• Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo

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    24 de agosto de 2014 – 21 Domingo Ordinario

    La persona de Jesús sigue atrayendo el interés de nuestros contemporáneos, como lo prueban las repetidas películas. Pero este interés no pasa de ser anecdótico y representa una de tantas figuras famosas del pasado, como ya creían los contemporáneos de Jesús. Veían en Él una reencarnación de alguno de los grandes profetas como Jeremías o Juan Bautista. Por eso Jesús se encara con sus discípulos para que ellos den una respuesta personal y no simplemente aprendida en la historia o la catequesis.

    Fue Pedro el que entrevió y confesó el misterio de Jesús, el Hijo de Dios vivo. La respuesta de Pedro no era de las de manual sino inspirada directamente por el Padre. Aun así la continuación del evangelio mostrará que Pedro entendía el mesianismo de Jesús de una manera excesivamente política, como muchos de sus contemporáneos, que esperaban una liberación del poder de los romanos (Mt 16,13-20). Como ya el papa Benedicto insistía y el papa Francisco ha repetido nadie llega a ser cristiano porque ha leído el catecismo sino porque se ha encontrado personalmente con Cristo. El que ha hecho esta experiencia se siente fascinado por Jesús, quiere vivir como él y está dispuesto a entregar su vida por él.

    Los creyentes necesitamos profesar comunitariamente nuestra fe, que nos une como Iglesia. Lo importante no son las fórmulas en sí sino la realidad a la que apuntan. Pedro dio una de esas confesiones de fe que presentan a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios. La fórmula tiene su sentido en el contexto del mundo judío y apunta a la especial vinculación de Jesús con Dios. De hecho las fórmulas cristológicas posteriores se irán concentrando en la filiación divina de Jesús. La respuesta de Pedro fue alabada por Jesús que la consideró una formulación directamente sugerida por Dios y no simplemente por la sabiduría del pescador de Galilea. Esta confesión de fe le valió a Pedro el ser la roca sobre la que Jesús construirá su Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. Este gesto fundacional coloca ya a Jesús en un puesto semejante al de Dios pues hace unas promesas sobre su comunidad que sólo Dios puede mantener.

    La fe de la Iglesia en Cristo Jesús ha mantenido siempre la realidad inseparable de su ser: verdadero Dios y verdadero hombre. La teología tradicional se preocupó sobre todo de la divinidad de Jesús, la investigación histórica más reciente ha ido descubriendo su realidad humana. Cada uno tendrá sus preferencias, pero siempre habrá que mantener ambos aspectos y sobre todo no querer condenar a los que dan formulaciones distintas a las mías, pero que quieren traducir esta doble dimensión del ser de Jesús. Es verdad que no todas las formulaciones son aceptables, pero debe ser el examen eclesial el que lo decida.

    No se entiende la realidad de Jesús si no se le reconoce como verdadero Dios. No basta decir que es un enviado de Dios o un mediador de salvación de parte de Dios. Jesús es la revelación definitiva de Dios al hombre, es decir la donación total de Dios al hombre. Jesús no sólo es el salvador sino que es la salvación. La salvación consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en la realidad de la vida divina. Por eso Jesús es objeto de nuestra fe. Y yo no puede creer en un simple hombre por más sublime que sea. Sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Si creo y pongo toda mi confianza en Jesús es porque Él es Dios. La celebración de la eucaristía actualiza la salvación en Cristo Jesús. Confesémoslo como nuestro Dios y nuestro Señor.


  • Mujer, qué grande es tu fe

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    17 de agosto de 2014 – 20 Domingo Ordinario

     

    En muchos de nuestros pueblos, la religión se considera cosa de mujeres como personas más necesitadas de consuelo espiritual que los hombres. Es posible que efectivamente las mujeres sean más sensibles a las realidades espirituales. En los pueblos antiguos, en cambio, la religión, tanto la pública como la familiar, era responsabilidad ante todo del padre de familia. Pero el evangelio nos presenta cómo las mujeres van adquiriendo un protagonismo en la vida cristiana hasta aparecer como auténticos modelos de fe. No sólo la persona de la Virgen María, sino que también incluso una mujer extranjera encarna la actitud de la persona que se fía totalmente de Dios, cuando fallan los apoyos humanos.

    También hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos. Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.

    La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. San Juan Crisóstomo podía decir: “el cristiano de Roma sabe que el cristiano de India es su hermano”. Es verdad que los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros pueden entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).

    El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.

    La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.

     


  • El poderoso ha hecho obras grandes por mí

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    15 de agosto de 2015 –  La Asunción de la Virgen María

     

    Cuando el Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción en 1950 señalaba su deseo de que la contemplación de María en cuerpo y alma en los cielos llevase a los hombres a no hundirse en el materialismo. Sin duda en aquellos tiempos imperaba la ideología materialista del marxismo comunismo, pero los bienes materiales seguían siendo escasos pues hacía poco que había terminado la Segunda Guerra Mundial. El mensaje era bien recibido en España que, sumergida en la pobreza, se consideraba portadora de valores eternos.

    A pesar de la crisis económica actual y de que más de mil millones de personas viven en la pobreza, nuestros países occidentales nadan en la abundancia de bienes materiales. El olvido del destino eterno del hombre se ha ido acentuando en las últimas décadas. Existe el peligro de pensar que una vida lograda y de calidad es aquella a la que no le falta nada en bienes materiales. Por eso la contemplación de la persona de María sigue siendo actual para el creyente. La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

    La fe fue el fundamento de su felicidad. María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado.

    Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María. Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.

    Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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