• La Palabra es un don, el otro es un don

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    5 de marzo de 2017 – Primer Domingo de Cuaresma

     

    El mensaje del papa Francisco para la cuaresma de este año, “la palabra es un don, el otro es un don”, nos recuerda que el camino de la conversión pasa a través del descubrimiento del pobre. Para ello se ha fijado en la conocida parábola de “el rico epulón y el pobre Lázaro” (Lc 16,19-31).  El rico, sumergido en su pecado, está ciego y no sabe descubrir en el pobre un don de Dios que le invita a la conversión. “La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano”.

    En el primer domingo de cuaresma contemplamos la creación y el pecado que distorsionó el proyecto original de Dios (Gen 2, 7-9; 3, 1-7). Con Cristo el hombre es redimido y hecho nueva criatura, pero sigue expuesto a la tentación y tiene que vencerla como hizo Jesús (Rom 5, 12-19).

    Jesús, al comienzo de su vida pública, tuvo que hacer una opción radical entre los valores del Reino que estaba despuntando y los valores del viejo mundo caduco del pecado que nos siguen seduciendo a todos (Mat 4, 1-11). El mundo nos sigue ofreciendo como sentido de la vida una especie de mesianismo terreno político. Es la tentación de crear una sociedad de espaldas a Dios en la que el “pan y espectáculos” lleva a adorar al dios de este mundo con la promesa de tenerlo todo. A Jesús, no sólo el maligno, sino también sus contemporáneos, incluso sus discípulos,  el propusieron un camino, lleno de éxitos espectaculares, pero lo rechazó. A la gente no se la salva mediante la seducción, sino  haciendo que se abra a la voluntad del Padre. Fue lo que siempre hizo Jesús.

    Jesús tomó la opción de ser un Mesías sufriente, que terminaría en la cruz por fidelidad al Reino y a sus hermanos necesitados de salvación. Tan sólo descubriendo las necesidades profundas de la persona, que no vive sólo de pan, y aceptando una vida sin milagros se puede permanecer fiel a Dios y a su Reino.

    En ese discernimiento que Jesús tuvo que hacer, encontró su norte en la Palabra de Dios. La Escritura es el libro del discernimiento porque denuncia los falsos mesianismos, las falsas ofertas de salvación barata y nos muestra la manera de actuar de Dios, de salvar a su pueblo.

    A lo largo de la cuaresma tenemos que rehacer la imagen de Dios en nosotros, deformada por el pecado. Para ello tenemos que tener fijos los ojos en Cristo, imagen verdadera del Padre. La victoria de Cristo sobre el mal es la promesa y garantía de nuestra propia victoria. También un día nosotros triunfaremos totalmente sobre el pecado. No estamos solos en esta lucha contra la seducción del mal. Cristo está a nuestro lado y Él ha vencido ya el mundo. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.

    Mientras estamos en camino experimentaremos las tentaciones e incluso las caídas. Lo importante es no abandonar el camino que es Cristo. Con Él un día venceremos. En la celebración de la eucaristía actualizamos la victoria de Cristo y la hacemos nuestra de manera que nos disponemos a seguir combatiendo para vencer también nosotros el pecado.

     


  • No podéis servir a Dios y al dinero

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    26 de febrero de 2017 – 8 Domingo Ordinario

     

    Desde el momento de su elección, el papa Francisco expresó su deseo de una Iglesia de los pobres y para los pobres. En su exhortación La alegría del evangelio ha formulado de manera rotunda: “No a una economía de la exclusión”, “no a la nueva idolatría del dinero”, “no a un dinero que gobierna en lugar de servir, “no a la inequidad que genera violencia”. Y empezó desde el primer momento a dar ejemplo de cómo adoptar ese nuevo estilo de vida, tratando de vivir en lo posible como la gente sencilla.

    El dinero se ha ido enseñoreando de la vida de las personas. Sin él no se puede hacer nada. También en tiempo de Jesús era necesario el dinero para poder vivir. Jesús se dio cuenta de cómo el dinero podía convertirse en un ídolo al que uno sacrifica todo lo demás. Por eso nos pone ante la alternativa: o Dios o el Dinero (Mt 6,24-34). Está claro que nadie ni nada debe ocupar el puesto de Dios y su señorío sobre  el hombre. No es el hombre el que está al servicio del dinero sino el dinero al servicio del hombre, de todos los hombres y no solo de un grupo privilegiado que acapara para sí los recursos de la humanidad.

    Aparentemente todo se vende y todo se puede comprar con dinero. Jesús, sin embargo, atrae nuestra atención hacia realidades tan evidentes que corren el riesgo de pasar desapercibidas, para que descubramos una lógica distinta.  Jesús nos invita a aprender de la naturaleza. Contemplándola, podemos descubrir el cuidado amoroso que Dios tiene de todas sus criaturas, hasta de las que parecen más insignificantes. Todas las criaturas están en las manos de Dios, y están en buenas manos. También nosotros. Con todo nuestro dinero no podemos garantizar nuestra vida. Tenemos que ponernos confiadamente en las manos de Dios y dejar que Él realice su obra en nosotros y con nosotros.

    Jesús no invita a la pereza y a estar cruzado de brazos sino que nos anima a hacer nuestras tareas, pero sin agobios.  Hay sin duda que planificar en lo posible el futuro, pero ante todo hay que vivir en el hoy de Dios. También el mañana será en su momento este hoy. De esa manera centramos nuestras energías en lo que tenemos que hacer cada momento. Es lo que vemos en Jesús. Vive en el presente, intentando descubrir las llamadas del Reino en cada momento de su existencia. Responder a los desafíos presentes en cada momento es la mejor manera de abrirse al futuro de Dios.

    Dios es una madre que se ocupa de sus hijos (Is 49,14-15). A veces podemos tener la impresión de que el mundo está dejado de la mano de Dios, pero sabemos que no es así. Simplemente Dios nos deja suficiente espacio para que nosotros podamos hacer nuestro juego y colaborar con su obra creadora. Él nos ha confiado esta tarea y ha hecho de nosotros sus administradores (1 Cor 4,1-5). Los Padres de la Iglesia insistían en que no somos los dueños de las cosas y del dinero sino simplemente los administradores  al servicio de los pobres. Es una gran responsabilidad la que nos ha sido confiada.

    El peligro hoy día es que las cosas se apoderen de nuestro corazón y no nos dejen ya ni espacio ni tiempo para ocuparnos de las personas. La verdadera riqueza es la de la amistad. Las técnicas actuales nos permiten aumentar el círculo de nuestras amistades y mantener nuestros contactos con ellas. Pero las relaciones virtuales no pueden suplir el contacto cálido de un abrazo y un apretón de manos. En cada eucaristía Jesús viene a nuestro encuentro de manera real. Que Él nos ayude a poner nuestra confianza en Dios y  no en nuestro dinero.


  • Amarás a tu prójimo como a ti mismo

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    19 de febrero de 2017 – 7 Domingo Ordinario

      

    El empeño del Papa Francisco en solucionar los problemas de la guerra a través del diálogo y no por las armas es la traducción actual de la propuesta de Jesús de la no violencia (Mt 5,38-48). El papa se basa en el principio misericordia, en no dar ninguna causa por perdida por más enquistada que se halle. Siempre es posible sentarse en una mesa y dialogar. Desgraciadamente no siempre se sigue ese principio y la tentación de catalogar a las personas y los pueblos en amigos y enemigos sigue estando a la orden del día.

    Dios, en cambio, es misericordioso y hace salir el sol sobre buenos y malos y da sus bienes a justos y pecadores. Para Dios toda la humanidad es una única familia, la familia de los hijos de Dios. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. En vez de catalogar fácilmente a las personas, debemos descubrir a la persona concreta sufriente y doliente.

    En las situaciones de crisis económica como la que estamos viviendo, es fácil colgarles el sambenito de enemigos a los emigrantes a los que se les acusa de robarnos el trabajo y el bienestar. Nos olvidamos fácilmente de que también ellos han contribuido de manera decisiva a crear ese bienestar. Los cristianos no tenemos enemigos sino hermanos. Los amamos como a nosotros mismos. Los amamos porque Dios los ama y les da sus dones sin distinguir entre buenos y maños. Intentamos ser, si no “perfectos” como el Padre del cielo, al menos “misericordiosos”. Tratamos como Jesús de hacer el bien a todos, pues así hace el Padre de todos. De esta manera superamos la tentación mecanicista de acción y reacción: me la han hecho, me la tienen que pagar.

    La llamada a la santidad dirigida a los miembros del pueblo de Dios no se reduce a unas actitudes cultuales ritualistas sino que incide directamente sobre el comportamiento ético de las personas que se resume en  vivir el amor de manera concreta (Lv 19,1-2.17-18). Jesús se sitúa en esa línea eminentemente profética, que curiosamente aparece en un escrito sacerdotal. Sabemos que los santos no son personas alejadas de los problemas de la gente, sino que más bien dedican toda su vida al servicio de los pobres.

    El Vaticano II nos ha recordado la vocación universal a la santidad. Todos los cristianos, sea cual sea su estado de vida, están llamados a la santidad, que consiste en el amor a Dios y al prójimo. Los cristianos son santos porque, como nos recuerda san Pablo, somos templos de Dios, que habita nosotros mediante su Espíritu de santidad (1 Cor 3,16-23). Ese Espíritu orienta nuestras vidas no simplemente según una sabiduría humana de listillos, sino según la sabiduría encarnada por Jesús.

    La fuente de inspiración del obrar cristiano es siempre la persona de Jesús. Fue Él el que encarnó esa actitud de no violencia en un tiempo violento, en el que el enemigo ocupante compraba a las autoridades religiosas y políticas judías para que mantuvieran el orden en la población sometida. Jesús denunció aquella situación e indicó el modo de superarla. No a través de la violencia, sino a través de una resistencia activa, que manifiesta su disconformidad con el orden establecido que beneficia a unos pocos y mantiene a la mayoría en situaciones de precariedad. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros artesanos de la paz y la justicia.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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