• Como si viera lo invisible

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    7 de agosto de 2016 – 19 Domingo Ordinario

    En nuestros tiempos de cambios acelerados van desapareciendo las certezas que antes daban una estabilidad y referencia a la vida de los hombres. Incapaces de conocer y dominar el futuro, a pesar de todos los adelantos, las personas se resignan a vivir al día, como la única certeza todavía posible. No es de extrañar que se haya tirado por la borda la fe como un fardo inútil o como una ilusión sin fundamento en la realidad pura y dura, que no admite paliativos ni consuelos fáciles.

    Efectivamente la fe es eso, una manera de poseer ya lo que se espera, un medio de conocer las realidades que no se ven (Hb 11,1-2.8-19). A los ojos de nuestros contemporáneos la actitud de fe traduce una ingenuidad, que hace que uno sea víctima de una ilusión. Freud habló del porvenir de una ilusión, refiriéndose a la religión cristiana. No cabe duda que para él esa ilusión será despejada por la ciencia. A pesar de todo, aquí nos tienen de creyentes por la vida.

    Nos anima a ello el ejemplo de los grandes creyentes de todos los tiempos que caminaron en la fe, sin haber visto realizadas de todo las promesas, pero viéndolas y saludándolas de lejos. En particular Abrahán y Sara son nuestros padres en la fe, que supieron esperar contra toda esperanza. Las promesas del Señor se fundan en su palabra todopoderosa que liberó a nuestros padres de la esclavitud de Egipto (Sab 18,6-9).

    La fe nos lleva a no abandonar el puesto y a estar en guardia, incluso durante el verano y las vacaciones, con las lámparas encendidas a la espera del Señor (Lc 12,32-48). La cultura actual no sólo es una cultura de la noche, celebrada de noche, sino que la noche proyecta su sombra y su inconsciencia sobre el día. El mundo del consumismo crea una especie de letargo y de sopor que facilita el que seamos manipulados por todos los mensajes de falsa felicidad.

    El cristiano sabe que estamos viviendo en los últimos tiempos, es decir en los definitivos y que todo minuto es precioso y no se puede desperdiciar. No se puede pasar la vida adormilados simplemente disfrutándola. Hay que realizar la misión que el Señor nos ha encomendado.

    La única manera de estar despiertos y velar es sentirse responsables ante Alguien. Sólo el vivir ante Dios nos puede dar esa capacidad de atención al presente. Dios es una presencia total que nos circunda y nos envuelve. Pero no es una presencia puramente estática de algo que está ahí. Es una presencia dinámica que nos implanta en la vida y en el ser y que nos da las energías necesarias para vivir.

    El hombre actual puede tener la sensación de que Dios está ausente, o que está lejos, o que tarda en venir. En realidad Dios está viniendo a nuestro encuentro en cada persona, en cada acontecimiento. Cada momento de nuestra existencia se entrecruza con la eternidad de Dios y nos ofrece la oportunidad de la salvación, de ser arrancados a esta realidad falsa y engañosa en la que nos toca vivir. Pero hay que confrontarse con esta realidad y no huir de ella. Saber que somos responsables de la construcción del Reino de Dios en este mundo que todavía tiene tantas marcas del anti- Reino. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra fe y nos ayude a mantener nuestras lámparas encendidas hasta que el Señor vuelva.

     


  • Ser rico ante Dios

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    31 de julio de 2016 – 18 Domingo Ordinario

     

    Los sueños de igualdad se siguen desvaneciendo. Cada vez más un pequeño grupo de privilegiados está amasando riquezas y son cada vez más ricos, mientras la inmensa mayoría se ve cada vez más empobrecida. Algunos que, a base de esfuerzo y de ahorro, estaban juntando unos dinerillos para la vejez se han visto de la noche a la mañana sin nada a causa de la crisis financiera. Todos han sentido una gran frustración (Ecles 1,2; 2,21-23). Todos han pedido que se haga justicia y que se definan unas normas para que el caso no se repita. Sin embargo no parece que las cosas lleven camino de cambiar.

    No sabemos muy bien a quién apelar. Desgraciadamente el mismo Jesús no quiso meterse en asuntos de dinero (Lc 12,13-21). Jesús se niega a intervenir en un caso en que la injusticia parece evidente. El hijo mayor se ha quedado con toda la herencia. Con su negativa Jesús denuncia el que los bienes de este mundo sean más importantes que el amor fraterno. Eso es lo que tantas veces se pone de manifiesto cuando está por medio el dinero.

    Todo proviene de la ilusión de pensar que la vida depende de los bienes, que con ellos uno tiene un seguro para esta vida y para la otra. Esa creencia lleva a la codicia y a querer acaparar los bienes para asegurarse el futuro. La parábola del hombre rico, que quiere darse la buena vida, pone al descubierto el engaño en que vive el hombre. No es posible asegurarse el futuro mediante los bienes. La vida del hombre está siempre pendiente de un hilo y depende de Dios.

    ¿Cómo asegurarse la vida? Se trata de ser rico ante Dios y no de amasar riquezas para sí mismo. Es rico ante Dios el que ha cultivado las relaciones personales, empezando por las relaciones familiares. Esa es la verdadera riqueza, la riqueza del amor, que no disminuye cuando se la comparte sino que por el contrario crece en el amor mutuo.

    El peligro de la cultura actual es que nos lleva a buscar la felicidad en el tener, en las cosas que se pueden comprar con el dinero. El consumismo lleva a acaparar todas nuestras energías y nuestro tiempo y nos esclaviza. Trabajamos para tener. No tenemos tiempo para cultivar nuestras amistades, para compartir con las personas. De esa manera la persona humana se va empobreciendo cada vez más. La persona es siempre una relación personal. Cuando desaparecen las relaciones personales y quedan sólo las relaciones con las cosas, con los aparatos. El hombre mismo se cosifica.

    El apóstol nos invita precisamente a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-5.9-11). Las cosas de arriba no están en otro mundo distinto. Son realidades también de nuestro mundo. No son las cosas materiales perecederas. Lo único que tiene garantía de eternidad es aquello que se ha amado. Se trata ante todo de las personas. Pero también las cosas que han sido verdaderamente amadas y que no han sido tratadas simplemente como objetos de usar y tirar podrán adquirir ese sabor de eternidad. Desgraciadamente son pocas las cosas que adquieren esa propiedad y que las conservamos a lo largo de la vida con amor.

    El encuentro con Jesús en la eucaristía es la única garantía de vida. Sólo dando la vida como Jesús estamos seguros de poder tener vida en abundancia, vida eterna.


  • Pedid y recibiréis

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    24 de julio de 2016 – 17 Domingo Ordinario

     

    La mayoría de las personas se han ido desconectando de la oración. Es posible que en su infancia hayan rezado y pedido cosas a Dios. La impresión que sacaron es que Dios no los escuchaba y que era una pérdida de tiempo pedirle a Dios que se interese por nosotros. Jesús, sin embargo, al enseñarnos el Padre Nuestro, afirma que la oración es siempre escuchada. Es verdad que hay que insistir una y otra vez (Lc 11,1-13). Dios es un Padre bueno que está buscando constantemente el bien de sus hijos.

    Muchas veces tenemos la impresión de que la puerta sigue cerrada y no se abre. Kafka cuenta  que una persona quiere entrar en la Iglesia y no es capaz de abrir la puerta por más que empuja contra ella. Sólo después de un rato se da cuenta que la puerta abre hacia fuera y no hacia dentro. Quizás también a nosotros nos pasa eso. Empujamos y empujamos para mover a Dios cuando sería tan fácil dejarnos atraer por él, no para que haga lo que nosotros queremos, sino para que nosotros queramos lo que Él quiere.

    El Padre Nuestro nos introduce en la intimidad de Dios para ver el mundo con los ojos de Dios. Dios ve el mundo con amor y por eso establece su Reino. El nombre de Dios es santificado cuando con nuestras vidas manifestamos que Dios es santo, es decir que Dios nos ama y nos salva. Es entonces cuando se establece su Reino de santidad, de justicia, de amor y de paz. Se trata del don de Dios mismo que nosotros acogemos y hacemos presente en el mundo. Es un Reino de perdón, que crea la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Por eso somos ministros del perdón, perdonando a los demás. Al vivir todavía en este mundo, necesitamos el sustento diario y la protección de Dios frente a la tentación de abandonar la fe y vivir la vida simplemente de tejas abajo.

    Debemos pedir ante todo el don del Espíritu Santo. Él contiene todos los demás dones y cosas buenas que pedimos a Dios. Pedir el Espíritu Santo significa pedir el amor de Dios. Dios lo ha puesto en nuestros corazones y es el Espíritu el que reza en nosotros. El hombre necesita muchas cosas, pero sobre todo busca ser amado y acogido por Dios. Y Dios nos ama y nos acoge dándonos su Espíritu.

    A pesar de todo, algunas veces, quizás no somos escuchados. Darnos cuenta de ello es una gracia pues descubrimos que Dios es una persona libre, que nos ama libremente y que no la debemos ni podemos forzar. Hay que respetarla en su libertad. Gracias a Dios sabemos que Él está siempre de nuestra parte. Por eso para los que aman a Dios, todo coopera para su bien. En la oración de petición no se trata de querer vencer a Dios para que haga lo que nosotros queremos. La verdadera victoria para el creyente consiste más bien en dejarnos vencer por Dios, en rendirnos ante Él, en aceptar su amor incondicional.

    Abrahán es el amigo de Dios. Dios no le oculta nada de lo que piensa hacer (Gn 18,16-33). Incluso se aconseja con Abrahán cuando tiene que tomar una decisión grave, como la de castigar a toda una ciudad pecadora. Abrahán razona con gran sensatez, buscando el que Dios quede bien y no cometa una injusticia, castigando a justos e injustos. Su amistad es tan grande que Abrahán se atreve a sugerir que perdone a los culpables a causa de los justos.

    Lástima que Abrahán en su regateo con Dios no se atreviera a rebajar todavía un poquito más el precio que Dios iba poniendo a la salvación de la ciudad. Un justo salva el mundo: “Quien salva un hijo de Israel es como si salvara el mundo entero”, recuerda un dicho rabínico. A Abrahán le pareció que ya había obtenido un buen precio. Desgraciadamente en la ciudad no había ni diez justos. Y, sin duda, Dios hubiera estado dispuesto a perdonar por un justo. Y quizás no era necesario que estuviera en la ciudad. Bastaba que su amigo Abrahán, un justo, se lo pidiera. De hecho cuando Jesús pidió el perdón para todos, el Padre lo concedió. Lo importante no es el número de los justos sino el que el amor de Dios encuentre una respuesta de amor. En la eucaristía acogemos ese amor y respondemos con nuestro amor hecho oración y servicio.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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