• Con la perseverancia salvaréis vuestras vidas

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    13 de noviembre de 2016 – 33 Domingo Ordinario

     

    Los aires de pesimismo que circulan por nuestro mundo al ver que las cosas no cambian se nos pueden colar también en la Iglesia. Tampoco en ella las cosas van como nos gustaría. Disminuye y envejece no sólo el clero sino también los creyentes, sobre todo en Europa. Desgraciadamente en muchos países donde el cristianismo es una minoría experimentan la persecución.   Se necesita mucha paciencia y coraje para continuar siendo cristianos sin abandonar esos lugares.

    En tiempos difíciles, y sobre todo de persecución, los creyentes han deseado que llegue el día final del juicio de Dios, en el que finalmente sea establecida la justicia (Mal 3,19-20). Los profetas han alentado esa esperanza y la convicción de que ese día está cercano. El interés se fue centrando en los acontecimientos anunciadores de esa final. La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue vista por muchos como el inicio de la etapa definitiva. Lucas, por el contrario, pone en guardia contra esa creencia porque en realidad “el final no vendrá enseguida”. La destrucción de Jerusalén fue sin duda el castigo de la ciudad pecadora que no ha querido reconocer al Mesías. Se terminaba una etapa de la historia de la salvación, y se daba paso a una nueva fase centrada en Cristo Jesús (Lc 21,5-19).

    Entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo hay un tiempo intermedio. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio. Si la historia continúa es porque Dios está dando una oportunidad para que se anuncie el evangelio y los hombres puedan alcanzar la salvación. Desgraciadamente el tiempo del testimonio es a veces el tiempo de la persecución. Gracias a Dios vivimos en países en los que la fe cristiana, aunque sea rechazada, no es perseguida.

    El evangelio, sin duda, resulta conflictivo. El rechazo que experimentó Jesús lo viven ahora sus seguidores. La situación puede parecer desesperada porque provoca la división en el interior mismo de la familia y de la Iglesia, pero los creyentes saldrán vencedores. No tendrán que preparar su defensa frente a los acusadores pues el Espíritu de Dios será el Defensor. Lo único que se le pide al creyente es la perseverancia, la fidelidad, sabiendo que sus vidas están en buenas manos.

    La historia camina sin duda hacia su fin. Ese fin está muy lejano, pero Lucas lo sigue poniendo delante de los ojos de sus lectores. Aunque parece una especie de final catastrófico, Lucas no intenta atemorizarnos. Al contrario, es entonces cuando hay que levantar las cabezas porque la salvación está cerca. La espera del retorno de Cristo no debe distraernos del compromiso con el momento presente (2 Tes 3,7-12).

    La primera forma de ese compromiso es el trabajo diario, el no estarse con las manos cruzadas a que venga el Señor a instaurar la justicia. Debemos ser nosotros los que trabajemos por crear un mundo más justo y fraterno. Mediante nuestro testimonio cristiano estamos anunciando a Cristo y preparando la venida de su Reino. Pero tampoco podemos hundirnos en este presente fugaz olvidando que estamos a la espera del Señor. Ninguna realización humana, por más sublime que sea, puede considerarse como definitiva. El cristiano mantiene siempre una distancia crítica respecto a todo lo histórico sabiendo que lo definitivo tan sólo se nos dará en Cristo.

    En la celebración de la eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Que la esperanza de su venida nos mantenga atentos a los desafíos de la vida cristiana y nos dé la fuerza para ser testigos fieles del Resucitado.


  • Para Dios todos están vivos

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    6 de noviembre de 2016 – 32 Domingo Ordinario

     

    ¿Hay algo después de la muerte? Es una pregunta inevitable aunque las respuestas sean muy diversas. Son sin duda las religiones las que han intentado dar una respuesta a esta pregunta que supera nuestra experiencia. Sin duda todos nosotros queremos que nuestra fe en la otra vida no sea pura fe sino tenga más o menos una base experimental. Estamos convencidos que si existe otra vida debe tener un impacto ya sobre ésta y no estar en total discontinuidad con lo que ahora vivimos. Si creemos en la vida eterna, tenemos que creer también en la vida sin más.

    En el pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los judíos piadosos, los fariseos. Curiosamente no la aceptaron los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación.

    Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién será la mujer? Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demostrará que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Luc 20, 27-38).

    Según Jesús, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.

    Pero lo más importante es que Jesús ha encontrado una prueba de la resurrección en los libros de la Ley de Moisés, que eran los únicos admitidos como canónicos por los sacerdotes. Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. Jesús ha aducido una verdad de experiencia. Nuestra relación con Dios nos pone en relación con la vida verdadera. Así ha sido como lo experimentado los grandes creyentes. Nuestros seres queridos no se pierden en la nada sino que viven para Dios. Amar a una persona, decía Gabriel Marcel, es poder decirle: para mí, tú no morirás nunca. Es lo que sin duda nos dice a cada uno de nosotros Dios nuestro Padre.

    También para nosotros, nuestros seres queridos no debieran desaparecer de nuestra experiencia vital  y de hecho muchas veces los sentimos presentes, pero otras tenemos dificultad para percibir las presencias espirituales de las personas ya difuntas. Ellas, sin embargo, ya no están sometidas a las limitaciones del tiempo y del espacio. Poseen en cierto sentido la capacidad de hacerse presentes que tiene el Señor Resucitado. La fuerza de la resurrección está ya actuando también en nuestras vidas mortales, preparándolas para poder entrar en la vida de Dios.

    Dios es el Dios de la vida. La gloria de Dios es el hombre viviente. Quizás el problema del cristianismo actual es, como ya denunciaba Nietzsche, que los cristianos parecemos poco resucitados. No nos hemos tomado en serio las energías que la resurrección de Jesús ha puesto en acción en el mundo. No sólo han transformado la historia personal y social, sino el mismo universo. Han sido creados unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia. Misión nuestra es colaborar con el Señor en la transformación de la historia y del mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar un horizonte de esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.

     

     

     


  • Una muchedumbre inmensa

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    1 de noviembre de 2016 – Todos los Santos

     

    El papa Francisco tiene el récord de santos canonizados: 848. Es verdad que sólo en un día canonizó a 815 mártires italianos del s XV, patronos de la ciudad de Otranto. Ha canonizado en particular a los papas Juan XXIII y Juan Pablo II y a la Madre Teresa de Calcuta. Esta última es sin duda figura emblemática por su cercanía a los pobres sin distinción de religión. Es modelo de diálogo religioso. El único idioma que entienden todas las personas es el de la caridad cristiana.

    El deseo de una Iglesia de los pobres y la referencia de su nombre a Francisco de Asís muestra bien a las claras el deseo del papa de un nuevo rumbo para toda la Iglesia. Se trata de decidirse a vivir de manera práctica las Bienaventuranzas que están resumidas en la primera: Bienaventurados los pobres (Mt 5,1-12). En realidad las que le siguen son variaciones de este único tema. No cabe duda de que los santos han sido pobres o han vivido pobremente, preocupados de los pobres, compartiendo con los pobres lo que tienen.

    Si miro en el calendario de los santos no encuentro ninguno que haya vivido como un rico, despreocupado de los pobres. El vivir entre la riqueza crea un aburguesamiento y una vida instalada y mediocre. Es lo que le está pasando a la Iglesia de nuestro continente. Una Iglesia instalada no tiene nada que decir a nuestro mundo que es maestro en instalaciones. Tan sólo una Iglesia que ponga en cuestión la vida cómoda a la que aspiran nuestros contemporáneas tendrá un mensaje de esperanza para todos los que luchan cada día para poder vivir todavía mañana.

    Las Bienaventuranzas son todo un programa de vida individual y social basado en los nuevos valores aportados por Jesús. Él ha encarnado y proclamado los nuevos valores evangélicos que hacen presente la venida del Reino. Ellos hacen visible el amor incondicional de Dios por los pobres y los perdedores de este mundo, que son el objeto de predilección de Dios. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pase a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos (1 Jn 3,1-3). Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. El que tiene esta esperanza se purifica cada día. No nos dejemos robar la esperanza. Tenemos esa nube inmensa de hermanos que nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo en él la esperanza y el amor cristiano.

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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