• Renunciar a todos los bienes

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    7 de septiembre de 2025 – 23 Domingo Ordinario

    Las dificultades que hoy día experimenta el cristianismo en la cultura del bienestar y la abundancia no son del todo nuevas. Desde el principio el estilo de vida de los ricos apareció como un gran obstáculo para la fe cristiana. Lucas tiene un gran realismo a la hora de abordar los temas del dinero y de los bienes (Lc 14,25-33). Se ha dado cuenta de los peligros que representan a la hora de seguir a Jesús. El fundamento de la sociedad antigua era la familia y la propiedad. Ambos elementos eran inseparables. Constituían la base de la libertad personal y eran sagrados. En el mundo antiguo se hereda la religión de los padres como se heredan las propiedades. El evangelio de Jesús va a cuestionar los cimientos de esa sociedad al relativizar su dimensión religiosa y situarlos ante las exigencias de Dios y del seguimiento de su persona.

    Hacerse seguidor de Jesús en los primeros tiempos suponía romper con la familia, perder la herencia, colocarse en unas condiciones sociales bajas. No hay que extrañarse que el miedo a perder esa posición social de bienestar bloqueara la conversión de muchas personas. Seguir a Jesús supone abrazar la cruz, es decir una posición casi de esclavo, que humanamente no tiene nada de atractivo. Nada de extraño que los primeros cristianos en general vinieran de la clase más baja, de los que tenían poco que perder. Es lo que constataba san Pablo. No había muchos aristócratas, ni ricos, ni intelectuales. Por eso no podemos dejar de admirar a las personas de buena posición social que se atrevieron a dar ese paso.

    Una de ellas es sin duda Lucas. La tradición hace de él un médico. Lo que no cabe duda es que es una persona de gran cultura, que no se sintió humillado por unirse a un grupo de gente, la mayoría inculta, y por poner sus talentos al servicio del evangelio y de la fe de sus hermanos. Conoce bien la realidad de los ricos y por eso invita a la renuncia de los bienes. Es la única postura sensata del que quiere construir su vida y calcula bien cuáles son sus recursos. No se trata, pues, de un idealismo ingenuo sino del realismo cristiano en la manera de contemplar la persona, la sociedad y el mundo.

    El hombre sabio intenta adecuar los medios a los fines. Los cálculos necesarios en la construcción o en la guerra son necesarios también en el seguimiento de Cristo. La Palabra de Dios nos aporta toda una visión del mundo, que nos descubre la verdad de Dios y del hombre. Sin esta sabiduría que viene de Dios, el hombre es fácilmente víctima de las ilusiones. El hecho de ser un espíritu encarnado hace que tendamos a razonar de una manera interesada en lo inmediato y en el horizonte de los valores materiales (Sab 9,13-18). Tendemos así a olvidar el horizonte de eternidad en el que vive el hombre. Sólo abriéndonos a la revelación de Dios podemos comprender el misterio que somos cada uno de nosotros y buscar los medios adecuados para realizar nuestra existencia auténtica.

    Muchas veces tendremos que tomar decisiones dolorosas que comportan una renuncia a realidades que parecen sagradas e intocables. Descubriremos así que el único absoluto en nuestra vida es Dios. Pablo apela a esa manera de pensar cuando intercede a favor de un esclavo que se ha refugiado junto a él huyendo de su amo (Fil 9-10.12-17). Pablo se lo devuelve y pide el perdón para él, apelando a la condición común de cristianos, que está por encima de los intereses puramente jurídicos y materiales. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a avanzar en el seguimiento de Cristo, renunciando a todo lo que se interpone en nuestro camino.


  • El último puesto

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    31 de agosto 2025 – 22 Domingo Ordinario

    Parece lo más natural desear tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.

    Jesús en el evangelio recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos solían estar siempre libres. Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo.

    El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante, busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29). El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos. Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder.

    La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Los países pobres, sin embargo nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.

    Se trata de redescubrir el valor de la auténtica humildad, que Santa Teresa definía como «caminar en verdad». Consiste en reconocer que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Dios para ponerlo al servicio de los demás.

    La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otros.


  • La puerta estrecha

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    24 de agosto de 2025 – 21 Domingo Ordinario

    La preocupación por la propia salvación y la de los demás ha movido a lo largo de la historia a tantos cristianos, y de manera especial a religiosos y sacerdotes, a entregar su vida al servicio del evangelio. Ese pensamiento ha dejado paso a un deseo de vivir, de disfrutar de la vida en el presente y después que venga lo que tenga que venir. El miedo a que sean pocos los que se salven ha llevado a entrar por la puerta estrecha, de la que habla Jesús, porque amplio es el camino que lleva a la perdición (Lc 13,22-30). Surgió así un cristianismo exigente de sacrificio y de renuncia con lo que se quería asegurar la salvación.

    Jesús insiste sin duda en el esfuerzo que hay que hacer para entrar antes de que la puerta se cierre. Ante todo quiere sacudir la confianza ingenua de los que piensan que basta pertenecer al pueblo elegido o estar bautizado para tener ya acceso al Reino. Uno puede llevarse el chasco de que el Señor no lo reconozca después de haber pasado toda una vida rezándole o sacrificándose por Él. Lo más llamativo es que las puertas del Reino se abren a aquellos que parecían excluidos, a los paganos (Is 66,18-21). Se cumplirá aquello de que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros.

    Entonces ¿qué hay que hacer? Dejar las seguridades puramente humanas convertirse al Reino. El Reino no se le puede conquistar con la violencia ni con los esfuerzos humanos. Es un don de Dios. Pero hay que saber acogerlo. Para ello hay que vaciarse de sí mismo, dejar todos los títulos de propiedad y presentarse pobre ante Dios. Reconocer que sólo Él nos puede salvar. Pero el Reino no es una realidad abstracta. Es la persona de Jesús, que se hace presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús, vivir y encarnar los mismos valores que Él vivió y que le llevaron a la muerte y a la Resurrección. No hay Resurrección, no hay salvación, sin esa comunidad de destino con Cristo crucificado.

    Buscar una gracia barata de garantías puramente humanas es permanecer ante la puerta cerrada por nuestra culpa. En verdad la puerta del Reino está siempre abierta. Quizás nos pasa como al protagonista de Kafka que quiere entrar en la catedral de Praga y encuentra la puerta cerrada. Empuja y empuja en ella sin que ésta ceda. Tras un largo forcejeo se da cuenta de que la puerta abre hacia afuera. Ese fue el error del pueblo elegido, creer que la puerta se abría tan sólo para los de dentro. La puerta se abre para todos los que están fuera o nosotros creemos que están fuera.

    Para que no nos pase lo mismo que al pueblo elegido, el Señor nos corrige suavemente (Hb 12,5-13). La Palabra de Dios nos ayuda a volver al verdadero camino cuando nos hemos desviado con nuestro afán de justificarnos a nosotros mismos. A nadie le gusta admitir que nos hemos equivocado, sobre todo cuando son los demás los que nos lo hacen ver. En este caso es Dios nuestro Padre el que trata de enderezar nuestros pensamientos y nuestros caminos para que no pongamos la confianza en nosotros mismos sino en su gracia que nos salva.

    La celebración de la eucaristía mantiene para todos nosotros abierta la puerta de la salvación. Esa puerta es Cristo. Por Él tenemos libre acceso al Padre. Participar en la eucaristía es tomar parte ya en el banquete del Reino junto con todas las naciones que Dios ha invitado para manifestar su amor con todos. Alegrémonos porque la salvación es universal y demos gracias a Dios que nos ha llamado sin méritos propios.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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