• El templo de su cuerpo

    Categoría:

    9 de noviembre de 2014 – Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

    Las grandes catedrales se están convirtiendo cada vez más en museos, con su billete de entrada incluido. El hombre moderno es sensible al lenguaje artístico y la Iglesia ha sido la gran patrocinadora del arte hasta hace dos siglos. Cuando el turista visita las catedrales suele prescindir de todo recuerdo religioso. Esto hace que éstas vayan perdiendo su identidad religiosa, sobre todo si no hay unos guías que ayuden a percibir el mensaje cristiano en ellas contenido.

    Para el judaísmo y las religiones antiguas, el templo era el lugar privilegiado de encuentro con Dios pues es la casa de Dios. El conflicto con las autoridades religioso-políticas a propósito del templo fue probablemente decisivo a la hora de la intervención para arrestar a Jesús. La actuación de Jesús en el templo ponía en entredicho la actividad que en él se realizaba. Jesús aparecía como persona peligrosa para la estabilidad social y política (Jn 2,13-22).

    El templo como casa de Dios era el lugar del culto que permite el encuentro con Dios y asegura su bendición para el pueblo. La fuente de agua viva brota del templo de Dios (Ez 47,1-12). Era sin duda también el lugar de oración como medio también de relacionarse con Dios. Pero el culto exigía todo un montaje económico y comercial, que los sacerdotes habían utilizado para sus intereses, sin separar lo religioso de lo profano. De esa manera se había convertido en un mercado, en una cueva de ladrones, dijo ya Jeremías.

    Jesús interviene como profeta que quiere restaurar el uso cultual del templo y echar fuera lo que tenía de mercado. Pero así chocaba directamente con los intereses de los sacerdotes, que vivían de los beneficios del templo. Toda la economía de Jerusalén estaba centrada en el templo. Atacar ese sistema era atacar los fundamentos económicos del país.

    ¿Quién era aquél que se atrevía a intervenir en el templo y a dictar lo que se debía o no se debía hacer en él? La respuesta de Jesús legitima su intervención en nombre de su propia persona de Resucitado que tiene autoridad sobre todo. Con la resurrección de Jesús ya no es posible tener un templo, una casa para Dios. Dios ya no habita en una casa donde se está quietecito sin inquietar mucho a las personas sino que despliega constantemente su acción a través de Jesús resucitado. Dios habita en Jesús y en Él lo podemos encontrar. De esa manera quedaba abolido todo el sistema cultual judío y se introducía un nuevo culto en el que se celebra la salvación en Cristo.

    Algunos cristianos siguen aferrados todavía a la imagen del templo morada de Dios y creen que nuestras iglesias son sin más los templos de Dios. El cristianismo no tiene templo sino iglesias, es decir, asambleas de creyentes convocados para escuchar la Palabra de Dios. Mientras el templo evoca un edificio estático, la iglesia es una realidad dinámica que acontece al reunir a los creyentes para escuchar la Palabra.

    El memorial de ese culto será la eucaristía. Un culto que debe llevarnos a descubrir a Dios en el hombre (1 Cor 3,9-17), pues por la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto sentido a cada hombre.


  • La vida no termina, se transforma

    Categoría:

    2 de noviembre de 2014 – Conmemoración de todos los Fieles Difuntos

     

    Nota: La celebración de todos los Fieles Difuntos no tiene unos textos propios sino que permite elegirlos entre los diversos textos propuestos para las misas de difuntos. Aquí comentamos Job 19,1.23-27; Rom 5,5-11 y Juan 6,37-40.

    He tenido que acompañar en la hora de la muerte a parte de mi familia y varios de mis cohermanos religiosos. Ha habido al menos dos religiosos que nos han dejado un recuerdo imborrable porque ante un cáncer bastante rápido, hasta el último momento han estado dando gracias a Dios y a los demás por el don de la vida y todo lo que hemos recibido con ella. Teresa de Lisieux poco antes de morir decía: “No muero, entro en la vida”.

    Creer en Jesús es encontrarse con la persona que es el camino, la verdad y la vida. Cuando uno ha empezado a vivir la vida de Jesucristo, uno está convencido de que esa vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios y el amor no muere. “Amar a alguien significa decirle: para mí tú no morirás nunca” (G. Marcel). Eso es lo que Dios y Jesús me susurran al oído cada vez que renuevo mi fe en ellos. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40).

    Cuando se está convencido de que “la vida no termina sino que se transforma”, como dice el prefacio de difuntos, uno no tiene miedo a dejar la vida. Puede incluso entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11). Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos engaña. Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama.

    Incluso el mismo Job que se pasa la vida debatiéndose con Dios, experimentando ya la muerte en vida, eleva su protesta porque está convencido de que su estado de miseria no puede ser la última palabra de Dios sobre él. Si así fuera sería un Dios irreconocible. Por eso desde su postración hace una profesión de fe en la vida con Dios (Job 19,1.23-27). “Sé que mi redentor está vivo”. Pues mientras hay vida hay esperanza. Si mi redentor está vivo, no dejará que yo me hunda en la muerte. El redentor es la persona de la familia que tiene que responder por ella, que tiene que salvarla y liberarla. Cristo nuestro Redentor ha respondido por todos nosotros. Ha respondido con su vida. Por eso nosotros podemos vivir con esperanza. Nuestra vida ha sido ya rescatada de la tumba.

    Al celebrar la eucaristía, memorial de la salvación, celebremos esa salvación en la que ya han entrado nuestros seres queridos difuntos. La oración nos permite relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Ahora, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra tristeza. Que ellos intercedan ante el Señor para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre.


  • Una muchedumbre de santos

    Categoría:

    1 de noviembre de 2014 – Todos los Santos

    Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Por supuesto, tenían que ser poco numerosos y de otros tiempos en los que eran posibles esas hazañas. Gracias a Dios, en los últimos años hemos vivido la canonización o beatificación de personas muy cercanas al hombre de hoy y nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros. Por eso la santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio con su sangre. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos. Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo