Al final el juez hace justicia por quitársela de encima y no sentirse importunado cada día con una manifestación o una sentada.

    El evangelio dice claramente que se trata de un juez injusto, todo lo contrario de Dios. Dios no puede menos que hacer justicia sobre todo a sus elegidos. Y la hará rápidamente. La convicción de que el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia da esa certeza de que es posible instaurar la justicia. Sin duda no ocurrirá de manera automática sino que los hombres tienen que esforzarse en construir la justicia.

    El evangelio señala una de las condiciones: tener fe. Hay que creer que este mundo puede cambiar, que se puede construir un mundo diferente. Sin duda eso es lo que expresaba la viuda con su constante reclamar justicia. No admitía ni por asomo que las cosas sean como son y que no haya manera de cambiarlas. Ese reclamar ante Dios se traduce en la oración constante y confiada. La confianza nos viene del hecho de que Dios está constantemente cambiando la historia, derribando a los potentados de sus tronos y exaltando a los humildes.

    El problema es que la fe se enfría y nos olvidamos de Dios. Es necesario alimentar la fe y la confianza en la oración. El interrogante final del evangelio nos deja a todos en suspenso. ¿Seremos capaces de mantener la fe hasta la venida del Hijo del hombre? Él es el que establecerá definitivamente la justicia, pero la está instaurando ya poco a poco con la colaboración de todos los justos.

    La mejor manera de avivar nuestra fe es el contacto con la Palabra de Dios, con la Biblia (2 Tim 3,14-4,2). Cada vez que leemos y proclamamos las acciones liberadoras de Dios, las hacemos actuales hoy. La memoria de la liberación es una memoria peligrosa porque recuerda a los poderosos que ellos no son invencibles. Tantas veces Dios los ha derribado de sus tronos que también hoy puede hacerlo. En la eucaristía actualizamos la acción liberadora de Dios que rescató a su Hijo de la tumba, víctima de los poderosos de este mundo. Que la fuerza de la resurrección nos lleve a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.

     


  • Tu fe te ha salvado

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    13 de octubre de 2013 – 28 Domingo Ordinario

     

    Todos hemos tenido algún encuentro que ha sido decisivo para nuestra vida, que la ha cambiado, que ha supuesto un despliegue de nuestra libertad y creatividad. El Evangelio, como Buena Noticia, es una narración de los encuentros de diversas personas con Jesús. Encuentros unas veces en los que Jesús lleva la iniciativa y va al encuentro de determinada personas. Otras veces esos encuentros han sido buscados por personas que tratan de encontrar la salvación en Jesús. Jesús es capaz de encontrarse con cada persona, con el justo y con el pecador, con el agradecido y el desagradecido. Jesús hace presente el amor de Dios. Ese amor se manifiesta sobre justos y pecadores.

    Jesús en el evangelio de hoy cura a diez leprosos (Lc 17,11-19). Ante la necesidad de esas personas, Jesús no hace cálculos de si se lo van a agradecer o no. Al final nueve irán curados, uno irá curado y salvado. El verbo griego significa ambas cosas. Lo que salva es la fe. “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida”, dice la encíclica la Luz de la Fe.

    Diez leprosos han sido curados por Jesús. Han experimentado los beneficios de Dios a través de su enviado Jesús. Y, sin embargo, lo han considerado como lo más natural, como algo que les era debido. Preocupados por quedar lo más pronto limpios, no se detuvieron a agradecer a Jesús. Incluso, cuando ya están curados, no se acuerdan de su benefactor, excepto uno que, para más vergüenza, era samaritano, considerado como extranjero pagano. Muestra más sentido religioso el pagano que los otros nueve judíos. El samaritano volvió, alabando a Dios, a darle gracias a Jesús.

    Jesús hará una alabanza de este samaritano y le dirá: tu fe te ha salvado y te ha curado. Los otros nueve fueron curados pero no fueron salvados. Recuperaron simplemente la salud pero no recuperaron el sentido de la vida, que se encuentra en la relación con Dios, que se hace presente en Jesús. El samaritano se ha convertido en un creyente cristiano. Lucas se complace en mostrar cómo sus lectores, de origen pagano, han abrazado la fe cristiana, mientras los judíos, que eran los primeros destinatarios de la salvación, la han rechazado.

    San Pablo, que era judío, subraya la fidelidad de Dios frente a la incredulidad del hombre. Dios es siempre fiel porque no puede negarse a sí mismo (2 Tim 2, 8-13). Jesús es el sí definitivo de Dios al hombre pecador que había pronunciado y sigue pronunciando su “no” a Dios. Creer en Jesús es compartir su destino de muerte y resurrección.

    La primera lectura nos presenta la curación de otro leproso, el general Naamán el sirio (2 Re 5,14-17). Su proceso de fe fue lento, pero cuando ha obedecido a la palabra del profeta y ha quedado curado, siente en su corazón el agradecimiento. Lo quiere expresar recompensando al profeta, pero se da cuenta de que éste da gratuitamente lo que había recibido gratis. Entonces Naamán descubre la belleza de la fe judía que quiere practicar en su propio país. Para ello lleva un poco de tierra de Israel para así poder dar culto al Dios de Israel. En su mentalidad pagana ligaba al Dios de Israel a la tierra de Israel. Tendrá que descubrir todavía que Dios no está limitado por las fronteras humanas.

    Nuestra celebración de la eucaristía es una acción de gracias a Dios Padre por la salvación en Cristo Jesús. Esta salvación la experimentamos en todos los dones que constantemente recibimos de Dios en nuestras vidas. Pidamos un corazón agradecido al Señor y a las personas de las que estamos recibiendo también tantos favores.

     


  • El justo vivirá por su fe

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    6 de octubre de 2013 – 27 Domingo Ordinario

    Estamos casi al final del Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI y marcado por el Sínodo para la transmisión de la Fe y la encíclica la Luz de la Fe, firmada por el papa Francisco. Aunque sea pronto para apreciar lo que ha ocurrido este año, no cabe duda de que se está produciendo un movimiento en la vida un tanto aletargada de los creyentes. Se venía constatando baja intensidad de vida cristiana, que afecta incluso a la jerarquía y a la vida religiosa.  La separación de fe y vida hace que nuestras vidas tengan poco que decir a los no creyentes. La fe no se ha hecho vida. También en el evangelio se muestra muchas veces la falta de fe o la poca fe no sólo de las muchedumbres sino también de los discípulos. Ellos mismos se dan cuenta de ello y por eso piden a Jesús que aumente su fe, su adhesión incondicional a su persona (Lc 17,5-10).

    Tanto Benedicto como Francisco han visto en la excesiva preocupación de la Iglesia por sí misma la causa de esta situación y tratan de reorientar el rumbo. La Iglesia está al servicio del Reino de Dios que anunciaba Jesús. La Iglesia no debe preocuparse de hacer proselitismo para ser más y tener más poder en la sociedad, sino que debe preocuparse siempre del hombre concreto. Jesús pone a los discípulos el modelo del servidor. Esa imagen fue la que empleó Benedicto en su primera aparición apenas proclamado papa: “soy un humilde trabajador en la viña del Señor”. Como el servidor, el creyente tiene que hacer todo lo mandado. Y considerar que es lo más normal, que no tiene nada de extraordinario. El servidor está para hacer lo que manda su amo. Incluso cuando haya hecho todo muy bien, continuará siendo  siempre un pobre servidor.

    De esa manera la fe no nos separa de todos los hombres de buena voluntad que buscan implantar la justicia en el mundo y que hacen suya la causa de los pobres. Al contrario, la fe nos lleva a unir nuestros esfuerzos con todos los constructores de justicia y de paz. La fe lleva al diálogo con todos, abierta a aprender también de los que se declaran no creyentes pero que vemos que tienen una actitud de servicio y un deseo en el fondo de vivir las bienaventuranzas. Creyentes y no creyentes vivimos en el mismo mundo de desgracias, trabajos, violencias, catástrofes, luchas y contiendas (Hab. 1, 2-3; 2,2-4). Ante esas situaciones el creyente no se deja arrebatar la esperanza sino que vive de la fe en el amor misericordioso del Padre que  quiere un mundo de hermanos. El creyente trata de contagiar esa esperanza a los no creyentes para que tampoco ellos se dejen vencer por el desánimo.

    San Pablo era consciente del problema y por eso recomienda a su discípulo Timoteo que avive el fuego de la gracia que recibió con la ordenación (2 Tim 1,6-8.13-14). Los cristianos en estos momentos nos estamos mostrando demasiado cobardes en la manera de vivir nuestra fe. Hace falta un espíritu de energía, de amor y de sensatez. Como suele repetir el papa Francisco, tenemos que ser creativos ante la realidad injusta en la que estamos viviendo. No se pueden repetir sin más las mismas fórmulas sino que el amor tiene que suscitar iniciativas nuevas. Que esta Eucaristía nos haga entrar de verdad en el misterio de la fe de manera que nuestras vidas sean cambiadas por el encuentro con Cristo y vivan con intensidad su seguimiento.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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