• Yo soy el camino, la verdad y la vida

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    10 de mayo 2020 – 5 Domingo de Pascua

    El coronavirus ha agudizado la deshumanización de la muerte. Durante las últimas décadas hemos visto cómo la muerte tiene lugar en los hospitales y no en los hogares. Es posible que los enfermos sufran menos y los familiares también, pero no cabe duda que se acentúa la soledad del enfermo al que se le priva del afecto humano. Durante estos meses muchos de nuestros seres queridos se nos han ido sin la presencia del cariño familiar, sin que hayamos podido despedirnos de ellos y sin que les hayamos podido rendir la última prueba de nuestro afecto en el entierro. Hemos delegado en los profesionales esas tareas. Pero eso no nos consuela, a pesar de que sabemos que ellos están con el Señor, liberados de las ataduras del dolor y de la muerte.

    Algunos dicen que no sabemos qué hay después de la muerte, en el más allá, por que de allí nadie ha venido a contarnos nada. Los cristianos sabemos qué dónde venimos y adónde vamos porque Jesús vino de parte del Padre a revelarnos la vida eterna y a indicarnos el camino hacia ella. Él mismo nos precedió para prepararnos allí una morada en la casa del Padre (Juan 14,1-12). No es mérito nuestro el saber esto ni por ello somos superiores a los demás. Pero somos portadores de una esperanza para todo el mundo. No nos dejemos arrebatar la esperanza, como nos lo ha recordado el papa Francisco.

    El apóstol Tomás se hizo el portavoz de todos los inquietos y declaró que no conocíamos el lugar de destino y por tanto tampoco el camino. Jesús hizo entonces la gran revelación que despeja todas nuestras dudas e incógnitas. Él es el camino, la verdad y la vida. Queda claro que nuestro destino es el Padre. La única vía de acceso es Jesús mismo. Lo es porque Jesús es la revelación del Padre, la verdad. En Él se nos desvela el misterio de Dios, que es a la vez el misterio del hombre, el misterio de su amor por nosotros.

    Al revelársenos en Jesús la verdad auténtica del hombre, Él es la vida, la vida eterna. La persona de Jesús es pues la respuesta a todas nuestras preguntas e inquietudes. Como Él, también nosotros venimos de Dios y vamos a Dios con Cristo Jesús. Conocer íntimamente la persona de Jesús es conocer amorosamente la persona del Padre. La única manera de conocer al Padre, de tener trato íntimo con Él, es la persona de Jesús.

    Pero de nuevo se manifiesta el despiste de los discípulos, en este caso de Felipe. Éste pide simplemente que le muestre a Dios y todo lo demás sobra. Jesús se da cuenta de que su vida y enseñanzas han ayudado poco a los discípulos. Todavía no han sido capaces de descubrir en su persona la persona del Padre. No se han dado cuenta de que la persona de Jesús tan sólo se entiende a partir de Dios, como revelación definitiva de Dios. Los discípulos hubieran debido darse cuenta de que a través de Jesús era el Padre el que estaba hablando con ellos. En la persona de Jesús era el Padre el que estaba actuando, realizando aquellas obras maravillosas y sobrehumanas.

    Esta unión indisociable entre Jesús y el Padre implica también la unión entre Jesús y el creyente. Éste hará las mismas obras de Jesús, y aún mayores, pues Dios actuará en él, al irse Jesús al Padre. La gran obra de Jesús se prolonga en la Iglesia, una Iglesia carismática y ministerial, sobre todo al servicio de los necesitados (Hechos 6,1-79. En ella todos somos miembros activos, que contribuyen a su edificación para el bien del mundo (1Pedro 2,4-9). La Iglesia, para ser creíble, tiene que seguir realizando las mismas obras de liberación que hizo Jesús durante su vida mortal. Él actúa hoy a través de los creyentes que somos sus colaboradores en la obra de salvación de los hombres. De manera especial la Iglesia se construye en torno a la eucaristía porque en ella hacemos presente la salvación de Dios que irrumpe constantemente en la historia de los hombres.

     

     

     

     


  • He venido para que tengan vida en abundancia

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    3 de mayo de 2020 – Cuarto Domingo de Pascua

     

    Para la Jornada Mundial de las Vocaciones de este domingo, el papa Francisco nos ha dirigido un mensaje, muy apropiado para la crisis que estamos viviendo, escrito cuando ya ésta había empezado. Se titula “Las palabras de la vocación”. Se inspira en la escena del encuentro de Jesús con sus discípulos cuando van de noche en la barca y los vientos les eran contrarios. Tienen tal miedo que confunden a Jesús con un fantasma. Jesús, en cambio, invita a Pedro a caminar sobre las aguas. Tres semanas más tarde en plena crisis, el papa invitaba a tener fe y no temer, inspirándose en la escena paralela de la tempestad calmada.

    Cuatro son las palabras que describen la vocación: gratitud, fatiga, ánimo y alabanza. Todos tenemos una vocación y una misión. Esta vocación es una llamada de Dios y no un simple proyecto humano. Se concreta en una de las tres formas de vida cristiana: el matrimonio, el sacerdocio y la vida religiosa. La llamada viene de contemplar la situación del mundo y estado de abandono en que se encuentran tantas personas, descarriadas como ovejas, esperando poder encontrar al  pastor y guardián sus vidas (1 Pedro 2,20-25). Pedro aprendió del Maestro el oficio de pastor e intenta orientar las personas hacia Cristo para que tengan vida, viviendo en una comunidad de creyentes (Hechos 2,14a.36-41).

    Era lo que Jesús había anunciado con dos parábolas, la del pastor y la de la puerta. En ellas se presenta como pastor del rebaño y la puerta de la majada donde pasa la noche el rebaño (Jn 10,1-10). En este caso el pastor de las ovejas es una persona diferente de la del guardián nocturno. Éste conoce sin duda al pastor y le abre la puerta de la majada. En la Biblia, tanto el pastor como el guardián de Israel es el mismo Dios. Con esta imagen se evoca sobre todo el éxodo y la travesía del desierto. Dios apacienta a su pueblo mediante pastores humanos.

    Pero no todos los pretendidos pastores lo son de verdad. Los hay auténticos bandidos y ladrones. Éstos no entran por la puerta sino que, sin que se dé cuenta el guardián, escalan los muros para entrar dentro. Sólo Jesús es el verdadero pastor del rebaño. Él ha entrado verdaderamente por la puerta y no a hurtadillas. Las ovejas lo reconocen y lo siguen porque también él huele a oveja.

    Jesús se presentó como el buen pastor frente a todos los que habían venido antes, a los que considera ladrones y bandidos, que no han entrado por la puerta del aprisco, con conocimiento del guardián de las ovejas. Jesús es la puerta y los demás no han entrado por ella. Jesús ve en los pastores anteriores tan sólo salteadores que han sacado las ovejas por los muros para robarlas y degollarlas.

    Jesús es la verdadera puerta. Tan sólo a través de Él tenemos acceso a la majada de Dios. Las ovejas que salen y entran a través de Él, que es la puerta, se salvan y encuentran pastos, encuentran la vida. Jesús ha venido para que tengamos vida en abundancia. Tan sólo Él, enviado del Padre, puede darnos la verdadera vida. Él la ha puesto en nosotros en el bautismo como una semilla que va creciendo sin que nosotros sepamos cómo. Eso sucede también muchas veces con la vocación a la vida sacerdotal. Pidamos al Señor que nos dé los pastores que la Iglesia necesita para seguir alimentándonos con el pan de su palabra y con el sacramento de la eucaristía.

     


  • Lo reconocieron al partir el pan

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    26 de abril de 2020  – 3 Domingo de Pascua

    La crisis del virus está haciendo mella en el corazón de las personas, que poco a poco van perdiendo la esperanza ante la certeza de que el virus no es lo peor, sino que lo peor está por venir en el terreno de la economía. Hay un gran deseo de poder volver a la llamada normalidad. Normalidad que no les gustaba a los que toda su vida han estado sufriendo toda clases de virus asociados a la pobreza: hambre, explotación, maltrato… El papa Francisco nos invita a mirar al futuro con esperanza. Ha repetido varias veces. “No os dejéis robar la esperanza. No permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino”.

    Para reanimar nuestra esperanza nos  viene bien el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). El punto de partida es la frustración humana que, a pesar de todo, sigue discutiendo sobre lo ocurrido, sigue buscando. No podemos resignarnos a que el mundo sea como es. Otro mundo es posible. Jesús se hace presente, aunque se experimenta la imposibilidad de reconocerlo. Jesús va a actuar de verdadero catequista. Empieza interesándose por sus experiencias humanas frustrantes. ¡Cuántas ilusiones perdidas!

    Para muchos los últimos cincuenta años son la experiencia del fracaso del cristianismo sobre todo en Europa. Los hombres han ido construyendo la historia y la sociedad de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. La situación actual difícilmente era previsible en los comienzos. Habría que haber sido profeta como David para intuir el futuro (Hech 2,14.22-33), o quizás el futuro es siempre novedad y no se deja predecir. Jesús interpreta el fracaso de la cruz a la luz de la Palabra. Los planes de Dios no son los del triunfalismo y el éxito sino el pasar a través de la muerte a la resurrección. Los discípulos fueron sintiendo que sus corazones se caldeaban e iba desapareciendo la tristeza al escuchar a aquel desconocido.

    Se hicieron tan amigos de aquel compañero de camino que le invitaron a quedarse con ellos pues estaba llegando la puesta de sol. Jesús aceptó la invitación y al sentarse a la mesa, fue él el que tomó la iniciativa de romper el pan para dárselo. Entonces se dieron cuenta de que no era la primera vez que lo hacía con ellos. Era Jesús en persona el que estaba allí.  Entonces se produjo la apertura de los ojos de la fe, pero no pudieron ya detener a Jesús. Se fue para que ellos tuvieran libertad de acción. Enseguida se dieron cuenta de la tontería que habían hecho al marcharse de Jerusalén donde quedaba la comunidad de los discípulos. Volvieron inmediatamente y comentaron con los de allí lo que les había ocurrido. También en Jerusalén se habían encontrado con el Maestro resucitado.

    Dios no le garantizó a Jesús el éxito, ni nos lo ha prometido tampoco a nosotros. No es en el triunfo humano en el que hemos puesto nuestra confianza sino que “habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Ped 1,17-21). El éxito humano y numérico es muy relativo. Lo que cuenta es el bien que se hace. Pero ni tan siquiera tenemos garantía de que haremos una obra bien hecha. Tampoco a Jesús le salieron las cosas perfectamente bien. Hay sin duda muchas obras buenas y bien hechas en nuestro cristianismo español. Pero no es eso lo importante en la fe cristiana. Lo que cuenta es la fidelidad a la persona de Jesús y a su mensaje. Que la celebración de la eucaristía nos permita reconocer al Señor resucitado y nos una más íntimamente a la comunidad eclesial.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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