• Paz a nuestro mundo

    Categoría:

    6 de julio 2025 – 14 Domingo Ordinario

    Las guerras pasadas y las actuales son la prueba más clara de que la fe cristiana no ha penetrado ni penetra la vida de las personas y de la sociedad. Cristianos y sociedades que consideramos cristianas, que dicen que quieren defender la paz, no utilizan para ello los medios que verdaderamente pueden llevar a la paz. La defensa de la paz justifica de manera absurda una carrera de armamentos que, en lugar de preparar la paz, preparan las guerras. De esa manera se desvía a favor de fabricantes y vendedores de armas, miles de millones que debieran invertirse en el desarrollo sobre todo de los más pobres.

    Jesús, sin duda alguna, optó a favor de la paz a través de la no violencia y la opción preferencial por los pobres. Hoy, sin duda se dice que es una postura ingenua e insostenible y que los que la defienden son poco realistas, como también lo fue Jesús. Los poderes de este mundo llaman realismo a lo que les ayuda a mantener su situación privilegiada. Las otras realidades, como la pobreza, para ellos no cuentan. Eso es problema de los pobres que no quieren trabajar. Los poderosos no quieren reconocer que hay pobres precisamente porque hay ricos que se están apoderando de los bienes de todos. 

    Tan sólo la presencia de testigos creíbles puede hacer actual la Buena Noticia de Jesús. En cada época de la historia es el mismo Jesús el que sigue enviando a sus discípulos (Lc 10,1-12.17-20). Éstos deben asumir la misión de Jesús y no inventarse otro estilo de vida. Cada vez más estamos descubriendo que la Iglesia ha seguido muchas lógicas humanas y no las orientaciones de Jesús, reafirmadas en el Vaticano II.

    El contenido del anuncio evangélico es siempre el mismo: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”, es decir: “Dios te ama”. Ésta es la buena noticia que porta la consolación a todos los oprimidos y afligidos (Is 66,10-14). La cercanía de Dios anuncia el final del sufrimiento y de la opresión. Dios va a intervenir a favor de su pueblo y a traerle la paz y la abundancia de bienes.

    La Iglesia resultará creíble si lleva a cabo el programa de Jesús, de lo contrario le pasará lo que a los partidos políticos. Como ellos, no gozará de ningún aprecio por parte de las personas porque predica una cosa pero hace otra. En vez de continuar la obra liberadora de Jesús, muchas veces los creyentes oprimimos sobre todo a los débiles y pobres, a los refugiados y emigrantes.

    La manera de realizar la misión repite es muy importante y por eso Jesús dio sus enseñanzas tanto a los a los doce apóstoles como al grupo más amplio de discípulos. En ellas se muestra el estilo propio de la misión de Jesús. Pablo lo entendió muy bien cuando dice: “Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6,14-18), “mi vida ha sido transformada por Cristo”. Jesús envía sus discípulos  de dos en dos para ser testigos creíbles de la experiencia que anuncian: el Reino construye comunidad. La misión es siempre difícil pues uno se encuentra siempre indefenso, como ovejas en medio de lobos. No se le permite al discípulo proveerse de los medios más necesarios para subsistir. Debe confiar en la Providencia y en la buena acogida de las personas a las que anuncian el Reino, que hacen presente mediante las curaciones. Pero no deben hacerse ilusiones, muchas veces serán rechazados.

    Los discípulos volvieron muy contentos de aquella misión porque hicieron grandes prodigios en el nombre de Jesús. El anuncio del evangelio significa, según Jesús, la ruina de Satanás. Pero la alegría del discípulo no debe basarse en los milagros que realizará sino porque le espera una gran recompensa en el cielo. Participar en la misión de Jesús significa también tener parte en su destino glorioso junto al Padre.

    La Iglesia se construye en torno a la Eucaristía como Iglesia misionera porque en ella pedimos al Padre que reúna a todos los hombres por medio de su Espíritu. En cada Eucaristía experimentamos que el Reino de Dios está cerca y que el Señor Jesús está viniendo a nuestro encuentro.


  • Sobre esta piedra edificaré mi iglesia

    Categoría:

    29 de junio de 2025-San Pedro y San Pablo, apóstoles

    El funeral del Papa Francisco y la elección del Papa León han puesto de manifiesto que la Iglesia es una realidad que desborda los puramente humano y social. Es la presencia del Espíritu Santo en ella la que le da la garantía de que los escándalos producidos en ella no la han hecho  ya desaparecer  sino que sigue siendo instrumento de salvación para la humanidad. Dios sigue escribiendo derecho con renglones torcidos.

    La fe de Pedro en Cristo Jesús, que la Iglesia sigue proclamando, es el fundamento de esa promesa de perpetuidad y de la eficacia salvadora de su misión, a pesar de los ministros humanos, tantas veces indignos. Dio sigue liberando a su Iglesia de los peligros exteriores y sobre todo interiores, que son los más peligrosos. Un día la Iglesia triunfará totalmente sobre el pecado, también en sus miembros, y sobre todas las fuerzas del abismo.

    La liberación maravillosa de Pedro se inspira en la escena de la resurrección de Jesús como liberación definitiva de las fuerzas de la muerte. Esas fuerzas amenazadoras están representadas por los poderes políticos y religiosos, una vez más aliados contra Jesús y sus seguidores (Hech 12,1-11). La cárcel representa ese reino de la muerte donde la Palabra de Dios es sepultada y hecha enmudecer. Pero la oración intensa de la Iglesia muestra como ésta no se calla, al menos ante Dios.

    Y Dios actúa enviando un ángel, figura de la intervención misma de Dios, como en el momento de la resurrección. Su presencia ilumina las tinieblas de la prisión y hace que las cadenas se le caigan de las manos. La obediencia total de Pedro a lo que el ángel le indica muestra su fe total en Dios. Es esa fe la que hace milagros. Era esa fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios, la que Pedro había profesado ya antes de la resurrección de Jesús y que ahora profesa toda la Iglesia (Mt 16,13-19).

    La misma liberación experimentó repetidas veces Pablo en su vida (2Tim 4,6-8.17-18). El apóstol, al hacer balance de su vida, descubre que Dios ha estado actuando a través de él para salvar al mundo. Es Dios el que le dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, sin traicionar el evangelio. Ahora que comenzamos este año paulino es una buena ocasión para nosotros para confrontarnos con la vida y el mensaje del apóstol. Es un mensaje un tanto incómodo al que han apelado todos los reformistas. También el Vaticano II ha querido hacer una reforma de la Iglesia en la Cabeza y en los miembros. Leamos y meditemos las cartas de Pablo y descubramos sobre todo su intrepidez apostólica para seguir nosotros anunciando el evangelio a todos los paganos de nuestro tiempo.

    Pablo sigue ayudándonos a ponernos en cuestión ante Dios de manera que nuestras vidas no se justifiquen simplemente por lo que hacemos sino por la fe en Cristo Jesús. Su mensaje de libertad cristiana debe constituir una llamada para todos nosotros a vivir la libertad de los hijos de Dios en el amor y el servicio al prójimo. Que la celebración de la eucaristía en la fiesta de los Apóstoles renueve nuestras vidas y renueva a toda la Iglesia.


  • Dadles vosotros de comer

    Categoría:

    15 de junio de 2025 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

    La Iglesia no debe entrar en la lucha política partidista pero debe ocuparse no solo de lo religioso, sino de todo el campo social. Lo ha hecho a lo largo de la historia: se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para captar las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

    El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue sin haber comido y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

    La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y, para colmo, estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

    Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva. Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

    Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna. No se puede participar en la eucaristía y ser indiferente ante el hambre de nuestros hermanos.

    El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

    Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo