• Dichosa Tú que has creído

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    15 de agosto de 2017 – Asunción de la Virgen María

     

    El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y no deja de ser sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.

    Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

    La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

    La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

    María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

    En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

     


  • los vientos eran contrarios

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    13 de agosto de 2017 – 19 Domingo Ordinario

     

    Son muchos los que creen que la Iglesia está viviendo un momento difícil porque los vientos ya no son favorables como hace cincuenta años. Esos vientos no soplan de fuera sino que se producen los remolinos en el interior de la Iglesia a causa de las dificultades que el papa Francisco está experimentando en su deseo de abrir nuevos horizontes. Son muchos los que siguen soñando con una Iglesia-transatlántico y no con la frágil barca de Pedro. Soñamos con una travesía de recreo y no con tener que remar contracorriente y azotados por la tempestad. Soñamos con una gracia barata y multitudinaria.

    En medio de las dificultades que experimentamos, en las que estamos tentados de confundir al mismo Jesús con un fantasma, lo que nos falta es fe (Mat 14, 22-33). Es esa falta de fe la que nos impide lanzarnos al agua o caminar sobre las olas. Las Jornadas Mundiales de la Juventud con su lema, “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Col 2,7), son una buena oportunidad para toda la Iglesia para renovar su adhesión a Cristo.

    La fe bíblica no es una serie de verdades sino una confianza absoluta en Dios que es el fundamento firme de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que vacilan los cimientos de nuestras vidas y que estamos hundiéndonos porque no nos fiamos totalmente de Dios. Seguimos buscando apoyos humanos y queremos un Dios a nuestra medida. Cuando nos olvidamos de Dios o Jesús no ocupa el centro de nuestras vidas, enseguida se desencadenan las tormentas y los miedos.

    Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes 19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave. Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se presenta como hacía Dios, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.

    Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo, como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los acontecimientos. El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado, los elementos del mal. Éstos, sin embargo, han sido ya derrotados por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía que aumente nuestra fe para vivir arraigados en Él.


  • La alegría de ser creyente

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    6 de agosto de 2017 – La Transfiguración del Señor

     

    La fe cristiana se basa en una experiencia y no en cuentos o habladurías. Hay experiencias inolvidables. Hay experiencias de plenitud que se enriquecen cada vez más con las nuevas experiencias que uno va haciendo. San Pedro nos cuenta su experiencia de la transfiguración de Jesús, de la que fue testigo ocular junto con los otros dos apóstoles (2 Ped 1,16-19). Aparecen también en la escena dos representantes del Pueblo de Israel. Moisés personifica la Ley y Elías los Profetas. Esos dos personajes habían muerto muchos siglos antes. Si aparecen dialogando con Jesús es porque están vivos, están resucitados (Mt 17,1-9).

    Jesús aparece transformado ante estos testigos. Su persona apareció resplandeciente y hasta sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. Las imágenes usadas hacen alusión a las apariciones del Resucitado. Se trata de una irrupción de la gloria, de lo definitivo, en la vida de Jesús. Eso es lo que llevará a pleno cumplimiento su resurrección. Jesús es Hijo de Dios desde toda la eternidad, lo es también desde el momento de su concepción en el seno de María. Pero esa filiación se realizará a lo largo de su existencia mediante su obediencia al Padre que culmina en el momento de la pasión y encuentra la respuesta de Dios en la resurrección.

    El que vivió a fondo esa experiencia fue sin duda Jesús. Fue una experiencia que lo transformó totalmente, anticipando lo que será su ser resucitado. Pero también los apóstoles quedaron impactados de tal manera que Pedro llega a exclamar: Qué bien se está aquí. Tiene la sensación del que el tiempo ha sido abolido y le gustaría que esa experiencia no fuera pasajera. Es por tanto una experiencia inagotable que supera las posibilidades humanas presentes. Es la experiencia del resucitado que funda toda la experiencia de fe de los discípulos y de sus seguidores, entre los que estamos nosotros.

    El apóstol ve en todo esto la confirmación de las palabras de los profetas. Interpreta lo vivido a la luz de lo que nos cuenta el Libro de Daniel (Dan 7, 9-10.13-14). Dios mismo entrega su poder a un hombre. Para los creyentes ese hombre es Jesús. Esas palabras siguen siendo válidas para nosotros pues iluminan todavía nuestra noche oscura con la certeza de que el día va a brillar, también para nosotros, como ya brilló para Jesús. En la transfiguración de Jesús se revela el mismo Padre proclamándolo su Hijo amado e indicando que es a Jesús a quien ahora hay que escuchar. Es a través de su palabra como siguen resonando hoy día la Ley y los Profetas.

    Pedro sin duda olvidó esta experiencia en el momento de la pasión, pero después de la resurrección la comprendió a fondo. Se dio cuenta de que en ella no sólo se había anticipado la resurrección de Jesús sino la venida de lo definitivo, del final de los tiempos. No nos olvidemos nosotros de que nuestra vida está orientada hacia lo definitivo que ha irrumpido ya en nuestra historia. La experiencia del Resucitado en nuestras vidas relativiza sin duda todas las grandezas humanas que son siempre realidades penúltimas. Pero eso no nos lleva a evadirnos de los retos de la historia presente. No podemos quedarnos satisfechos diciendo: qué bien estamos, sino que tenemos que ser conscientes de que nuestro mundo tiene que ser todavía transformado. Que nuestra participación en la eucaristía nos dé esas fuerzas que necesitamos para seguir tratando de construir una civilización del amor.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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