• Lo poseían todo en común

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    8 de abril de 2018 – Segundo Domingo de Pascua

    El futuro del cristianismo en los países europeos es preocupante. Es verdad que la presencia de la fe cristiana no se reduce a este continente. Mientras aquí estamos contemplando su desaparición progresiva, descubrimos una vivencia gozosa en muchos países de África. Allí las comunidades cristianas están vivas mientras aquí están desapareciendo si se exceptúan los diversos movimientos que están la mayoría también estancados. Fácilmente se ve que en el futuro sólo existirán pequeñas comunidades que tengan una vida de fe y de misión intensa. Se necesitan comunidades cristianas en las que se experimente el perdón de Dios y se descubra al Espíritu, que nos urge a la misión para transformar nuestro mundo.  Se trata, pues, de volver a los orígenes de la Iglesia cuando esta estaba formada por pequeñas comunidades domésticas.

    Tan sólo en comunidad se puede hacer la experiencia del Señor resucitado, superando la tentación de escepticismo que amenaza a los individuos inermes ante las realidades sociales. También los discípulos tuvieron miedo a ser víctimas de ilusiones y cuentos. El Apóstol Tomás, en nombre de todos, pidió un encuentro personal con el Resucitado, sin fiarse de lo que los demás le contaban (Jn 20,19-31). Jesús se dejó encontrar personalmente por Tomás y quiere que también cada uno de nosotros lo experimentemos vivo en nuestras vidas. El que Jesús proclame felices a aquellos que han creído sin haber visto no significa que la fe no sea una verdadera experiencia religiosa. En la vida hay muchas experiencias que no se reducen a ver y tocar. ¿De qué tipo de experiencia estamos hablando?

    La experiencia del Resucitado tiene tres dimensiones, una objetiva, otra subjetiva y otra comunitaria. No se pueden separar una de otra. Es una experiencia objetiva en el sentido de que no la fabrico yo sino que me es dada. Es el Señor el que se hace encontrar y nos da la fe para reconocerlo. Mediante la fe acontece un encuentro verdaderamente personal que pone en juego toda mi persona. Este elemento personal ha sido unilateralmente separado por la cultura moderna, que reduce todo a una experiencia subjetiva individualista. Cada uno trata de encontrar ante todo consuelo en el encuentro con Jesús y solución para sus problemas. De esa manera hemos vivido un cristianismo demasiado intimista que no incide en la transformación del mundo.

    La transformación del mundo es obra no de una persona sino de la comunidad humana. Tenemos que recuperar para nuestra fe la dimensión comunitaria, que tuvo al principio, y que hizo que las comunidades cristianas cambiaran la historia humana o al menos indicaran en la dirección en que debe ser cambiada. Los primeros cristianos crearon unas comunidades alternativas a las existentes en el imperio romano. Lo que más llamó la atención es que “ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech 4,32-35). Los cristianos, siguiendo a Jesús, cuestionaron uno de los pilares del mundo antiguo: la propiedad privada. Las propiedades no están simplemente para transmitirlas a los hijos sino que están al servicio de los necesitados.

    Hoy día necesitamos comunidades creíbles en las que sea posible el encuentro con el Resucitado. Tomás sólo se encontró con Jesús cuando se integró en la comunidad. El Beato Chaminade quería ofrecer al mundo “el espectáculo de un pueblo de santos”, pues hoy día no basta la santidad individual. Son necesarias numerosas comunidades que hagan presentes el amor de Dios en el mundo (1 Jn 5,1-6). Que la celebración de la eucaristía nos lleve a construir comunidades cristianas en las que se pueda hacer la experiencia del Señor Resucitado.


  • Ha resucitado

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    1 de abril de 2018 – Vigilia Pascual

     Para los cristianos el acontecimiento fundacional, que da sentido a toda nuestra historia, es la resurrección de Jesús. Ésta es la intervención definitiva de Dios en Cristo Jesús para salvar al mundo. Toda la historia de la salvación se concentra en este acontecimiento, hacia él tiende, desde él se despliega y en él encuentra su sentido. La Liturgia de la Vigilia Pascual nos hace revivir los principales acontecimientos de esa historia: la creación, la fe de Abrahán, dispuesto a entregar a su propio hijo, la liberación de Egipto, la promesa de la nueva alianza, la promesa de la resurrección del pueblo.

    Todo ello se concentra en el anuncio de la resurrección de Cristo. “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado” (Mc 16,1-8). Es la buena noticia que hay que proclamar, porque cada vez que se proclama se hace realidad en nuestro mundo. La fuerza de ese anuncio viene del mismo Dios. No es la palabra humana la que proclama la resurrección sino los mensajeros de Dios.  Las mujeres no dijeron nada porque estaban llenas de miedo. Nosotros hemos perdido el miedo precisamente porque hemos resucitado con Cristo. Sabemos que Él nos va abriendo el futuro, en medio de este presente sombrío que nos toca vivir. Él nos precede en Galilea para que nosotros repitamos la aventura del anuncio del evangelio.

    El misterio de Cristo muerto y resucitado es nuestro propio misterio. Lo hacemos nuestro mediante el bautismo (Rm 6,3-11). Lo vivimos de manera sacramental, pero real. Representamos la muerte y la sepultura de Cristo sumergiéndonos en las aguas con riesgo de nuestra vida. Así era al menos en el bautismo de los primeros cristianos. Resucitamos al salir del agua. Experimentamos místicamente la muerte del hombre viejo y nacemos una criatura nueva. Somos de verdad cristianos si nos sentimos salvados y viviendo la nueva vida en Cristo Jesús. Lo que cuenta es la vida. Jesús resucitado ya no muere más. Está siempre vivo y vive también en nosotros.

    La renovación de las promesas de nuestro bautismo es el momento privilegiado para asumir personal y conscientemente nuestra fe, que en su día proclamaron nuestros padres y padrinos. Esa fe es verdaderamente la luz que ilumina nuestras vidas. Es el mismo Señor resucitado, cuyo pregón hemos cantado siguiendo el cirio pascual. Es la luz del primer día de la creación.

    La resurrección de Jesús no es un simple acontecimiento histórico que afecta a toda la humanidad. Es un acontecimiento de la creación que inaugura los cielos nuevos y la tierra nueva. Inaugura verdaderamente el Reino glorioso de Cristo. Es verdad que todavía experimentamos en nuestras vidas y en nuestro mundo los efectos del odio y de la muerte. Pero estos enemigos han sido ya vencidos en Cristo y esperamos que también nosotros los venceremos. Celebremos con alegría la resurrección de Jesús y salgamos decididos a ser sus testigos y anunciar: El Señor ha resucitado. Felices Pascuas.


  • Me amó y se entregó por mí

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    30 de marzo de 2018 – Viernes Santo

    A las autoridades judías no les gustó el título puesto sobre la cruz, que indicaba el crimen cometido por aquel acusado, el haber pretendido la realeza. Sin embargo fueron esas autoridades las que inventaron y adujeron esa acusación. El evangelio de san Juan se la toma muy en serio y centra toda la historia de la pasión en la proclamación de la realeza de Jesús (Jn 18,1-19,42). Se trata sin duda de un rey muy especial, que había iniciado su marcha hacia el trono cabalgando sobre un borrico. El trono resultó una cruz y  la corona que le pusieron era de espinas. Jesús reina desde su cruz. De esa manera se hace la crítica a toda realeza y a todo poder humano, que se utiliza para el propio interés.

    Un rey está para hacer justicia a todas las víctimas de la historia. Ya que los hombres no hacemos justicia, esperamos que Dios la haga. Y Dios la hace pero de una manera totalmente sorprendente. La justicia ya no es simplemente dar a cada uno lo suyo sino que significa la salvación. Dios hace justicia salvando al pueblo, rescatándolo de su pecado. Jesús alzado en la cruz, con los brazos abiertos, abraza todo el universo.

    Desde su trono empieza a derramar sus dones sobre sus súbditos. No es el momento de pensar en sí mismo sino en los demás. Hasta los mismos soldados salieron beneficiados repartiéndose sus vestidos. La túnica, hecha de una pieza, simboliza la unidad de la Iglesia en medio de un mundo desgarrado, atravesado por la violencia.

    Pero han sido los discípulos los que se han llevado la mejor parte. Al Discípulo Amado, y en él a todos los discípulos, Jesús le ha dado a su propia madre. Es el mejor regalo, lo que Él más quería porque era lo más valioso. El discípulo afortunado la acoge en su vida. En María recibimos todo nuestro pasado de pueblo de Dios que ha esperado la salvación y que la ve realizada ahora en la muerte de Jesús. También María recibe al Discípulo. La vida de la Iglesia está confiada a la responsabilidad y al cariño de cada uno de los creyentes. Muchas veces no nos gusta mucho esa Iglesia, pero es nuestra Madre. Nos la ha entregado el mismo Jesús.

    Jesús sobre todo nos ha hecho don de su Espíritu. No murió sino que entregó su espíritu. Es este espíritu, su aliento, su vida la que sigue presente en nosotros sus discípulos. Ese Espíritu es el que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo hace presente en la vida de la comunidad. Es ese Espíritu de amor el que transfigura las realidades de la Iglesia de manera que no sea un puro tinglado humano sino expresión del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu.

    Pero el Espíritu actúa a través de las mediaciones concretas de personas y acciones, sobre todo de los sacramentos. Del costado abierto de Cristo, nació la Iglesia con los sacramentos, sobre todo con el bautismo y la Eucaristía. Ambos nos sumergen en el acontecimiento pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección. Participemos con dolor y agradecimiento en la Pasión de Cristo para poder llegar a su resurrección.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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