• No he venido a abolir sino a dar plenitud

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    12 de febrero de 2017 – 6 Domingo Ordinario

     

    El debate en torno a diversas cuestiones legales relacionadas con los nacionalismos  nos hace tomar conciencia de la necesidad de respetar la legalidad en un país democrático. Al mismo tiempo, sin embargo, nos hace confrontar determinadas leyes con las exigencias de la justicia, es decir, de un ordenamiento jurídico ideal que busca el bien común, sobre todo de los más necesitados.  En ese sentido ninguna ley es un absoluto sino que está sometida a una evaluación. Eso es verdad incluso cuando hablamos de la Ley de Dios.

    Jesús no colocó al hombre ante la Ley sino ante Dios. Los cristianos tenemos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios que se manifiesta en la vida y en las propuestas de Jesús. La ley, sin embargo, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

    El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con la ley natural, con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

    ¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

    Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

    La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús y su mensaje liberador como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.


  • Vosotros sois la luz del mundo

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    5 de febrero de 2017 – Quinto Domingo Ordinario

     

     La Iglesia ha querido ser siempre y al mismo tiempo madre y maestra de los hombres. Estos la escuchan mejor cuando se muestra como madre que cuando pretende ser maestra. Sin duda la Iglesia está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. El papa Francisco ha adoptado una nueva manera de proponer la verdad haciéndola atractiva para todos a través de la escucha y el diálogo. También muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad. El papa Francisco no ha cambiado las verdades de fe,  pero las propone con amor y misericordia, sin rebajar en nada el ideal cristiano.

    Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

    El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

    Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

    No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

    Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.

     


  • Felices los pobres en el espíritu

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    29 de enero de 2017 – 4 Domingo Ordinario

    La crisis actual ha hecho que ocho millonarios tengan más dinero que la mitad de la población del mundo. Los ricos son cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. Lógicamente este mundo genera, como dice Francisco, una cultura del descarte. Los creyentes tienen que dar un no rotundo al dinero como ídolo de nuestra sociedad. Tenemos que luchar por otro tipo de sociedad basada en los valores de la solidaridad y del compartir, que garantice a todos las posibilidades de realizar nuestra vocación de hijos de Dios.

    La propuesta de  Jesús en las Bienaventuranzas va por ahí. A algunos les parecerá una propuesta poco atractiva. Es verdad que el ideal del sufridor o perdedor tiene menos atractivo que el de triunfador. Pero quizás habría que pensar en otros términos, en una sociedad de personas felices porque son capaces de hacer felices a los demás.

    Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Lo que cuenta no es la pobreza o la riqueza en sí sino el uso que el hombre hace de la riqueza. Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad eclesial, sobre todo de los necesitados.

    Lo que cuenta, pues, es el sistema de valores que está en el corazón del hombre y que se traduce en las opciones concretas de cada día. Los valores evangélicos no son un sistema abstracto, producto de una filosofía moral. Son el resultado del encuentro con Jesús y su estilo de vida. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidariedad, en la igualdad, en el compartir. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.

    La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.

    Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y pidámosle que nos haga experimentar la alegría de las Bienaventuranzas.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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