• Tú tienes palabras de vida

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    23 de agosto de 2015 – 21 Domingo Ordinario

     

    La figura del Papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes. Es difícil, sin embargo, saber si hemos tocado el fondo en el desenganche de los creyentes respecto a vida eclesial y a la fe cristiana. Aparentemente los que han permanecido fieles continúan ahí contra viento y marea. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento, no sólo para evitar cometer los mismos errores, sino también para ver si se les puede atraer de nuevo.

    En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

    Aunque hoy día la decepción, parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo lo que está en cuestión es la persona de Jesús y del mismo Dios mismo. La tendencia actualmente existente es la de querer relacionarse directamente con Dios y con Jesús sin la mediación eclesial. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación en vez de ser la realidad que nos introduce en ella. Para muchos incluso la realidad de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

    En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

    Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

    También Josué al introducir el pueblo en la tierra prometida lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo.

     


  • Vivir para siempre

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    16 de agosto de 2015 – 20 Domingo Ordinario

     

    Vivimos gracias a la comida. El hombre siempre buscó un fruto mágico que le permitiera vivir para siempre, que le diera la inmortalidad. Aunque la vida y los alimentos vienen de Dios, el hombre, sin embargo, es mortal a causa del pecado. El hombre no sólo vive de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios, su Sabiduría, es un banquete para la persona que busca ante todo el sentido de la vida y la felicidad (Prov 9,1-6),

    Jesús, en cambio, promete un alimento que garantiza la inmortalidad: su carne y su sangre (Juan 6,51-58). Esto no puede menos que escandalizar a sus oyentes que probablemente pensaron en el canibalismo o en la imposibilidad de una vida sin fin. Pero Jesús nos explica cómo eso es posible. La vida viene de Dios que es la vida en plenitud, la vida inmortal. Jesús vive por el Padre, ha recibido la vida del Padre, la vida misma de Dios, que no tiene fin. Jesús alimenta su vida, como Él dirá, haciendo la voluntad del Padre, estando siempre en sintonía con Él, haciendo que la misma vida de Dios fluya por sus venas. Pero Jesús, además, tiene la capacidad de darnos esa misma vida que ha recibido del Padre. Por eso puede prometernos la inmortalidad, el vivir para siempre.

    Jesús nos da su propia vida, la vida misma de Dios, alimentándonos con su carne y su sangre. No podemos menos que evocar la imagen de la madre alimentando con su seno al bebé. Al mencionar la carne y la sangre de Jesús, el evangelio piensa sin duda en la eucaristía, misterio del cuerpo y de la sangre de Jesús. Se trata, sin duda alguna, de la vida de Jesús.

    La Biblia llama “carne” a una vida en la debilidad. Jesús nos hace ver que lo que nutre al creyente no son los “alimentos fuertes”, sino precisamente la vida ordinaria de entrega que Él vivió a favor de nosotros. La “sangre” de Jesús evoca su pasión, su muerte cruenta, precisamente porque era débil como nosotros. El creyente que se sumerge en la vida y muerte de Jesús alcanza la inmortalidad, la resurrección. Entramos en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo a través del bautismo y de la eucaristía. Ésta es sin duda la “medicina de la inmortalidad”, como la llamaban los Padres de la Iglesia.

    Cuando comemos incorporamos los alimentos a nuestras células, los asimilamos y los hacemos nuestros. No es así como logramos la inmortalidad de la vida del Señor Resucitado, pues al hacerlo nuestro, nos encontraríamos siempre con nuestro ser mortal. Ocurre, más bien, al revés. Es el Señor Resucitado el que nos incorpora a Sí y hace de nosotros personas resucitadas que viven una vida sin final.

    Que la participación en esta eucaristía nos transforme en Cristo y nos dé su propia vida, la vida recibida del Padre. Esta vida es, ante todo, amor, relación personal con Dios y con los demás, relación que nos lleva a salir de nosotros mismos, para abrirnos a la vida sin límites.

     


  • ¡Dichosa tú, que has creído!

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    15 de agosto de 2015 – Asunción de la Virgen María

     

    El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.

    Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

    La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

    La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

    María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

    En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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