• El mandamiento principal

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    26 de octubre de 2014 – 30 Domingo Ordinario
    El volumen de conocimientos de nuestro tiempo está a disposición de todos en Internet. Muchas veces aceptamos sin crítica lo que allí se dice, pues no tenemos tiempos ni ganas para una información más matizada. En tiempos de Jesús, la Biblia era una buena enciclopedia de todos los saberes divinos y humanos. A la mayoría de los judíos debía parecer ya demasiado compleja. Nada extraño que los doctores de la ley intentaran buscar un hilo conductor en ese inmenso laberinto. La pregunta sobre el mandamiento principal no es simplemente un intento de concentrar la moral bíblica en él, sino que en él se resume también toda la historia de la salvación.

    La respuesta de Jesús supone una reflexión e interpretación personal ya que no corresponde al texto del llamado decálogo o diez mandamientos, sino que toma otros textos de la Escritura, en particular el “shema Israel”, confesión de fe tradicional entre los judíos del tiempo de Jesús. En ella se profesa la unicidad de Dios y la obligación de un amor total (Mt 22,34-40). Se supone sin duda que ese Dios es alguien con el que uno está familiarizado y es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo.

    Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto, que exige abandonar los ídolos (1 Tes 1, 5c-10). Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.

    Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita el mandamiento principal sino que menciona dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).

    En esas relaciones de amor, hay también un sitio para amarse a sí mismo sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo comentaba alguien significa: amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.


  • Dad al César lo que es del César

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    19 de octubre de 2014 – 29 Domingo Ordinario

     

    Todos hoy día consideramos normal la separación de la Iglesia y el estado. Incluso nos gustaría también la separación entre el poder político y el económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final lo condenará a muerte.

    En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

    Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Poder romano y poder judío estaban de acuerdo en explotar al pueblo para sus propios intereses. Jesús denunciará a los fariseos, a los herodianos, a los sacerdotes y su feudo el templo, convertido en una especie de banco de transacciones económicas. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

    Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

    Hoy hay dos acontecimientos eclesiales que merecen nuestra atención. En primer lugar es el Día de las Misiones que nos invita a solidarizarnos, también económicamente, con las Iglesias nacientes en países pobres. El mensaje del papa insiste en la alegría, tal como lo había hecho ya en la exhortación pastoral “La alegría del Evangelio”. El que se ha encontrado con Cristo experimenta una alegría tal que no se la puede guardar para sí, sino que quiere compartirla con los demás. Es lo que hacemos los misioneros, en tierra de misiones o en nuestros ambientes.

    Hoy tiene lugar en Roma la Beatificación del Papa Pablo VI, persona tan maltratada en su tiempo, pero que se ha ido agigantando. Él consideraba a los misioneros como “las pupilas de sus ojos”. Jugó un papel importante en el concilio Vaticano II y en su puesta en práctica. Él orientó a la Iglesia hacia Cristo y hacia el mundo para evangelizarlo. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría para testimoniarla ante los demás.


  • Se marcharon a sus negocios

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    12 de octubre de 2014 – 28 Domingo Ordinario

     

    Desde hace ya más de veinte años, las encuestas tienden a confirmar la nueva escala de valores de los españoles: familia, trabajo, amigos, tiempo libre, religión, política. La religión institucionalizada, es decir la Iglesia, goza cada más de menor prestigio, al margen del aprecio por el papa Francisco. Sólo la institución de Cáritas goza de aprecio y credibilidad de pare de los españoles. A la importancia dada a cada una de las realidades corresponde la dedicación de nuestro tiempo. Nuestro empleo del tiempo indica claramente la jerarquía de valores que tenemos. Dedicamos tiempo a aquello que nos parece importante para la realización de nuestra vida. No tenemos tiempo para los demás, a pesar de los mensajes continuos del móvil. Dedicamos demasiado tiempo a las cosas porque el valor supremo de nuestra cultura es tener cosas, consumir y disfrutar cosas.

    Tampoco los de la parábola que hemos leído tienen tiempo (Mt 22,1-14). Los invitados tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas. Consideran que la invitación a entrar en la intimidad de Dios no merece la pena, no añade nada a lo que uno tiene, incluso puede resultar un tanto aburrida. Por eso se van a sus tierras y a sus negocios. Algunos incluso se sienten molestos con los que vienen a invitarlos y los maltratan hasta matarlos. En el fondo son personas incapaces de disfrutar con los demás. No quieren fiestas. Les parece que la vida es un asunto demasiado serio para dedicarse a celebrar. Y probablemente los cristianos seguimos siendo demasiado serios. Se nos ve poco resucitados y así nos va. Probablemente hemos olvidado que el cristianismo es una fiesta y nos hemos quedado tan sólo en las exigencias morales, en las leyes y normas. Jesús aparece constantemente en el evangelio comiendo con todo tipo de personas, celebrando la reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos. El Dios de Jesús hace siempre fiesta cada vez que un pecador se convierte.

    Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad. Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.

    La Familia Marianista celebra hoy de manera especial la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Nuestro Fundador, el Beato Chaminade, llegó exiliado a Zaragoza el 11 de octubre de 1797. Probablemente no venía con muchas ganas de fiestas, pero la presencia de María en su vida confortaría sus tres años de destierro. Y sobre todo allí creemos que recibió su inspiración: crear la Familia Marianista como medio de reconstruir la Iglesia, no sólo en Francia sino en el mundo entero. Nos consideramos felices de haber recibido la invitación a vivir el carisma marianista que es un don de Dios para el bien de toda la Iglesia y damos gracias a Dios en la Eucaristía.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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