• Escuchar y comprender la palabra

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    13 de julio de 2014 – 15 Domingo Ordinario
    Son muchas las personas, incluso no creyentes, que han empezado a seguir la predicación del papa cada día en la capilla de Santa Marta. Nos ha ido sorprendiendo con sus imágenes que aplican el evangelio a nuestra vida ordinaria y que son capaces de hablar al hombre de hoy. En el fondo lo que está haciendo es volver al estilo popular de Jesús. Éste, sin embargo, no siempre se hacía entender de sus discípulos, y menos todavía de las muchedumbres y de sus colegas. Es verdad que el tema del que hablaba era difícil: la venida del Reino de Dios. No sólo era difícil sino que también era peligroso pues ponía en cuestión la organización social de su tiempo y el estilo de vida de las personas. Jesús vinculaba además la venida del Reino a su propia actividad y persona, lo cual no parecía evidente, a pesar de los milagros que hacía.

    Jesús anuncia que la venida del Reino tendrá lugar a pesar de todos los obstáculos que Él mismo encuentra en su predicación. Las parábolas muestran la profunda convicción de que la verdad es capaz de abrirse paso, a pesar de las limitaciones del maestro y de los discípulos. También el sembrador sabe que muchas de las semillas se perderán, pero siembra con la esperanza de recoger un fruto abundante de aquellas que lleguen a crecer y madurar (Mt 13,1-23).

    En buena parte la cosecha depende de la calidad de la simiente. En este caso la semilla es la palabra de Dios que es una fuerza de salvación para el creyente. Ella tiene en sí esa fecundidad comparable a la lluvia o la nieve con las que el profeta compara la Palabra de Dios (Is 55,10-11). Como ellas, la palabra hace un viaje de ida y vuelta, desde Dios al hombre y desde el hombre a Dios. La palabra de Dios es siempre eficaz y realiza aquello que Dios quiere. El profeta está intuyendo la venida de la Palabra hecha carne, que realiza el plan de salvación de Dios y vuelve de nuevo a Dios.

    Pero los frutos dependen también de la calidad del terreno y de los cuidados que le prodiga el agricultor. En este caso la misma persona es el terreno y el cuidador. La creación entera experimenta una gran frustración a causa del pecado del hombre que la ha sometido a la esterilidad, a producir cardos y espinas (Rm 8,18-23). Pero tenemos la esperanza de que un día la creación será de nuevo liberada y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

    Animados por esa esperanza la Iglesia sigue actualizando las parábolas de Jesús que se convierten para nosotros en un espejo. En ellas podemos descubrir si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.

    ¿Quiénes son tierra buena? Los que escuchan la palabra y la entienden. No basta pues escuchar la palabra. Hay que hacer el esfuerzo de entenderla, de penetrar en ella, de descubrir su sentido. Eso sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros tierra buena que da frutos en abundancia.

     

     


  • Te revelaste a los sencillos

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    6 de julio de 2014 – 14 Domingo Ordinario
    Los sabios y entendidos han gozado en todos los tiempos de la confianza de las personas. Cuando tenemos un problema de salud, vamos al médico. Para las cuestiones legales, acudimos a un abogado. El saber da un poder y sobre todo hoy día es un saber hacer que permite incluso manejar a las personas. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Hoy día, no sólo los sabios sino mucha gente corriente consideran que no necesitan de Dios y no le dan una oportunidad de que entre en sus vidas.

    Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber hacer, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.

    Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escogió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).

    Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.

    El conocimiento, la ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.


  • La Iglesia oraba insistentemente por él

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    29 de junio de 2014
    San Pedro y San Pablo, apóstoles

     

    A todos nos sorprendió que la primera cosa que hizo el Papa Francisco al presentarse fuera pedir que rezáramos unos momentos por él. Ha repetido esa petición muchas veces. También la Iglesia oró insistentemente por Pedro cuando estaba en prisión (Hechos 12,1-11). La oración es siempre eficaz. Su liberación maravillosa de la cárcel tiene su correspondiente escena en la vida de Pablo, pero no en la de Jesús. Sin duda alguna se inspira en la escena de la resurrección de Jesús como liberación definitiva de las fuerzas de la muerte.

    Esas fuerzas amenazadoras están representadas por los poderes políticos y religiosos, una vez más aliados contra Jesús y sus seguidores. La cárcel representa ese reino de la muerte donde la Palabra de Dios es sepultada y hecha enmudecer. Pero la oración intensa de la Iglesia muestra como ésta no se calla, al menos ante Dios. Y Dios actúa enviando un ángel, figura de la intervención misma de Dios, como en el momento de la resurrección. Su presencia ilumina las tinieblas de la prisión y hace que las cadenas se le caigan de las manos.

    La obediencia total de Pedro a lo que el ángel le indica muestra su fe total en Dios. Es esa fe la que hace milagros. Era esa fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios, la que Pedro había profesado ya antes de la resurrección de Jesús (Mt 16,13-19) y que ahora profesa toda la Iglesia con él. Es esa fe la que triunfa siempre sobre los poderes del mal.

    La fe de Pedro en Cristo Jesús, que la Iglesia sigue proclamando, es el fundamento de esa promesa de perpetuidad y de la eficacia salvadora de su misión, a pesar de los ministros humanos, tantas veces indignos. Dio sigue liberando su Iglesia de los peligros exteriores y sobre todo interiores, que son los más peligrosos. Un día la Iglesia triunfará totalmente sobre el pecado, también en sus miembros, y sobre todas las fuerzas del abismo.

    La misma liberación experimentó repetidas veces Pablo en su vida (2Tim 4,6-8.17-18). El apóstol, al hacer balance de su vida, descubre que Dios ha estado actuando a través de él para salvar al mundo. Es Dios el que le dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, sin traicionar el evangelio. Leamos y meditemos las cartas de Pablo y descubramos sobre todo su intrepidez apostólica para seguir nosotros anunciando el evangelio a todos los paganos de nuestro tiempo.

    Pablo sigue ayudándonos a ponernos en cuestión ante Dios de manera que nuestras vidas no se justifiquen simplemente por lo que hacemos sino por la fe en Cristo Jesús. Su mensaje de libertad cristiana debe constituir una llamada para todos nosotros a vivir la libertad de los hijos de Dios en el amor y el servicio al prójimo. Que la celebración de la eucaristía en la fiesta de los Apóstoles renueve nuestras vidas y renueve a toda la Iglesia.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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